Una boda indeseada
Las nupcias suelen ser un momento de alegre celebración, sobre todo cuando van acompañadas de la pompa de la nobleza. Sin embargo, el matrimonio del heredero al trono, Francisco Fernando, no se festejó en Viena con invitados ilustres, carruajes desfilando por calles engalanadas y numerosas multitudes vitoreando. No hubo recepciones ni bailes ni banquetes en honor de los recién casados. Nada.
Archiduque Francisco Fernando y Sofía Chotek
Nobleza templada en el sufrimiento
Pero ¿quién era realmente la condesa Sofía Chotek? Hija del conde Bohuslav Chotek, diplomático, y de Wilhelmina Kinsky, descendía de la aristocracia bohemia; sin embargo, su familia no poseía una gran fortuna y la niña creció con pocos privilegios y mucho trabajo, lo que le dio a su nobleza un barniz que pocas damas de la corte ostentaban. «Más elegante e imponente que bella, Sofía era grácil, serena y digna. Culta, había adquirido no sólo los conocimientos habituales de historia, literatura, matemáticas, religión y ciencia, sino también una aguda percepción de los asuntos políticos gracias a su padre. Hablaba alemán, inglés y francés con fluidez. […] Bailaba con elegancia, pintaba, montaba a caballo y jugaba muy bien al tenis. Perspicaz y simpática, sin pretensiones y “extremadamente afable”, era a la vez desinhibida y recatada».2 Sin muchas esperanzas de cambiar su nivel de vida, Sofía siguió el camino de las jóvenes aristócratas de poca fortuna: entró como dama de compañía en la casa de una gran señora, la archiduquesa Isabel de Croÿ. No obstante, cuando se hizo pública la intención de Francisco Fernando de casarse con ella, fue humillantemente expulsada del servicio, refugiándose en casa de su hermana. Las injusticias cometidas contra Sofía y la actitud virtuosa con la que las soportó confirmaron la decisión del archiduque. Según sus palabras, no quería una mujer muy joven, pues era demasiado viejo para educarla, sino una «esposa amable, inteligente, bella y bondadosa […], con madurez tanto de carácter como de ideas». Además, al ser una persona muy religiosa, Sofía reunía todas las cualidades que él necesitaba, a pesar de su mera condición de condesa. Pero, por desgracia, la nobleza de alma en profusión no parecía suficiente para permitir una excepción, cuya última palabra, al fin y al cabo, le correspondía al emperador. Y los ejemplos en sentido contrario no eran raros. El propio Francisco José había ido en contra de los deseos de su madre al casarse con su prima Isabel de Baviera —la famosa Sissi, considerada la mujer más hermosa de su época—, una joven extremadamente egocéntrica y de temperamento inestable. Su matrimonio, bastante infeliz, dio como resultado una emperatriz huidiza y un esposo públicamente infiel, mientras que Rodolfo, su hijo, fue un joven disoluto que terminó sus días en un misterioso suicidio en compañías poco recomendables. En el caso de Sofía, lo que nadie admiraba era quizá lo que más atraía a Francisco Fernando, quien, a pesar de no haber llevado una vida moral recta antes de conocerla, se dejó influenciar por la pureza de su alma y, al descubrir en ella a la mujer fuerte de las Escrituras, comprobó que era «mucho más valiosa que las perlas» (Prov 31, 10). El archiduque procedió entonces como Nuestro Señor Jesucristo aconseja en el Evangelio (cf. Mt 13, 45-46), al preferirla en lugar de todas las glorias que pudiera disfrutar en la vida de la corte.En el matrimonio, una feliz influencia
Francisco Fernando y Sofía se unieron ante Dios el 1 de julio de 1900. El sufrimiento constante se convirtió en el principal motivo de unión de la pareja. Al reducir a Sofía a la condición de esposa morganática, Francisco Fernando era consciente de la humillación permanente que esto le acarrearía. Ella, sin embargo, dio muestras de heroísmo al afrontarlo todo con una serenidad inusual, amenizando su aflicción con preclaras virtudes y ganándose así simpatías en todos los círculos sociales.
Retrato de la duquesa, aproximadamente en 1890
El último viaje
Nombrado inspector general de las fuerzas armadas del imperio en agosto de 1913, Francisco Fernando se vio obligado a viajar a Bosnia. Aún hoy se discute el motivo de la invitación, bastante sospechosa, del gobernador general Oskar Potiorek. En un ambiente de gran tensión política y militar, éste exigió con insistencia una visita del archiduque a la capital, precisamente el mismo día en que los serbios conmemoraban una batalla histórica en la que su nación había sido reducida a la servidumbre. No era una fecha propicia para que un heredero al trono austriaco paseara por la ciudad de Sarajevo… La víspera, el secretario del archiduque pensó que era innecesario ese viaje y Francisco Fernando estuvo de acuerdo; pero el gobernador alegó que el pueblo se sentiría muy ofendido… Así, el domingo 28 de junio de 1914, la pareja realizó una visita oficial a Sarajevo, conscientes del gravísimo riesgo que corrían. El día transcurrió en la tensión de un posible atentado, que se materializó horas más tarde cuando un nacionalista lanzó una bomba contra el vehículo del archiduque. Sin embargo, el artefacto solo impactó en el coche de sus asistentes, hiriéndolos de cierta gravedad. Francisco Fernando insistió en visitarlos en el hospital y aconsejaron a Sofía que no lo acompañara por seguridad. No obstante, ella se negó: «Mientras el archiduque se exponga hoy en público, no lo abandonaré». ¿Acaso habría intuido que su presencia junto a su marido era necesaria, pues ambos estaban al borde de la muerte? Quizá, recordando la promesa hecha ante Dios, Sofía comprendió que su fidelidad debía consumarse en el holocausto… Poco después, salieron juntos por última vez. En esta ocasión, uno de los conspiradores del asesinato se encontró repentinamente a dos metros del coche del archiduque, mientras éste maniobraba para evitar los peligros de la calle principal. La noble figura de Sofía lo hizo dudar un instante, pero enseguida disparó a quemarropa, alcanzando al marido y a la mujer. Al ver la sangre chorreando por el uniforme de su esposo, Sofía tuvo la preocupación de preguntarle qué había pasado, antes de caer ella también fulminada por un disparo. Mientras sus acompañantes creían que simplemente se había desmayado, el archiduque percibió que la vida de su amada esposa se marchitaba y le suplicó: «¡No te mueras! ¡Vive por nuestros hijos!».
A la izquierda, Francisco Fernando con su hija mayor, la princesa Sofía; a la derecha, un retrato de la pareja con sus tres hijos: de izquierda a derecha, el príncipe Ernesto, la princesa Sofía y el príncipe Maximiliano. De fondo, una vista del castillo de Artstetten, propiedad de la familia donde fue enterrado el matrimonio - Artstetten-Pöbring (Austria)
El fruto de la fidelidad: una hermosa familia
Los hijos de la pareja —Sofía, de 13 años, Maximiliano, de 11, y Ernst, de 10— quedarían completamente huérfanos ese día. El comentario de la pequeña Sofía tras recibir la fatídica noticia revela el comienzo de un espantoso sufrimiento: «La angustia era indescriptible, al igual que la sensación de desorientación total. Durante toda nuestra vida no habíamos conocido más que amor y seguridad absoluta». Los padres habían derramado sobre sus hijos torrentes de afecto, fruto de la constante fidelidad que los unía. «Su hogar era como los que encontramos en los libros, pero nunca vemos en la vida real», comentaba una sobrina. Las habitaciones de los niños estaban cerca de las de sus padres, siempre comían con ellos, a última hora de la tarde salían a pasear, tocaban el piano o jugaban a representar obras de teatro. Formados en ese ambiente familiar, eran conocidos como los niños más correctos y educados de todo el linaje de los Habsburgo. «Cuando termino mi larga jornada de trabajo y vuelvo con mi familia», dijo una vez el archiduque, «al ver a mi esposa bordando y a mis hijos jugando, dejo mis preocupaciones en el umbral y apenas puedo creer la felicidad que me rodea». «Los niños —admitía— son mi deleite y mi orgullo. Me siento a su lado durante horas y los admiro, porque los quiero mucho». Sabiendo que su esposa no podría ser enterrada en la cripta de los Habsburgo, Francisco Fernando había dispuesto en su testamento que fueran enterrados juntos en un panteón construido únicamente para su familia, y sólo en este lugar los niños pudieron despedirse de sus padres, ya que habían sido excluidos de las ceremonias fúnebres debido a su condición morganática. Al marcharse, la pequeña Sofía comentó dócilmente: «Dios ha querido que papá y mamá se reunieran con Él al mismo tiempo. Ha sido mejor que murieran juntos porque papá no podría vivir sin mamá y mamá no sobreviviría sin papá». Igual que se habían unido para la vida, Dios quiso unirlos también en la hora de la muerte.
A la izquierda, Francisco Fernando y Sofía en Sarajevo (Bosnia), poco antes del atentado que acabaría con sus vidas, el 28 de junio de 1914; a la derecha, noticia publicada en el diario italiano «Domenica del Corriere», cuya portada retrata el momento del asesinato
Una lección para el futuro
La muerte de esta pareja es considerada el detonante de la Primera Guerra Mundial, y los historiadores aducen varias razones políticas para ello. Por otra parte, ¡cuántos análisis posteriores insospechados dan fe del desastre geopolítico que supuso la desaparición de la monarquía dual de la escena internacional, cuyo cetro habría recaído en manos del archiduque!… Sin embargo, si queremos ver la historia no como un conjunto de hechos inconexos, sino como la realización de los planes de la Providencia, podríamos analizar este acontecimiento desde otra perspectiva, tal vez accidental, pero muy importante. Quizá, viendo los ultrajes que sufrían el futuro emperador y su esposa, cuyo matrimonio debería haber servido de ejemplo a la sociedad, Dios permitió que su asesinato fuera el punto de partida de una debacle irrevocable. De hecho, ¿qué queda hoy de aquella fidelidad conyugal que tanto los distinguía? ¿Qué otras desgracias han ocurrido en la historia —o podrían suceder aún— cuando la humanidad se ha desviado de los mandamientos de Dios u olvidado sus promesas de fidelidad al Señor? Sólo el tiempo, o acaso los acontecimientos, nos lo esclarecerán… ◊Notas
1 Los datos históricos de este artículo, así como los extractos de diálogos o cartas transcritos entre comillas, han sido tomados de: King, Greg; Woolmans, Sue. O assassinato do arquiduque. São Paulo: Cultrix, 2014.
2 Idem, p. 80.
3 Idem, p. 151.
4 Sofía recibió del emperador Francisco José el título de princesa de Hohenberg el día de su boda y, el 4 de octubre de 1909, elevada a duquesa de Hohenberg.