En el mundo de hoy, María Santísima se nos presenta como una reina sentada en su trono, colocado en un salón repleto de enemigos que la quieren destronar. Ya derribaron su dosel, le quitaron de su venerada frente la corona de gloria a la que tiene derecho y le arrancaron de sus manos el cetro. Sin embargo, ante la reina, que no hace otra cosa que llorar, también se encuentra un puñado de súbditos fieles, a quienes continuamente dirige una mirada suplicante, inundada de dolor y aflicción. A la vista de este conmovedor llamado, ¿cuál debería ser el pensamiento de cada uno de los vasallos fieles presentes en el salón real? «Mi soberana será arrancada de su trono. Y yo soy aquel a quien está dirigiendo su mirada, rogándome que le auxilie a fin de evitar el postrer lance del destronamiento. ¿Seré yo alguien a quien ha mirado en vano? ¡No! Esa mirada tiene que producir en mí el mismo efecto que la mirada de Jesús obró en San Pedro. Es decir, la mirada que la reina ha puesto en mí en un auge de angustia, debe ser correspondida por mi parte con un auge de donación». A ese auge de donación cabrá, a su vez, un apogeo de recompensa: en el Cielo para siempre jamás, la mirada de la Reina —ya no suplicante, sino rebosante de amor, benignidad y cariño maternos— estará dirigida hacia aquel que la socorrió en esta tierra. Pienso que el epitafio de cada uno de los que respondieron al llamado de la Reina debería rezar: «Aquí yace alguien a quien Nuestra Señora miró en el momento del abandono completo, en la hora de la aflicción, cuando casi nadie estaba a su lado, y que contestó con un Sí a ese llamamiento».
Plinio Corrêa de Oliveira
 
En la foto superior: Imagen del Inmaculado Corazón de María que lloró en Costa Rica el 26 de abril de 2018