Caía la noche en aquel 24 de diciembre de 1795. Un intenso frío invernal azotaba las regiones de Bretaña, trayendo a la memoria de un pobre campesino la noche santa por excelencia en la que el Salvador vino al mundo. No obstante, la situación en la que se encontraba difería trágicamente de la primera Navidad: el canto de los ángeles no se oía, la estrella de los Reyes Magos no brillaba y la mirada maternal de la Virgen, unida a la benevolencia paternal de San José, era sustituida por el odio de cuatro facinerosos revolucionarios que lo habían …