Es necesario rectificar el concepto de autoridad
Para cierto tipo de mentalidad revolucionaria, este hecho puede resultar chocante. En efecto, en el trato con el mundo, en la escuela e incluso en la propia familia, se le inculca a nuestra generación el pánico en relación con cualquier autoridad, creando una enorme dificultad para comprender la misericordia. Por ejemplo, cuando un niño yerra, la reacción temperamental de quienes son superiores a él, en general, es la de quejarse y querer castigarlo. Ahora bien, el joven crece así con un trauma psicológico y una tremenda inseguridad, hasta el punto de que si comete una falta, se desanima fácilmente y cae en el pesimismo, pensando que su vida ya no tiene solución. Porque la idea que está anidada en su alma es que Dios, siendo infinitamente más que aquellos que lo educaron, también lo pisoteará, lo aniquilará y lo destrozará si encuentra alguna culpa en él. ¡Y no es verdad! Un alma así formada no ha llegado a conocer quién es Nuestro Señor Jesucristo. Por eso, el Dr. Plinio solía tomar como ejemplo la historia de aquella niña, para convencer a la gente de la benevolencia del Sagrado Corazón de Jesús por quien se presenta ante Él como miserable; pues fue en el reconocimiento de la madre de que su hija tenía un pie deformado, como pidiendo misericordia, que la otra mujer decidió adoptarla. Asimismo, ciertas debilidades mueven a Dios de un modo especial a acogernos como hijos suyos.Debido a un tipo de mentalidad revolucionaria, nuestra generación tiene dificultades para comprender la misericordia
Entonces, es necesario reconstruir la psicología humana de forma correcta, de manera que, tratándose de una autoridad auténtica y puesta por Dios, sea normal tener plena confianza. En las personas santas, el motivo de la misericordia no se basa en la virtud o los méritos del otro, sino que parte de un «instinto» que ama porque quiere amar, y se conmueve ante las deficiencias para ayudar a arreglarlas. Cuando alguien falla por flaqueza —y no por maldad u odio a Dios, lo que ocurriría en el caso de un recalcitrante— demuestra que no tiene fuerzas y que, por tanto, ha de ser objeto de bondad. Santo Tomás de Aquino1 plantea la cuestión de cuál es la mayor de las virtudes, y explica que en nosotros, criaturas, es la caridad, porque por ella nos unimos a Dios nuestro superior. Pero en Dios, que no tiene a nadie por encima de Él, es la misericordia.Dios se conmueve ante nuestras deficiencias, pues cuando alguien falla por flaqueza, demuestra que no tiene fuerzas y que necesita ser objeto de bondad
Amor al miserable
Por cierto, el nombre misericordia proviene de la composición de dos palabras latinas: miser (miserable) y cor (corazón), por la relación existente entre éste y los sentimientos afectivos. Es decir, misericordia es amor al miserable. ¿Por qué? Precisamente a causa de su miseria.
Olvidar las faltas y amar con alegría
Por lo tanto, debemos salir de la confesión con la certeza absoluta de que en el momento en que el sacerdote, prestándole su laringe y su voz al Señor, dijo: «Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo», fuimos perdonados por el propio Jesucristo, que prometió: «A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 23). Y no sólo nos perdona, sino que ya no se acuerda de nuestras culpas, como encontramos en ese famoso pasaje del profeta Miqueas: «¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta del resto de tu heredad? No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia. Volverá a compadecerse de nosotros, destrozará nuestras culpas, arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar» (7, 18-19). O como dice el salmo: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo» (102, 8-9).
Lo mismo pasa con nosotros: la mejor manera de progresar en la vida espiritual es amar. Cuanto más amamos, más alto subiremos. Y debemos comprender que, cuando tengamos la desgracia de andar mal y nos arrodillemos para golpearnos el pecho —diciendo como el leproso del Evangelio: «Señor, si quieres, puedes limpiarme» (Mt 8, 2)—, el Sagrado Corazón de Jesús se alegrará, porque se complace en convertir a alguien que es miserable y, de este modo, obrar en nosotros algo maravilloso, que nunca se realizaría si hubiera plena fidelidad de nuestra parte. ¡Qué misterio de amor inimaginable! ¡Oh, beneficio de los «pies torcidos»! ¡Bendita sea la «pierna inutilizada», que nos proporciona el medio más fácil para subir a los pináculos de la santidad! Usando la frase de un autorizado teólogo, podemos exclamar: «Bendito el pecado, que nos reveló, como ninguna otra cosa, el entrañable amor de Dios».3El Sagrado Corazón se complace en curar y convertir al que es miserable y, de ese modo, obrar en nosotros algo maravilloso
Dos caminos: desesperación o confianza
En este sentido, consideremos dos pecados que se cometieron la misma noche: Judas traiciona y Pedro niega… ¡Ah, precisamente Pedro, el apóstol que más amaba a Jesús, que había prometido no abandonar nunca al Maestro! Después de Judas, por tanto, fue el que más pecó, porque los demás huyeron, pero él lo negó formalmente, ¡y tres veces! No obstante, Judas se desespera y Pedro obtiene el perdón. ¿Por qué? Porque supo poner sus ojos en los ojos del Señor (cf. Lc 22, 61-62). Si Judas, tras la traición, también hubiera buscado al Señor en la cruz y, aun sin decir nada, tan sólo pidiera perdón con dolor, en el interior de su alma, Jesús hasta habría podido desprender la mano del clavo y decirle: «Hijo mío, vete, tu pecado está perdonado!».
Confiemos, pues, en esa bondad y en ese perdón. No debemos afligirnos a la vista de nuestras faltas e imperfecciones, sino considerar este punto importantísimo, que subrayo incisivamente: nuestras miserias conquistan la mirada compasiva de Nuestra Señora y la mueven a amarnos aún más. Por lo tanto, los que sufren el peso de sus defectos, sepan que el Inmaculado Corazón de María gime mucho más para alcanzarles la gracia del perdón y la extraordinaria liberalidad de Nuestro Señor Jesucristo. ◊Los que sufren el peso de sus defectos, sepan que el Inmaculado Corazón de María gime mucho más para alcanzarles la gracia del perdón
Fragmentos de exposiciones orales pronunciadas entre 1992 y 2009.
Notas
1 Cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. II-II, q. 30, a. 4.
2 Cf. Sisters of the Visitation. Sister Benigna Consolata Ferrero. Washington, DC: Georgetown Visitation Convent, 1921, p. 71.
3 Cabodevilla, José María. Discurso del Padrenuestro. Ruegos y preguntas. Madrid: BAC, 1971, p. 319.
4 Menéndez, rscj, Josefa. Un llamamiento al amor. 7.ª ed. Madrid: Religiosas del Sagrado Corazón, 1998, pp. 266; 405-406.