Ante la noticia de la aparición de Nuestro Señor a los apóstoles después de la resurrección, la duda se apoderó de Tomás, el único ausente, y dijo que sólo creería si tocase las heridas de Jesús. Sorprendentemente, el Señor se le apareció y, en lugar de reprenderlo, le dijo que tocara sus heridas con el dedo.
En cierto modo, a lo largo de la historia, la actitud adoptada por Dios ante la incredulidad se repite, y en lugar de aplicar un merecido castigo, las disposiciones divinas de Nuestro Señor lo llevan a reafirmar las certezas de la religión mediante nuevos milagros.
Un ejemplo de esta acción prodigiosa de Dios se encuentra en los innumerables milagros eucarísticos que la Santa Iglesia conserva como uno de sus tesoros más preciados. De ellos, los fieles pueden sacar provecho, aún hoy, para fortalecer la fe y crecer en el amor a Dios y a la Santísima Eucaristía.
En este libro digital narramos algunos de estos milagros.