Dos mundos en constante oposición
El primer día de colegio, después de una o dos clases, llegó la hora del recreo. Al salir al amplio patio, Plinio buscó a sus primos con la mirada, en medio de aquella multitud de niños gritando y corriendo de un lado para otro, pues le habían prometido presentarlo a los otros compañeros. Y ¿dónde estarían los codiciados cerezos? Finalmente, apareció uno de sus primos, jadeante, agitado: —¡Plinio! —gritó. —Y los cerezos, ¿dónde están? —preguntó el nuevo alumno, deseoso de, ya en aquel primer intervalo, deleitarse con su manjar preferido. —¡Vamos a jugar al fútbol! —respondió su primo. Para Plinio, comenzaba la dura batalla de la vida, con sus tragedias, desilusiones y fracasos, la cual inevitablemente ha de librar todo hijo de Adán. La primera decepción fue la de no encontrar los soñados cerezos. Después, ante sus ojos, dos mundos se desarrollaban uno junto al otro, si bien que en constante oposición: el de los sacerdotes que, vueltos hacia lo sagrado, por su porte grave y su austero atuendo, creaban en torno de sí una atmósfera que simbolizaba la tradición y recordaba las verdades eternas; y el de los alumnos, entusiasmados, en aquella postguerra, con las «modernidades» soeces de Hollywood y atraídos por las costumbres simples y fáciles de ahí derivadas. No era difícil distinguir aquí y allá los primerísimos gérmenes de las tendencias anarquistas y libertarias que décadas más tarde infectarían a la sociedad. En el colegio, estas dos influencias antagónicas se alternaban naturalmente varias veces a lo largo del día. Iniciado el intervalo de las aulas, salían todos en fila y en silencio hasta la entrada del patio, y un profesor muy joven, vestido con traje eclesiástico, tocaba el silbato. A esta señal, se diría que un torbellino se desataba sobre los niños, lanzándolos a correr en las más variadas direcciones. Entre ellos, algunos más agitados se reunían en el lugar acostumbrado del patio para contar cierto tipo de chistes o para criticar y ridiculizar a determinados profesores; otros, para tramar alguna pequeña sedición contra una norma de disciplina incómoda. La gran mayoría era arrastrada por sus lidercillos, al capricho de las olas de los nuevos tiempos. Por mucho que aquellos buenos y piadosos sacerdotes jesuitas predicasen durante meses seguidos la doctrina ortodoxa, al reunirse los alumnos en el recreo, un argumento o un chiste, lanzado por un niño en una conversación de cinco minutos, podía reducir a la nada todo el esfuerzo empleado por los maestros durante horas y horas de clase. Plinio no se dejó dominar por el ambiente y aunque su apariencia física —tez muy blanca, cabello rubio y cuerpo delgado— no fuera apropiada para intimidar a sus interlocutores, decidió enfrentar la situación. En el fondo, optó por la lucha, a fin de preservar en su alma aquella inocencia que Dña. Lucilia había protegido y cultivado con tanto celo en su primera infancia. Ahora le correspondía a él, y sólo a él, conservar intacta e inmaculada la vestidura blanca que había recibido en el Bautismo: la fe y la castidad.Aprensión materna
Doña Lucilia observaba discretamente las mínimas reacciones de su hijo para ver si estaba resistiendo a las malas influencias o si, de modo imperceptible, se iba dejando llevar por ellas. Por su manera de hablar, de gesticular, de tratar a los demás y, sobre todo, por ese «sexto sentido» que sólo el desvelo materno transmite, ella trataba de discernir los eventuales síntomas de adaptación a los nuevos patrones. Cuando se acercaba la hora de la vuelta del colegio, al final de la tarde, Dña. Lucilia salía a la terraza para esperarlo. Quería verlo llegar a lo lejos para observar los matices tal vez dejados en el espíritu y la forma de ser de su hijo, al llevar en sí vestigios acumulados, de ambientes tan diversos como el colegio, la calle y el hogar familiar. Entonces entraba, y desde una ventana lo veía abrir y cerrar con calma el pesado portón del jardín, subir juiciosamente las escaleras que conducían a la morada y tocar el timbre. Lo esperaba en una sala, lo abrazaba, lo besaba y le daba la bendición. Se tranquilizaba al notar que su hijo seguía siendo el mismo, como el primer día de clase.Un cambio determinado por la fidelidad
Cierta vez, sin embargo, percibió un cambio brusco. Plinio llegó con un montón de libros y de cuadernos debajo de cada brazo. El portón del jardín no tenía echado el cerrojo; le dio una patada y, después de entrar, lo empujó con el hombro para cerrarlo; atravesó el jardín con paso rápido y firme y subió las escaleras corriendo, saltando los escalones de dos en dos.
A pesar del cambio de actitudes, todo exterior y meramente táctico, no cedió en su fidelidadPlinio en el Colegio San Luis, en 1921
Extraído, con adaptaciones, de: Doña Lucilia. Città del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2013, pp. 244-249.