Amor a la vida contemplativa y, sobre todo, a la voluntad de Dios
Se llamaba Nicolás y había visto la luz en marzo de 1417. Era natural de Unterwalden, que poco después formaría, junto con otros cantones, la Antigua Confederación Helvética, hoy Suiza. Aunque sus padres fueran humildes campesinos, procuraban darle una educación muy superior a la que, en general, se le impartía a un futuro labrador. Desde temprano, el niño dio muestras de inteligencia lúcida y fuera de lo común, además de una piedad admirable. Encantaba a familiares y amigos por su propensa índole a la meditación, siendo agraciado desde tierna edad por visiones místicas que lo invitaban a ello. Por otra parte, se mortificaba con gran seriedad, imponiéndose ayunos y penitencias que llegaban a preocupar a su madre, recelosa de que tales rigores le dañaran su salud. Pese a verse fuertemente inclinado a la vida religiosa y contemplativa, ante todo, quería hacer la voluntad de Dios. Así pues, contrajo matrimonio con Dorotea Wyzling, joven de carácter y piedad modélicos, con quien tuvo diez hijos. La esmerada formación religiosa y moral que la numerosa prole recibió de su padre era coronada con su propio ejemplo, porque, aun estando casado, Nicolás continuó amando el recogimiento y la oración. Lo ilustra una costumbre de la que su hijo mayor fue testigo, quien contaba que su padre se levantaba durante la noche, mientras todos dormían, para rezar.1Valeroso soldado promotor de la paz
La actual Suiza, desde tiempos remotos dividida en pequeñas provincias, se encontraba por entonces en un delicado y decisivo momento histórico. Las regiones que la componían, denominadas cantones, eran casi independientes unas de las otras y sufrían la disputada influencia de países vecinos, como Francia, Alemania o Italia, que luchaban —a veces por la vía diplomática, otras, a través de medios bélicos— para ganarse la simpatía del pueblo suizo, con vistas a anexar tierras, obtener soldados y aumentar su poderío.
Coronado de méritos, se mantuvo humilde
Al término de cada una de esas guerras, Nicolás regresaba a su casa. Lejos de entregarse a una vida pacata y mediocre, disfrutando de forma egoísta de la agradable convivencia familiar, se ponía al servicio de sus conciudadanos, orientándolos y ayudándolos en todo lo que estuviera a su alcance. De tal manera era su sabiduría y su equilibrio para resolver las cuestiones que le presentaban que, en cierta ocasión, quisieron nombrarlo alcalde, pero no aceptó, alegando la sencillez de su origen. Además de despreciar las glorias mundanas, manifestaba así su respeto por las personas de condición más alta del cantón, a las que sinceramente consideraba mejor instruidas y dotadas de mayores capacidades para gobernar. ¡Qué ejemplo de modestia! En efecto, los hechos de la vida de los santos están cimentados en la humildad, madre de todas las virtudes. Lo que la soberbia niega y destruye, la humildad reafirma y consolida. No obstante, debido a las insistentes peticiones del pueblo, acabó aceptando los cargos de juez y consejero cantonal, a través de los cuales continuó ejerciendo una piadosa y ejemplar influencia en la región, con invariable buen trato, caridad y concienzudo discernimiento. Según sus más antiguos biógrafos, renunció a esas funciones públicas después de un juicio injusto en el cual sus enérgicas intervenciones no surtieron efecto alguno sobre los demás jueces, que se mostraron rígidamente parciales y emitieron una sentencia fraudulenta.Un aviso del Cielo
El llamamiento decisivo
No obstante, Dios le pidió a San Nicolás una entrega especialísima, que solamente le quedó clara después de meditar mucho: ¡debía abrazar la completa soledad! Así pues, obtuvo de su esposa el consentimiento para vivir como ermitaño y salió de la convivencia con ella y sus diez hijos, conforme le inspiró el pasaje del Génesis que dice: «Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré» (12, 1). El Cielo debería ser su única familia. Entonces se fue a vivir a una choza cuyas medidas no excedían su estatura. A lo largo de años —veinte, según algunos autores— se alimentó únicamente de la sagrada eucaristía, recibida una vez al mes. Pese a estar ubicado en un sitio apartado, sus conciudadanos y familiares pronto lo descubrieron y supieron respetar su nuevo estilo de vida, aunque no quisieron dejar de beneficiarse de sus virtudes. Se fue volviendo cada vez más amado y venerado por aquellos que lo buscaban para pedirle consejos, oraciones y orientaciones. En algunas ocasiones incluso tuvo que abandonar su amada soledad para resolver las disputas entre los cantones helvecios, como ocurrió en las negociaciones que dieron lugar al convenio de Stans, firmado en diciembre de 1481. En esta, como en las demás intervenciones, la paz se restableció gracias al hoy conocido como padre de la patria. Merece ser destacado el éxito que San Nicolás lograba en ese tipo de misiones al evitar derramamiento de sangre entre cristianos y promover la unión de quienes deberían estar juntos bajo una misma bandera. Exento de todo rastro de hipocresía o falsedad, respondía a las cuestiones de una manera muy sencilla y puntual, con extraordinaria serenidad de alma. Aunque existe cierta concepción sentimental según la cual un varón justo nunca ha de tener miedo de morir, santos hubo, y muchos, que vieron llegar la muerte con pavor, pero buscaron su consuelo en Dios, y a Él entregaron su alma en medio de una gran serenidad. Es lo que le sucedió a San Nicolás cuando sintió que su fin se acercaba. Gimiendo en medio de dolores atroces, llegó a exclamar: «¡Qué terrible es la muerte!». Si bien que se sabía fuerte por estar unido a Dios y, tras haber recibido piadosamente el viático, exhaló tranquilamente su último suspiro.Ejemplo en la lucha contra el mal
El fiel que visite la iglesia de Sachseln, comuna suiza del cantón de Obwalden, podrá contemplar bajo el altar una imagen de plata en cuyo interior se conservan los restos mortales del Hermano Klaus, así llamado por sus compatriotas de antaño y de ahora. Antiguamente existía la costumbre entre los soldados helvecios de depositar allí las insignias que habían conquistado en las batallas. Gesto de especial nobleza y elevación, pues, como señala el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, «el héroe que se quita la condecoración del pecho para honrar al santo, su antepasado, da a entender que es más hermoso descender de San Nicolás que estar cubierto con todos los honores de la tierra».3
Notas
1 Cf. BAUD, Philippe. Nicolas de Flue. Un silence que fonde la Suisse. Paris: Du Cerf, 1993, p. 32.
2 PÍO XII. Discurso a los peregrinos suizos llegados a Roma para la canonización de San Nicolás de Flüe, 16/5/1947.
3 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Um guerreiro perfeito. In: Dr. Plinio. São Paulo. Año XXI. N.º 240 (mar, 2018); p. 30.