«A quienes Dios les da la fe, Él mismo les exige esperanza»
Plinio, en cuanto pudo, le envió una carta, rebosante de amor filial, en la cual le describía la espléndida hacienda en donde estaba siendo objeto de una excelente acogida. Por lo tanto, su madre no debía preocuparse ni por su bienestar ni por su salud. Después de decirle que había ofrecido la comunión por Dña. Lucilia en Pindamonhangaba y pedirle noticias de la familia, Plinio le da un filial consejo en ese convulso período.Pasemos, ahora, a usted. Espero que tenga la suficiente dosis de espíritu religioso que requieren las circunstancias. La esperanza es una virtud que procede de la fe.
A aquellos a quienes Dios les da la fe, Él mismo les exige esperanza. Espere, pues, en Dios, porque ni un solo cabello cae de nuestra cabeza sin su consentimiento. Y, siendo así, ¿qué hemos de temer nosotros cuando estamos protegidos por un Dios de poder y misericordia infinitos? Usted, a quien tanto le gusta guiarse por los principios del abuelo Ribeiro, debe acordarse de la gran confianza que él tenía en Dios hasta el punto de dar sus últimos 2.000 reales a un pobre, seguro de que nada le faltaría, mientras no le faltase la gracia de Dios. Y usted que, a diferencia de él, frecuenta los sacramentos, debe tener en Dios una confianza aún mucho mayor.
Comulgue asiduamente, pero sin sacrificio para su salud, y récele mucho a Nuestra Señora. El resto se arreglará.
Mándele afectuosísimos abrazos y besos a papá, a Rosée, a la abuela y a María Alice. A Antonio, un fortísimo y fraternal abrazo. A tía Yayá, tío Adolpho, Dora, y Adolphinho, muchos abrazos y recuerdos. A todos los demás de la familia, lo mismo. Para usted, finalmente, todo mi corazón, todo mi afecto, todo mi cariño y todo mi respeto. Bendiga al hijo que tanto la quiere.
Poco después, Plinio escribía nuevamente a su madre, renovando con respeto de hijo las recomendaciones de la misiva anterior:Mi querida mamá
Le escribo ésta para enviarle un beso afectuosísimo y pedirle que recuerde que es católica y que la protección de Dios nunca le faltará. Comulgué hoy aquí y recé mucho por usted y por todos los nuestros. Jesús me atenderá.
Mucho cuidado con su hígado. Dígale a Rosée, a quien envío un cariñoso beso, que no se olvide de mi petición; ella sabe de qué se trata.
Para usted, mi bien, todo mi corazón. Hasta pronto. Bendiga a su hijo.
Continuas oraciones de una madre extremosa
Quien lee, en otra carta de la misma época —esta vez escrita por Dña. Lucilia a Plinio—, la referencia a las innumerables oraciones rezadas por sus intenciones, para que Dios lo preservase de los peligros, bien puede notar la aflicción en la que ella se encontraba.São Paulo, 13-10-1930
¡Hijo querido!
Espero en Dios que estés con salud, y por Él te pido que, con el máximo cuidado y prudencia, evites toda y cualquier molestia o accidente.
Mi hígado está mejor de lo que esperaba, y en cuanto a mi salud no te preocupes, pues lo estoy llevando con regularidad.
Tu abuela está en franca convalecencia, felizmente. María Alice aún tose un poco, pero ya está mejor, y reza todos los días por ti. Yo lo hago todo el día… rosarios, coronillas, letanías, novenas, etc.; ya les he pedido oraciones a las monjas de la Luz, que mandaron unas cuatro o seis piedritas de la tumba de Fray Galvão, que desearía poder enviarte para que las lleves siempre encima para curarte o preservarte de molestias y peligros. Voy a pedir oraciones también a las monjas de Perdices, y encender todos los días una vela a San Expedito. Les he hecho promesas al Sagrado Corazón de Jesús, a María Auxiliadora, a Santa Teresa del Niño Jesús y a San Luis, tu protector. ¡Dios permita que la paz vuelva pronto! Nos quedaremos en la capital, pues creo que nada habrá por aquí. Tu padre, hermanos y de casa de tu tío, te mandan abrazos.
«Loca» de saudades, te abrazo, te beso mucho y mucho, y te colmo de bendiciones.
De tu madre muy extremosa. Lú
¿Una señal del Sagrado Corazón de Jesús?
A un corazón tan bondadoso, la Divina Providencia no lo dejaría sin consuelo alguno. Durante sus aflicciones, Dña. Lucilia fue objeto de una manifestación de la celestial bienquerencia del Sagrado Corazón de Jesús.
Plinio en la unidad «Línea de tiro 52», en 1929
Extraído, con pequeñas adaptaciones, de: Doña Lucilia. Città del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2013, pp. 302-308.