Al encuentro con la muerte
A la edad de 26 años había sido convocado para la guerra junto con dos compañeros suyos, también seminaristas, y el 30 de diciembre de 1914 la compañía en la que se había alistado recibió la orden de marchar al frente. Todos sabían muy bien que aquel viaje significaba ir al encuentro con la muerte, pues eran pocas las probabilidades de escapar con vida de las trincheras. En el tosco tren que los transportaba, los tres amigos se vieron por última vez. Meses después de su ingreso en la guerra, los dos colegas de Pablo dieron sus vidas en medio de un duro combate en campo raso. En cuanto a él, no obstante, un designio especial parecía envolverlo. En realidad, poseía algo muy precioso que ciertamente atraía sobre su persona la mirada de la Providencia: una profunda devoción a la Virgen. Forster se confiaba de manera incesante al socorro materno de María, como lo demuestra un piadoso poema que compuso en mayo de 1915, cuando había sido enviado a un puesto especialmente arriesgado:
Pablo ForsterEl poder del Rosario en la hora del peligro
Un día, cuando apenas estaba amaneciendo, hubo un encarnizado enfrentamiento con los franceses, que acabó en un intenso fuego de cañones revólveres, dirigido precisamente contra el ala donde se encontraba Pablo. Junto a él, muchos fueron heridos de muerte, en la cabeza o en el pecho. «Nunca olvidaré», cuenta, «el penetrante ruido de una bala atravesando la frente de mi vecino. Yo ocupaba la misma posición elevada que el resto de mis compañeros. No sé cómo logré salir ileso».3 A la mañana siguiente de la terrible pelea, el batallón fue llamado a revista; sin embargo, al ser nombrados, muchos no respondieron… «Tan sólo un bendecido sentimiento se apoderó de todos: la convicción de haber escapado a tremendo peligro. Yo, sobre todo, tenía un motivo especial para ser agradecido para con Dios y su Madre Santísima»,4 reconoce el seminarista soldado. Otra milagrosa protección le salvaría aún la vida poco tiempo después. Lo destinaron como centinela de observación durante un bombardeo enemigo. Tenía que estar seis horas seguidas casi a merced de los franceses… Sobre su cabeza zumbaban horriblemente granadas y metralla: «El estruendo era incesante, la explosión a mi alrededor, continua. […] Finalmente empecé a rezar el Rosario, encomendándome con insistencia a la protección de la Madre de Dios. Explosiones en las cercanías me interrumpían con frecuencia».5
Muchos soldados le atribuían a Pablo una enorme suerte; pero él sabía que tanta protección venía de su confianza en el auxilio celestialMisa en la línea del frente durante la Primera Guerra Mundial
Apuntado por los fusiles enemigos
Humilde y confiado en el auxilio celestial más que en sus fuerzas, armas y destreza, Pablo confiesa que durante su participación en la guerra, numerosas veces ya no contaba con salvar su vida. Y añade: «Siempre, no obstante, a última hora encontraba una puerta abierta. Siempre la bala que me apuntaba erraba su objetivo…».7 Un impresionante hecho ocurrió cuando su destacamento tuvo que atacar una trinchera enemiga. Prosigue su narración: «Yo acometí por la derecha. Inmediatamente a mi izquierda el teniente Dickmann ajustó su ametralladora y empezó a traquetear. Pero el fuego en la salida del cañón despertó la atención del enemigo, que respondió con disparos cerrados de sus metralletas. Las balas golpeaban, con furia, en el antepecho de acero. Una bala, sin embargo, encontró una apertura en el escudo, punto de mira, y mató instantáneamente al oficial. La ametralladora se calló. Entonces los fusiles enemigos me apuntaron. Las salvas eran para mí y para mi compañero, Juan Teufelhart, un joven voluntario de guerra. En un instante el pobre yacía en el suelo con veinticuatro balas en el cuerpo. […] A mí no me pasó nada…».8Confianza puesta a prueba
Acunado en los brazos de María, Forster pasó aún por otras ocasiones de peligro, hasta que, como suele ocurrir con todos los que deciden entrar por la puerta estrecha del Reino de los Cielos (cf. Lc 13, 24), su confianza fue puesta a prueba. Durante un asalto a un fortín enemigo, una granada estalló a veinte metros de distancia de donde Pablo se encontraba. Sintió un brusco golpe en su mano derecha y, a continuación, la sangre corriéndole por el brazo… Era un fragmento de metal de seis centímetros que se le había incrustado en la palma de la mano, cortándole los tendones y nervios de los tres primeros dedos. Éstos pronto enrigidecieron y se hincharon.
¿Qué pueden hacer las fuerzas humanas contra los que luchan a la sombra de la Santísima Virgen?Nuestra Señora del Perpetuo Socorro - Colección privada
«¡Madre mía, ayúdame!»
«¡De mil soldados no teme la espada quien lucha a la sombra de la Inmaculada!», canta el inmortal himno de las Congregaciones Marianas. En efecto, ¿qué pueden las fuerzas humanas contra aquellos a quienes Nuestra Señora les protege? Atraída sin duda por la vocación sacerdotal de Pablo, pero también por la filial confianza que este joven le profesaba, la Santísima Virgen obró a su favor grandes cosas. Ahora bien, Ella no dejará de hacer lo mismo también por cada uno de sus hijos e hijas que supieren recurrir a su materna intercesión. Bajo el fuego de nuestros enemigos, sean terrenales o infernales, no dudemos, por tanto, en exclamar con fe ardiente y sencillez de corazón: «¡Madre mía, confianza mía, ayúdame!». ◊Notas
1 FORSTER, CSsR, Paulo. Diário de guerra. Minha participação na Guerra Mundial. São Paulo: [s.n.], 1965, p. 90.
2 Ídem, p. 138.
3 Ídem, p. 71.
4 Ídem, p. 73.
5 Ídem, p. 74.
6 Ídem, p. 75.
7 Ídem, p. 137.
8 Ídem, p. 138.
9 Uno de sus gestos de gratitud figura en la sala de los milagros del Santuario Nacional de Aparecida: habiendo ido como misionero a Brasil, el P. Pablo Forster depositó allí una condecoración militar que había recibido, acompañada de una enternecedora dedicatoria a su Madre y protectora, la Virgen María.