Para el alma que confía en la Providencia, las grandes esperas son el preludio de los grandes dones de Dios, el prenuncio de la realización de las grandes promesas que le ha hecho el Altísimo. El patriarca Abrahán es un ejemplo de esto: siendo ya centenario, Dios le prometió una descendencia innumerable, de la cual brotaría el Mesías. Le nace un hijo, y el Señor determina que lo sacrifique. Abrahán confía. Y en la hora de su supremo heroísmo, después de tan larga espera, finalmente recibe la certeza del juramento divino: «Multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa» (Gén 22, 17).