Con frecuencia, el estado espiritual de una madre condiciona el de su hijo, pues Dios tiene en cuenta la fidelidad materna para dar a los descendientes las gracias necesarias al cumplimiento de su misión. Para desempeñar bien esta tarea, es necesario que la madre sepa rezar, tenga una sólida vida interior, frecuente los sacramentos y, así, se beneficie de la gracia y progrese en la vida espiritual. De este modo, contribuirá a que su propia santidad se refleje en sus hijos. Dice el Señor en el Evangelio: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque …