Retratados por contemporáneos suyos, los rasgos fisonómicos de los dos varones que ilustran estas páginas —los cuales fueron quizá, sin haberse encontrado nunca, los mayores antagonistas del siglo xvi— son de una elocuencia impresionante.

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San Ignacio de Loyola, en la plenitud de su madurez intelectual, sugiere de inmediato un primer declive en su vigor físico: delgado, notablemente calvo, arrugado. Hombre acostumbrado a ejercitar mucho más sus cualidades morales que las corporales, en éstas el antiguo soldado ya no revela nada…, nada, salvo su mirada. Parece que el santo está absorto en alguien. …