Saladino, uno de los líderes más poderosos del siglo xii, sale de Egipto hacia Jerusalén al frente de veintiséis mil caballeros de élite. La Ciudad Santa cuenta con el único auxilio de un rey leproso de tan sólo 16 años, Balduino IV, que convoca a todas las fuerzas del reino: no son más de cuatrocientos caballeros, la mayoría de segunda categoría… Desde lo alto del monte Gisard, el joven soberano contempla la horda invasora y se percata de que, por cada uno de sus soldados, hay setenta egipcios. Toma la iniciativa. ¡Ataca!

¿Impulsividad?

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Juana de Arco, la doncella que comandaba todos los ejércitos de Francia en la guerra de los Cien Años, es juzgada por presuntas revelaciones y supuestos milagros. Los jueces la acusan de brujería y la ponen a prueba con una pregunta que casi induce a una respuesta comprometedora: «¿Estás en estado de gracia?». Si niega estarlo, sus prodigios no podrían ser obra de Dios; si lo afirma, confesaría ser una orgullosa, indigna de recibir el apoyo del Cielo. Sin embargo, Juana da de inmediato una réplica que se convertiría en un hito para la teología moral en cuanto a la conciencia personal del estado de gracia.

¿Precipitación?

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Unos monjes suben a un bote, liderados por San Brandán el Navegante. Las brumas irlandesas del siglo vi los envuelven. En esa frágil embarcación se lanzan a los imprevistos del océano, sin mapa, sin brújula, sin otros instrumentos que la salmodia continua, el crucifijo y el deseo de evangelizar las tierras al occidente del Atlántico. No obstante, ni siquiera saben si esas tierras existen realmente…

¿Imprudencia?

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Ni impulsividad, ni precipitación, ni imprudencia. En verdad, querido lector, se trata de tres golpes de prudencia, y en su expresión más perfecta y audaz, que es el don de consejo. Sí, porque este don no consiste tanto en dar buenos consejos, sino en ser impulsados por irresistibles soplos del Espíritu Santo.

Viaje de San Brandán - Biblioteca Universitaria de Heidelberg (Alemania)

Los siete dones

Siete son los dones del Paráclito: sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios. Tales favores divinos se definen como «hábitos operativos sobrenaturales infundidos por Dios en las potencias del alma para recibir y secundar con facilidad las mociones del propio Espíritu Santo al modo divino o sobrehumano».1

Esto es mucha información Analicémosla por partes, destacando las expresiones más relevantes.

Se trata de hábitos operativos, es decir, cualidades que disponen el alma a seguir las mociones del Espíritu Santo con facilidad, prontitud y deleite, como algo enteramente connatural.

Pero ¿qué distingue los dones de las virtudes, ya que ambos son hábitos operativos buenos? La principal diferencia está en la manera en que actúan: las virtudes se ejercitan al modo humano, teniendo al hombre como causa motora y a la razón iluminada por la fe como regla; en cambio, los dones se ponen en práctica al modo divino o sobrenatural, teniendo al Espíritu Santo como causa motora y norma. Los dones son, por tanto, un perfeccionamiento de las virtudes.

La fe, como virtud sobrenatural, nos hace creer en la Trinidad. Pero el don de ciencia, que perfecciona la fe, llevaba a San Agustín, por ejemplo, a ver en las criaturas imágenes de la Trinidad; es una superexcelencia de la fe. Bajo el influjo de las virtudes, actuamos discursivamente; bajo los dones, por un instinto sobrenatural.2

El don de consejo

Cada don del Paráclito está estrechamente vinculado a una de las siete virtudes principales: las tres teologales —fe, esperanza y caridad— y las cuatro cardinales —prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

El don de consejo, del que tratamos en estas líneas, está unido a la virtud de la prudencia. Ésta es, según la definición de Aristóteles retomada por Santo Tomás de Aquino, «la recta razón en el obrar»,3 o sea, la virtud que lleva a elegir los medios particulares adecuados para alcanzar el fin. Por ella juzgamos si un acto específico es lícito o no, si es conveniente, útil, mesurado…

Es prudente el médico que opta por utilizar el bisturí, así como el enfermero que decide por un tratamiento farmacológico, siempre que esos medios estén ordenados a la curación del paciente. En el ámbito sobrenatural, el hombre que rompe una amistad que le lleva al pecado realiza un acto de prudencia tan hermoso como el sacerdote que trata con mansedumbre al pecador arrepentido. Todo se reduce —repetimos— a allanar el camino hacia la recta finalidad, con los medios lícitos y adecuados.

Esta virtud, que se eleva por encima de la naturaleza cuando el fin es sobrenatural —como la gloria de Dios y el bien de las almas—, es la que más rasgos humanos presenta. Sin embargo, cuando se une al don de consejo, adquiere un cariz sorprendente, casi de aparente imprudencia: deja de practicarse al modo humano para hacerlo al modo divino.

La persona que, en estado de gracia, se encuentra bajo el influjo de este don «juzga rectamente, en los casos particulares, lo que conviene hacer en orden al fin último sobrenatural»,4 de forma instantánea e infalible. Es decir, ante los mayores imprevistos y los dilemas más complejos, se ve guiada por una certeza inexplicable.

En circunstancias complejas, ¿cómo conciliar la suavidad con la firmeza? ¿Cómo guardar un secreto sin faltar a la verdad? ¿Cómo conjugar la vida interior con el apostolado, o el cariño afectuoso con la castidad más refinada? Por el don de consejo.

Guiados por este don obraron los tres protagonistas de los episodios narrados en la introducción. Balduino IV dispersó a los veintiséis mil hombres de Saladino con sus cuatrocientos caballeros, de los cuales sólo perdió cinco. Santa Juana de Arco, analfabeta, respondió como doctora a la astuta pregunta: «Si estoy en estado de gracia le pido a Dios que me mantenga en él; si no, le pido que me lo conceda». Los monjes irlandeses llegaron a Islandia, Groenlandia y posiblemente América.

Esa dádiva del Paráclito es, en efecto, el don concedido para las santas «aventuras» y que conduce a los fieles a cada vez mayores «cristianos atrevimientos».5

Interrogatorio de Santa Juana de Arco, de Paul Delaroche - Museo de Bellas Artes, Ruan (Francia)

La Patrona del Buen Consejo

Nunca en la historia los católicos han vivido momentos de tanta «aventura» como hoy: en cada esquina, nos sorprenden peligros inopinados, sugerencias malévolas, persecuciones, trampas del demonio y de sus secuaces. Nunca, pues, hemos necesitado tanto la intercesión de la Madre del Buen Consejo.

¿Cómo no suponer que Ella sea la patrona de las grandes y santas «aventuras»? Ella, que guio a los dos soldados albaneses sobre las aguas del mar Adriático,6 también nos conducirá, por el don de consejo de su divino Esposo, al triunfo sobre todas las dificultades. Siguiendo a la Señora del Buen Consejo, la barca de Pedro atravesará incólume todos y cada uno de los océanos. 

 


1 Royo Marín, OP, Antonio. Somos hijos de Dios. Madrid: BAC, 1977, p. 37.
2 Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. I-II, q. 68, a. 1, ad 4.
3 Idem, II-II, q. 47, a. 2.
4 Royo Marín, OP, Antonio. Teología de la perfección cristiana. 6.ª ed. Madrid: BAC, 1988, p. 547.
5 Camões, Luis Vaz de. «Os Lusíadas». Canto VII, 14. In: Obras Completas. Porto: Imprensa Portuguesa, 1874, t. III, p. 239.
6 Véase el artículo «La Consejera admirable», en esta edición.