El afecto de Dña. Lucilia para con los demás tenía como modelo al Sagrado Corazón de Jesús. Y el corolario de ese afecto era la abnegación, la renuncia de uno mismo en favor de la persona a la que se quiere mucho. Muy razonablemente, muy católicamente, veía en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, Rey y centro de todos los corazones, el eje mismo y el modelo perfecto de todo afecto. Es decir, querer mucho es como el Corazón de Jesús nos ama a cada uno de nosotros; quererle mucho es amarlo con un amor que es el símil —guardada la proporción— del amor que Él nos tiene. En eso consiste la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, la cual realiza, así, el proceso, el periplo, el circuito entero del alma humana.
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Plínio Corrêa de Oliveira
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