San Casimiro era tan casto que comunicaba a los demás el deseo de ser puros. Es hermoso este hecho, porque a menudo nos encontramos con personas puras, pero a quienes la Providencia no le ha dado el don de hacer comunicativa su pureza. Se sabe que son puros, se les admira, se les rinde homenaje, mas su virtud no es comunicativa. Ahora bien, una de las mejores formas de hacer apostolado es tener esa virtud comunicativa que pasa de una persona a otra como por osmosis. Y la castidad comunicativa es un don enormemente precioso para hacer apostolado. Sin embargo, como Dios está airado con el mundo, dones como ese se vuelven rarísimos. Por eso necesitamos recurrir a un San Casimiro, del siglo XV, para comprender qué es la pureza invitadora e irradiante, la cual atrae a las personas hacia la virtud que es lo contrario de la impureza, de la voluptuosidad también conquistadora, que arrastra hacia el mal. La virtud que arrastra hacia el bien es algo poco visto en nuestros días y, no obstante, da mucha gloria a la Santísima Virgen.