Fidelidad desde el principio
Antonio Ghislieri nació en Bosco, ciudad del norte de Italia, el 17 de enero de 1504. Con 14 años ingresó en la Orden de Predicadores con el nombre de Miguel, siendo ordenado sacerdote con 21 años. En varias ocasiones fue elegido prior de diferentes conventos dominicos, entre ellos los de Vigevano, Soncino y Alba. Como superior, insistió en la observancia de la disciplina religiosa y en la fidelidad al carisma de Santo Domingo. La oración y el estudio debían ser el alimento continuo del espíritu, y el silencio, el más perfecto canto de alabanza a Dios. Exhortaba a sus frailes a no salir de la clausura sin necesidad, pues decía que «la sal cuando se echa al agua se vuelve indistinguible de ésta; y los religiosos, la sal de la tierra, por la gracia de Dios, fácilmente absorben el espíritu del mundo cuando innecesariamente entran en contacto con él».1 Era conocida su extrema rigidez consigo mismo. Ayunaba, hacía penitencia, pasaba largas horas de la noche en oración y meditación. A pesar de su frágil salud, sus hermanos de hábito atestiguaron que estando él presente en el convento nunca quedaba su asiento vacío durante las oraciones comunitarias. Habiendo sido elegido confesor del gobernador de Milán, siempre que se disponía a atenderlo se obstinaba en ir a pie, soportando las penalidades del tiempo. Cuando en invierno le instaban a que por lo menos aceptara abrigarse con una capa más gruesa, lo rechazaba alegando que deseaba practicar la pobreza evangélica privándose de algunas comodidades. Años después, ya como Papa, el discreto religioso demostraría la misma austeridad y rigor.Integridad y rectitud para defender la verdad
A mediados del siglo XVI, los errores de Lutero se extendían rápidamente por toda Europa, amenazando la salvación de las almas y la paz en el continente. El papa Pablo III decidió reanudar la Inquisición en 1542, con la intención de frenar el avance de la herejía, descubrir a sus taimados autores y esclarecer a las almas acerca de la verdad católica. La buena fama de Ghislieri había llegado ya a Roma y en 1551 fue nombrado comisario general del Santo Oficio. Tal cargo le confirió amplios poderes como inquisidor, que el dominico supo usar con justicia, prudencia y misericordia. Al mismo tiempo inflexible en la lucha contra la herejía, fray Miguel era benigno y paciente, esforzándose para que los inculpados se arrepintieran de sus faltas y se convirtieran. Todas las mañanas «visitaba a los acusados, y no escatimaba nada para llevarlos de vuelta a Jesucristo. Los exhortaba a discutir libremente con él y disipaba sus dudas con una dulzura tan persuasiva como su elocuencia. Su caridad no se detenía ahí. Cuando los culpables habían abjurado de su error, no descuidaba nada para hacerles más llevadera su penitencia».2 Tanto desvelo y sacrificio por el bien del prójimo produjo frutos preciosos. Tal vez uno de los más notables fuera la conversión de Sixto de Siena. Judío de nacimiento, solamente había aceptado la fe católica cuando tenía 20 años. Su amplio conocimiento de la lengua hebrea le llevó al puesto de profesor en las principales universidades de Italia. No obstante, la alta estima de sí mismo lo condujo a la enseñanza pertinaz de graves herejías. Alertado de sus errores, abjuró y fue perdonado por la Iglesia. Tiempo después reincidió en ellos y fue enviado a prisión, en donde esperaría el día de su muerte. Para Miguel, había llegado la hora de la misericordia. Necesitaba obtener de la Providencia que el corazón de aquel hombre relapso se transformara de verdad. En los días siguientes, visitó ininterrumpidamente al cautivo. Lo exhortó con bondad, lo convenció de sus faltas, hizo que deseara vivir una vida de penitencia por amor al Señor, en fin, lo llevó al arrepentimiento. Consciente de las buenas intenciones de Sixto, recurrió al Santo Padre para que revocara la sentencia de muerte que pesaba sobre él. Grande fue la alegría de fray Miguel cuando supo, meses más tarde, que aquel converso se había hecho dominico. A partir de entonces, Sixto llevó una vida proba y modesta. Se valió de sus conocimientos para la defensa de la fe católica, siendo considerado hasta hoy como uno de los mayores teólogos dominicos de su época.«Dejadme morir como un simple dominico»
En 1556, en consideración a los inmensos servicios que había prestado a la Iglesia, el papa Pablo IV nombró a Ghislieri obispo de Nepi y Sutri, pequeña diócesis cerca de Roma. La noticia le llegó como una tormenta en un cielo despejado. Le suplicó inmediatamente al pontífice que reconsiderara su decisión y le permitiera vivir hasta el final de sus días como un simple fraile dominico. Pero el Papa reafirmó su nombramiento, instándole a que asumiera el cargo como voluntad de la Providencia. Mons. Ghislieri, que continuó fielmente usando el hábito dominico, cambió la fisonomía de su diócesis. Visitó todos sus rincones, incluso los más pobres y olvidados, llevó al clero a la pureza de vida y costumbres y se aseguró de que sus ovejas recibieran el saludable alimento de la enseñanza cristiana. Años después, ya como Papa, se empeñaría en fomentar análoga renovación en el ámbito de la Iglesia universal, y recordaría lo benéfica que había sido su experiencia en Nepi y Sutri. El 15 de marzo de 1557, Pablo IV lo creó cardenal. Unos meses antes le había dicho a Mons. Ghislieri que ataría en su pie una cadena tan fuerte que le sería imposible siquiera pensar en la vida del claustro. Tales palabras se hicieron realidad, aunque el nuevo purpurado no sospechara cómo…«Habemus Papam»
A finales de 1565, habiendo muerto ya Pablo IV y su sucesor Pío IV, los cardenales se reunieron en nuevo cónclave, que resultaría de gran importancia para la Iglesia. El cardenal Carlos Borromeo, arzobispo de la prestigiosa diócesis de Milán, consciente de la influencia que ejercía sobre el Colegio Cardenalicio, no disimuló su preferencia por el futuro Papa. Tras semanas de intensos debates y varios escrutinios, consiguió que la propensión tendiera hacia el cardenal Ghislieri, que hasta entonces había permanecido en su celda, implorándole al Espíritu Santo que eligiera al pontífice adecuado. Ahora sólo quedaba convencerlo. Los cardenales Borromeo, Morone y Farnesio fueron hasta sus aposentos y le informaron de la decisión de todos. Ante la resistencia del electo, lo llevaron casi por la fuerza hasta la Capilla Paulina, donde todos los cardenales se arrodillaron a sus pies y lo proclamaron soberano pontífice. El antiguo fraile de Santo Domingo, no sin reticencias, finalmente aceptó y escogió el nombre de Pío V. Hubo una gran conmoción en Roma con la noticia. Poco a poco, el pueblo se dio cuenta de que el nuevo pontífice «vivía en una celda monacal, que no bebía sino agua, que pasaba horas meditando en la Pasión de Cristo […]. Pronto se comprobó también que ya no desfilaban por las calles de la ciudad esos cortejos cardenalicios que escandalizaban por su fausto insolente […]. En contrapartida, las instituciones de caridad recibieron generosas dotaciones y las obras de utilidad pública, un nuevo impulso. La admiración alcanzó su culmen cuando se vio al Vicario de Cristo haciendo a pie la peregrinación a las basílicas, llevando la custodia».3El Concilio de Trento puesto en obras
El histórico Concilio de Trento convocado en 1545 por Pablo III había terminado en 1563. A Pío V le correspondió la inmensa tarea de poner en práctica todo lo que había sido determinado en los decretos de la magna asamblea.
Coube a São Pio V a imensa tarefa de colocar em prática as determinações do Concílio de TrentoConcílio de Trento, por Elia Naurizio - Museu Diocesano Tridentino, Trento (Itália); em destaque, Breviário e Catecismo Romanos, publicados por São Pio V segundo as diretrizes da magna assembleia
Defensor de la cristiandad
En los primeros días de julio de 1570 centenares de embarcaciones turcas se divisaban en el horizonte de la isla de Chipre. Pío V sospechaba desde hacía tiempo que el poder otomano atacaría violentamente a las naciones cristianas, y ahora ya no había ninguna duda. El Sucesor de Pedro no titubeó en asumir sobre sus hombros el peso de la defensa de la cristiandad. Tan pronto como le llegaron las tristes noticias de la masacre de Chipre, envió emisarios a los principales reyes de Europa, con el objetivo de crear una alianza que se opusiera a los infieles. El 25 de mayo de 1571, después de arduas gestiones diplomáticas, España, la República de Venecia y otras ciudades italianas, junto con los Estados Pontificios, firmaron el tratado que establecía la Liga Santa. La flota de más de 200 barcos y 80.000 hombres partió del puerto de Messina en un hermoso día de otoño de 1571, comandada por D. Juan de Austria y bajo la bendición del nuncio papal. Poco menos de un mes después, el 7 de octubre, tuvo lugar uno de los enfrentamientos navales más grandes de la historia: la batalla de Lepanto. La cruz y la media luna pelearon durante horas hasta que las tropas cristianas lograron la victoria. Su Santidad instituyó en ese día la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, en agradecimiento por el insigne y espléndido triunfo alcanzado por su intercesión y ordenó que a las letanías lauretanas se le añadiera la advocación Auxilio de los cristianos.«La Iglesia ha enviudado de su santo pastor»
El Viernes Santo de 1572, el empeoramiento de una enfermedad que padecía desde poco antes de su elección al papado lo obligó a permanecer postrado en cama. El día 1 de mayo, el romano pontífice entró en agonía. Cualquiera que se acercara a él en ese momento podía oírle gemir: «Señor, aumenta mi mal, pero igualmente mi paciencia».6
Exemplo de pastor sábio e íntegro, ao ultrapassar os umbrais desta vida, São Pio V deixou traçado na sua fisionomia um sorrisoCorpo de São Pio V - Basílica de Santa Maria Maggiore, Roma
Notas
1 ANDERSON, Robin. Saint Pius V. Rockford: TAN, 1989, p. 3.
2 VICOMTE DE FALLOUX. Histoire de Saint Pie V. Chiré-en-Montreuil: Chiré, 1978, p. 43.
3 DANIEL-ROPS, Henri. A Igreja da Renascença e da Reforma (II). São Paulo: Quadrante, 1999, t. V, pp. 115-116.
4 Ídem, p. 115.
5 SAN JUAN BOSCO. Compêndio de História Eclesiástica. Campinas: Livre, 2016, p. 189.
6 Ídem, ibídem.
7 THE LIFE OF SAINT PIUS THE FIFTH, and Other Saints and Blessed of the Order of Friar Preachers. New York: D. & J. Sadlier, 1887, p. 115.