¡Qué Niña tan encantadora! Exenta del pecado original, dotada de ciencia infusa y de pleno uso de razón, nada más abrir los ojos a la realidad, María entendía todo lo que sucedía a su alrededor. Sin manifestación alguna de la bobería pueril propia de los descendientes de Adán, Ella era seria, solemne y, al mismo tiempo, graciosa. En todos sus movimientos, hasta en los más mínimos gestos, se dejaban ver sus innumerables cualidades y dones, pues, a semejanza de lo que ocurre con la luz del sol, no se podía ocultar la plenitud de gracia que emanaba …