En los jardines de la Academia, cómodamente sentados y reflexivos, maestro y discípulo parecen estar meditando todavía: Sócrates, con la mano apoyada en la barbilla, se prepara para dar a luz un nuevo concepto; a su lado, Platón, con oído atento, espera pacientemente. Sin embargo, los turistas se suceden, los días pasan y los sabios no pronuncian ninguna novedad: la piedra en la que fueron tallados es incapaz de hacerlo; son meras estatuas, insensibles a los siglos y a la inclemencia del tiempo. Como ellos, no es pequeño el número de los que entraron en la historia por …