En un mundo pagano, algunas almas esperaban la restauración
A pesar del pecado de Adán y Eva, había una especie de inocencia patriarcal de las primeras eras de la humanidad, que fue dejando vestigios cada vez más raros a lo largo de la Historia. Y alguna que otra persona de aquí, allá o acullá, aún reflejaba esa rectitud primitiva. Se trataba de hombres aislados que no se conocían —porque no tenían contacto entre sí— y, en consecuencia, no formaban un todo, pero que eran nostálgicos de un pasado tan lejano que quizá ni siquiera tuvieran de él un conocimiento umbrático. Miraban el estado de la humanidad de su tiempo, que presentaba una decadencia terrible, confirmada por lo que había de poderoso y lleno de vitalidad: el Imperio romano. Éste era el más quintaesenciado, el último y más alto producto del progreso. Sin embargo, no duraría mucho a causa de su libertinaje y le tocaría el final ignominioso de ser pisoteado por los bárbaros, a quienes los romanos despreciaban y consideraban hechos para ser esclavos suyos, pero que acabarían siendo sometidos por ellos. Este poderoso Imperio había dominado a un mundo podrido. Y si fue tan fácil dominarlo, en gran parte se debió a que todavía había algo sano. Al devorar el mundo, el Imperio engulló la podredumbre; y al deglutir la conquista, ésta mató al conquistador. Todos los vicios de Oriente fluyeron en Roma como torrentes y la alcanzaron. Así pues, transformada en una cloaca, en una letrina, propagaba, a su vez —multiplicada y aumentada—, aquella corrupción. No obstante, algunas almas oprimidas por esa situación sentían que algo estaba a punto de suceder y entendían que o bien el mundo se acabaría, o bien la Providencia de Dios intervendría. La desventura y la angustia de estas almas habían llegado a un punto crítico la víspera de Navidad. Vivían el final de una era en sus estertores, pero bajo las apariencias de paz, y nadie se hacía una idea de cuál podría ser la salida. He aquí que, en aquella Nochebuena, tan terriblemente opresiva para todos, en una gruta en Belén había un matrimonio de castidad inmaculada; la virgen esposa, sin embargo, sería madre. En esa gruta, mientras se rezaba en profundo recogimiento, el Niño Jesús vino a la tierra.Auténtica adoración
Los pastores, que recordaban la antigua rectitud, al ver aparecérseles los ángeles cantando y anunciándoles la primera noticia —«Gloria a Dios en el Cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad» (Lc 2, 14)— se quedaron encantados y se dirigieron al Pesebre, llevándole sus humildes regalos al Niño Jesús. Tenía lugar el magnífico acto de adoración inicial, el cual bien podríamos llamar el acto de adoración de la tradición. Representaban la tradición de la rectitud pastoril. Al llevar una vida recatada, al margen de la podredumbre de aquella civilización, a los pastores les fue anunciado primeramente el gran acontecimiento: «Puer natus est nobis, et filius datus est nobis – Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9, 5). Tiempo después, en el otro extremo de la escala social, llegaba también una caravana; era otra maravilla. Una estrella peregrina en el horizonte y, del fondo de los misterios pútridos de Oriente, hombres sabios, magos, ceñidos de corona regia, se trasladaban desde sus respectivos reinos. Imaginemos que, en un momento dado, estos grandes monarcas se encontraron y se veneraron recíprocamente. Sin duda, cada uno les contó a los demás de dónde venía, y los tres se alegraron al ver que los unía la misma convicción, la misma esperanza y la llamada para recorrer el mismo itinerario. Finalmente, llegaron juntos a la gruta, portando las tres culminaciones de sus correspondientes países: oro, incienso y mirra. Y volvieron a rendirle otra adoración al Niño Jesús. Ya no era la tradición de los más humildes, sino de los más elevados. Esto es lo interesante de la tradición: de tal modo está hecha para todos que posee una manera propia de residir en todos los estratos sociales. En la burguesía se manifiesta sencillamente en la estabilidad; en la nobleza, por la continuidad en la gloria; en el pueblo llano, por la continuidad en la inocencia. Ahora bien, estos reyes, ápices de la nobleza de sus respectivos países, llevaban junto a la dignidad real otra elevada honra: la de ser magos. Eran hombres sabios, habían estudiado con espíritu de sabiduría y, en el instante en que recibieron la orden: «Id a Belén, y allí tendréis realizadas vuestras esperanzas», sus espíritus se encontraban preparados por todo lo que conocían acerca del pasado.Enseguida irrumpe la persecución
«La matanza de los Santos Inocentes», de Giotto di Bondone - Capilla de los Scrovegni, Padua (Italia)Ayer y hoy el mundo agoniza
¡Cuán parecida es nuestra vida con la de los hombres que vivieron la víspera del «Puer natus est nobis, et filius datus est nobis»! El mundo de hoy agoniza como agonizaba el de la víspera del nacimiento del Señor. Todo es desconcertante, locura y delirio. Todos buscan aquello que cada vez más se les escapa, como el bienestar, la vidita acomodada, el goce infame, las treinta monedas con las cuales cada uno vende al divino Maestro, que implora la defensa y el entusiasmo de quienes ha redimido. Es muy probable que en estas condiciones haya, en la inmensidad de la tierra, algún hombre gimiendo al presenciar cómo se deshace el mundo; es la debacle de la cristiandad o, por desgracia, más bien, una terrible crisis en la Santa Iglesia inmortal, fundada y asistida por Nuestro Señor Jesucristo, que de tal manera está en declive que si supiéramos que es mortal, seríamos llevamos a decir que está muerta. Yo me pregunto: ¿no vendrá a nosotros un acontecimiento enorme, quizá de los más grandes de la Historia —aunque infinitamente pequeño comparado con la Santa Navidad—, que nos libere también de todo el horror en el que nos encontramos?¿Qué darle y qué pedirle al Niño Jesús?
«Anunciación a los pastores», de Maître de Jacques de Besançon - Biblioteca Nacional de España, MadridExtraído, con adaptaciones, de: Dr. Plinio. São Paulo. Año XXIV. N.º 285 (dic, 2021); pp. 8-10.
Oración ante el Pesebre
Oh divino Infante, he aquí arrodillado ante ti a un hijo más de la Iglesia militante traído por la gracia obtenida por tu divina y celestial Madre. Aquí está este luchador, ante todo, para agradecer.
El Dr. Plinio en diciembre de 1989Oración compuesta por el Dr. Plinio el 23 de diciembre de 1988, con pequeñas adaptaciones para el lenguaje escrito