Para muchos de nuestros contemporáneos, e incluso para algunos católicos, los santos parecen imponentes montañas de virtud, entes sobrehumanos, predestinados, separados de todo y de todos, inimitables por la grandeza aterradora de sus obras… Sin embargo, desde lo alto del Cielo, donde gozan de la bienaventuranza eterna, ¡cómo deben sonreír ante esa concepción tan poco veraz! Hombres como todos nosotros, sujetos a las mismas necesidades, vicisitudes y miserias de la vida terrena, ¡cuánto tuvieron que luchar y ser apoyados para seguir con fidelidad el camino que la gracia les mostraba! He aquí una realidad que tendremos la …