Alegoría de la Iglesia - Catedral de Estrasburgo (Francia)«La Iglesia me parece un alma inmensa…»
Al Prof. Plinio Corrêa de Oliveira ese fenómeno sobrenatural, a la manera de un contacto directo con la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, le tocó de tal modo su sensibilidad, aun en su infancia, que llegaba a considerarla como una persona. Una figura mística, evidentemente, que él creaba para explicarles adecuadamente a los demás lo que pasaba en lo más profundo de su corazón: «Viendo todos estos aspectos de la Iglesia, tenía a veces una curiosa impresión. Me decía: “La Iglesia parece una persona. No parece una institución, sino un alma inmensa, que se manifiesta de mil formas, que tiene movimientos, grandezas, santidades, perfecciones; como si fuese una sola alma, que se expresa a través de todas las iglesias católicas del mundo, de todas las imágenes, de todas las liturgias, de todos los acordes de órgano, de todos los tañidos de campana… Esta alma lloró con los réquiems, se alegró con los repiques de los Sábados de Aleluya y de las noches de Navidad; esta alma llora conmigo, se alegra conmigo. Veo en la Iglesia más un alma que una institución”». En el siguiente fragmento el Dr. Plinio se muestra más profuso en la descripción: «Lo que voy a decir se refiere, naturalmente, al Espíritu Santo, pero cuando uno es pequeño no lo distingue bien: tenía la idea de que la Iglesia era una institución viva, con un espíritu propio, […] andando y reaccionando como si se tratara de una persona a lo largo de la Historia, con todas las misericordias de madre, paciencias de madre, dignidades de madre, savoir-faire de madre, maneras de madre; ¡es una Iglesia Madre! […] La madre más acogedora, más íntima, más bondadosa, más “perdonante” que se pueda imaginar; pero también la reina más digna de alabanza que se pueda imaginar; y la guerrera virginal, a lo Santa Juana de Arco, capaz de todas las victorias, sin perder la delicadeza femenina, con fuerza efectiva, superando a todos los mariscales, ¡inspiradora de todos los héroes!». A partir de entonces nació en él un amor siempre creciente… Amor de devoción, de modo que durante toda su vida la Iglesia fue su pasión más arraigada; amor purísimo, enteramente desapegado; amor de esclavitud que, sin embargo, no le oprimía, sino que le daba libertad; un amor tal, que era casi una adoración por la Iglesia. Ocurriese lo que ocurriese, ¡estaba dispuesto a servirla! «La Iglesia Católica es para mí más que mi padre, más que mi madre, más que mi vida, más que cualquier cosa que pudiera tener; a la Iglesia Católica, ¡la amo con un amor que tiene rasgos de adoración! ¡Porque es el Cuerpo Místico de Nuestro Señor Jesucristo!».Un místico connubio con la Santa Iglesia
El Dr. Plinio venía siendo preparado desde su nacimiento, o quizá antes, por una gracia que lo llevaría a realizar un desposorio místico con la Santa Iglesia. Fenómeno singular, ya que esta alianza sobrenatural casi siempre se produce entre el alma y Dios, quien se presenta, la mayoría de las veces, con los rasgos de la humanidad santísima del Salvador.1 Fue una de las pocas almas en la Historia que ha hecho un connubio con la Iglesia. Ya en la infancia, sin saber el nombre de este fenómeno, debido a su tierna edad, realizó este matrimonio espiritual de una profundidad inimaginable, entregándose sin límites y uniéndose a ella con lazos eternos.2 Veamos sus palabras:
El sol reflejado en gotas de rocío«Sin la Iglesia Católica yo no tendría sabiduría»
En varias conferencias a lo largo de los años afirmó taxativamente que había tomado como modelo a la Santa Iglesia, adoptando una posición hacia ella de continua obediencia. «Desde pequeño, viendo a la Iglesia Católica, y no sólo a ella, sino también aquello que de ella se vertió en la sagrada civilización cristiana, lo consideré todo como cierto, infalible, indiscutible, punto por punto, esforzándome en investigar cada vez que no entendía una cosa, preguntándome: “¿Qué principio de sabiduría hay detrás de esto? Tengo que adivinar y conocer este principio de sabiduría”. […] Y éste ha sido el embeleso de toda mi vida: ver a la Iglesia actuante en los dogmas, leyes, disciplinas, instituciones, en las grandes cosas y en las más pequeñas, incluso en la forma de los ornamentos de un sacerdote». Si su mirada posaba, por ejemplo, en la celebración de una misa, analizaba los gestos, la calma con que el sacerdote y los monaguillos se movían por el presbiterio, las reverencias que hacían al rezar el confíteor, los espléndidos colores de los ornamentos… Y se preguntaba: «¿Quién inventó esto? ¿Quién fue el hombre que, por primera vez, determinó que en la misa eso se debería hacer así? No fue un hombre, ¡fue la Iglesia!». Y de una minucia extraía una comprensión densa, que le permitía adentrarse más en el espíritu de la Iglesia. «Solamente más tarde supe que el alma de la Iglesia Católica era el Espíritu Santo. Y Él, presente en todas aquellas manifestaciones, era quien sugería a los hombres de la Iglesia ir seleccionando, a lo largo de los siglos, estas maravillas. Fue Él quien hizo nacer en la Iglesia estos reflejos de Dios». Para el Dr. Plinio, los encantos de la Iglesia no se limitaban a tal o cual aspecto, sino que todo lo que se relacionaba con ella era divino, y no dejaba nada sin amar… «Mi espíritu se volvió afortunadamente incapaz de actuar a no ser en función de Nuestro Señor y de la Iglesia. Porque ése es el patrón por el cual todo se juzga correctamente. […] Pero noto que esa incapacidad es lucidez: me doy cuenta de que no veo, y de que lo poco que veo, lo veo mejor mirando a través de eso; y que a través de eso ¡lo veo todo!». «Así conseguí ser fiel, así adquirí la sabiduría. No lo fue por algo creado en mi propia cabeza. Con qué amor lo digo: lo he aprendido de la Iglesia Católica, como un hijo aprende en brazos de su madre. Sin la Iglesia Católica este hijo no tendría ninguna sabiduría. Todo viene de ella: viene la gracia, viene la enseñanza, ¡viene todo!».Una vida marcada por la fidelidad a la Iglesia
El autor ha visto al Dr. Plinio conmovido hasta las lágrimas solamente por dos razones en su vida: en ciertos momentos, por el recuerdo de su madre, Dña. Lucilia, sobre todo justo después de su fallecimiento; y en otros, a propósito de la Santa Iglesia. De éstos, los tres momentos más emotivos fueron, sin duda alguna, los siguientes: cuando, a finales de la década de 1950, se retiró a una pequeña sala de la casa donde solía reunirse con sus seguidores, y lloró larga y copiosamente, al prever por el discernimiento de los espíritus las situaciones difíciles por las que la Iglesia tendría que pasar; en la Semana Santa de 1966, hablando una vez más de los sufrimientos de la Iglesia; y, por último, el 7 de junio de 1978, aniversario de su Bautismo, al oír que hacían una referencia a él en cuanto hijo y fruto de la Santa Iglesia: Vir catholicus, et totus apostolicus, et «totissimus» romanus.4 ¡Este elogio le arrebataba el corazón porque era lo que más podría causarle honra, alegría y gloria!
Celebración de la santa misa en la basílica de Nuestra Señora del Rosario, Caieiras (Brasil)Extraído, con adaptaciones, de: El don de la sabiduría en la mente, vida y obra de Plinio Corrêa de Oliveira. Città del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2016, v. I, pp. 211-222.
Notas
1 Cf. ROYO MARÍN, OP, Antonio. Teología de la perfección cristiana. Madrid: BAC, 2006, p. 741; ARINTERO, OP, Juan González. La evolución mística. Madrid: BAC, 1952, p. 481, nota 1.
2 El elemento esencial del matrimonio místico es la unión permanente e indisoluble con Dios, que tiene como principio la simple posesión del estado de gracia. (cf. ROYO MARÍN, op. cit., pp. 741-743).
3 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q. 8, a. 3.
4 Del latín: «Varón católico, todo apostólico, plenamente romano».