Guardiana de la mesa regia de Jesús
Según ha discernido la piedad católica a lo largo de los siglos, existen varias analogías entre la encarnación y la transubstanciación. Si por el consentimiento y la palabra de la Virgen el Verbo divino se hizo hombre, también por otra palabra humana, la del sacerdote, cada día se renueva para nosotros una como que segunda encarnación en todos los altares. Si cinco palabras atrajeron a Dios al mundo por primera vez —«Fiat mihi secundum verbum tuum» (Lc 1, 38)—, igualmente cinco palabras, pronunciadas por el sacerdote —Hoc est enim corpus meum—, lo traen de vuelta a la tierra. Por otra parte, si en la pequeña Nazaret el Salvador se ocultó en las entrañas purísimas de su Madre, una vez más Él se oculta bajo las especies eucarísticas en los altares. En este sentido, Nuestra Señora anticipó la fe eucarística de la Iglesia al ofrecer su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios.3El vínculo divino entre María y el sacramento del altar fue profetizado incluso en el Cantar de los Cantares: «Posuerunt me custodem in vineis —Me pusieron a guardar las viñas» (Cant 1, 6), queriendo decir que la Virgen fue constituida guardiana, ordenadora y protectora de la mesa regia de Jesús.4 Indiscutiblemente inspirada por la gracia, aunque al principio incomprendida y hasta perseguida, aparece en este contexto la proclamación hecha por San Pedro Julián Eymard en 1868, al darle el título de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento.La que ofreció su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios es constituida guardiana, ordenadora y protectora de la mesa regia de Jesús
Una «reliquia» de María
Hubo también autores que afirmaron que la Eucaristía era una «reliquia» de María. De hecho, llamamos reliquia a lo que queda de los cuerpos de los santos, a algo que les perteneció o a lo que estuvo en contacto con ellos. Al considerar la unión entre madre e hijo, vemos que este último tiene un cuerpo físico formado por la madre, con su propia sangre, como producto de su sustancia. Es innegable que acaba convirtiéndose en una especie de «reliquia» de aquella que lo engendró.5 Y la veracidad de este pensamiento se sublima cuando se aplica a la altísima unión entre María y Jesús. Según enseña la teología, la Virgen Santísima, por la maternidad divina, fue honrada con la afinidad y consanguinidad con Dios,6 además de haber cooperado físicamente en la constitución del sagrado cuerpo de su Hijo —caro Christi, caro Mariæ. Ahora bien, si la Eucaristía contiene la presencia real y física de Nuestro Señor Jesucristo velada bajo las sagradas especies, puede ser considerada, en este sentido, una «reliquia» de su Madre virginal. Se trata de una idea muy original, que invita al alma a una redoblada devoción eucarística.De su fíat, la Redención y la santa misa
Si, por tanto, con vistas a la Redención se obró la Encarnación, mediante la celebración eucarística ambas se renuevan en los altares. En efecto, la Providencia decidió condicionar el cumplimiento de sus más altos designios al «sí» de una doncella, ya que, «si María no hubiese pronunciado su “fíat”, la Iglesia no poseería: ni Cristo, ni sacerdocio, ni sacrificio, ni sacramento».7 Sólo Ella dio al mundo al único Sacerdote, de quien los demás no son más que ministros, el Verbo encarnado que se hace presente en el altar.8Sólo María dio al mundo al único Sacerdote, de quien los demás no son más que ministros: el Verbo encarnado, que se hace presente en el altar
Misa con María
Al narrarles a sus hijos espirituales en una conferencia las gracias sensibles que había recibido durante una misa celebrada en la casa madre de los Heraldos del Evangelio, Mons. João12 les indicó un medio sencillo y eficaz de acercarse más a la Santísima Virgen y de participar fructíferamente en la Eucaristía.
He aquí una solución muy accesible para los que se preguntan cómo asistir bien a misa: basta con buscar en cada movimiento del ceremonial litúrgico, en cada canto o en cada palabra, la presencia de María Santísima, madre y nutricia del pan de vida,13 porque su corazón es un incensario de amor eucarístico, cuyos latidos se unen a la adoración de los fieles en un perfume de agradable olor que sube hasta el Cielo. Finalmente, como recomendaba el Dr. Plinio,14 deseemos no sólo recostar nuestra cabeza sobre el Corazón Inmaculado de nuestra Madre celestial, como otrora San Juan Evangelista sobre el pecho del Señor, sino poder establecer allí nuestra morada, para que, auscultando las palpitaciones de su Corazón, vivamos de esos secretos de amor a Jesús sacramentado. ◊Para asistir bien a misa basta buscar en cada movimiento del ceremonial litúrgico la presencia de María, madre y nutricia del pan de vida
Notas
1 Cf. De Lombaerde, DNSS, Julio María. Maria e a Eucaristia. Estudo doutrinal de um título e uma doutrina: Nossa Senhora do Santíssimo Sacramento. Manhumirim: O Lutador, 1937, p. 13. El P. Julio María nació en Waereghen (Bélgica), el 8 de enero de 1878. Sintiendo la vocación sacerdotal, ingresó en la Congregación de la Sagrada Familia, fundada por el P. Berthir para acoger vocaciones tardías. Fue ordenado el 13 de enero de 1908 y, en 1912, enviado a la Amazonia brasileña, donde trabajó durante quince años como misionero. En Macapá, fundó la Congregación de las Hermanas del Inmaculado Corazón de María, aprobada por el papa Benedicto XV. En 1928, se trasladó a Minas Gerais, donde fundó la Congregación de las Misioneras de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, así como las Hermanas Sacramentinas de Nuestra Señora. Escribió decenas de obras de carácter doctrinal, apologético y espiritual. Falleció el 24 de diciembre de 1944.
2 San Juan Pablo II. Ecclesia de Eucharistia, n.º 57.
3 Cf. Idem, n.º 55.
4 Cf. Lémann, Joseph. La Mère des chrétiens et la Reine de l’Église. 2.ª ed. Paris: Victor Lecoffre, 1900, p. 267.
5 Cf. Lombaerde, op. cit., pp. 221-223.
6 Cf. Merkelbach, OP, Benito Enrique. Mariología. Bilbao: Desclée de Brouwer, 1954, pp. 91-92.
7 Philipon, OP, Marie-Michel. Los sacramentos en la vida cristiana. 2.ª ed. Madrid: Palabra, 1979, p. 334.
8 Cf. Idem, ibidem.
9 Van Den Berghe, Oswald. Marie et le sacerdoce. Bruxelles-Paris: Haenen; Laroche, 1872, p. 126.
10 Cf. Lhoumeau, SMM, Antonin. La vie spirituelle à l’école de Saint Louis-Marie Grignion de Montfort. Bruges: Beyaert, 1954, pp. 442-443.
11 Cf. Idem, pp. 444-447.
12 Cf. Clá Dias, EP, João Scognamiglio. Conferencia. São Paulo, 28/5/2008.
13 Cf. San Agustín. «Sermo CLXXXIV», n.º 3. In: Obras completas. 2.ª ed. Madrid: BAC, 2005, t. xxiv, p. 6.
14 Cf. Corrêa de Oliveira, Plinio. «Coração de Maria, nossa esperança!». In: Legionário. São Paulo. Año XVI. N.º 555 (28 mar, 1943), p. 3.