La figura de José en el caleidoscopio del Antiguo Testamento
A semejanza de María Santísima, el Santo Patriarca fue prefigurado varias veces en el Antiguo Testamento, al estar íntimamente ligado al misterio de la Encarnación. En efecto, a lo largo de los milenios que precedieron al nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, Dios Padre fue «modelando» e «idealizando» la imagen del varón y del padre perfecto, que más tarde florecería en la excelsa figura de San José. Leyendo la Sagrada Escritura, nos admiramos de la santidad del justo Abel, que ofreció a Dios las primicias de su rebaño e inauguró el culto divino (cf. Gén 4, 1-4); o de la fidelidad de Noé que, habiendo creído en la palabra divina, construyó un arca para salvar del castigo del diluvio a los animales de cada especie y a los elegidos (cf. Gén 6, 8-22). También Abrahán, ya anciano, recibió de Dios una promesa: el nacimiento de un hijo cuya descendencia sería más numerosa que la arena de la playa y las estrellas del Cielo (cf. Gén 15, 4-5). Porque creyó, engendró con Sara, hasta entonces estéril, a Isaac, a quien más tarde el Señor mismo exigiría que fuera ofrecido en sacrificio… ¡Oh, sublime prueba de fe y de fidelidad! Dispuesto a cumplir el mandato divino, Abrahán ¡inmoló primero su corazón de padre! Y de ese acto de amor supremo a Dios floreció el cumplimiento de la promesa que le había sido hecha (cf. Gén 22, 11-8). Jacob, hijo de Isaac, varón predilecto a quien Dios le reveló que bajaría a la tierra por una misteriosa escalinata que su descendencia conocería (cf. Gén 28, 10-14), engendró a varios hijos, entre los cuales se destacó José, que fue vendido a Egipto por sus hermanos y acabó convirtiéndose, tras muchas dificultades, en gobernador y dispensador de todos los bienes del faraón (cf. Gén 41, 37-45).Un poco más adelante, vemos la elección de Moisés para liberar al pueblo hebreo de la esclavitud egipcia y recibir de Dios, en el monte Sinaí, la alianza y las tablas de la ley. Las Escrituras le atribuyen este admirable elogio: «No surgió en Israel otro profeta como Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara» (Dt 34, 10). Consideremos asimismo a Elías, el varón ígneo que jamás pactó con los desvíos de su época (cf. 1 Re 18, 20-46), siendo el padre espiritual de los profetas y del linaje de almas fieles que perdurará hasta la consumación de los siglos. Todos estos varones-ley fueron creados para mantener viva a lo largo de los milenios la semilla de la integridad y de la santidad en el pueblo elegido —tan a menudo infiel a su misión—, que culminaría con la venida del Mesías. Para ello, habrían de prefigurar la persona y las virtudes del varón por excelencia que, íntimamente unido al misterio de la Encarnación, sería el padre humano del Salvador esperado.A lo largo de los milenios, Dios Padre fue «modelando» la imagen del varón y del padre perfecto, que más tarde florecería en la excelsa figura de San José
Elevado en previsión de la venidera Redención
Elegido por el Espíritu Santo como esposo de Nuestra Señora y padre de Jesucristo, el Glorioso Patriarca fue revestido de una incomparable plenitud de gracias y de dones que lo auxiliarían en el cumplimiento de su elevadísima misión. Bajo el velo de su humildad se escondían virtudes excelsas, concedidas en previsión de los méritos de la Redención, de los que María era la refulgente aurora. De hecho, por su proximidad a Ella, José fue el primero en beneficiarse de todas las maravillas y riquezas que emanaban de la Reina del universo. No es de extrañar, por tanto, que en él se encontraran de manera supereminente todas las virtudes que adornaron el alma de los santos del Antiguo Testamento, y que la contemplación de estas virtudes constituyera para el divino Infante, durante toda la vida oculta de la Sagrada Familia, un verdadero paraíso.Verificando en el padre las excelencias de la promesa
Aún en el claustro materno, el Verbo eterno contempló en el alma de su padre una generosidad superior a la de Abel, pues, si éste ofreció al Señor las primicias de su rebaño, San José, decidiendo huir porque se hallaba indigno del misterio que involucró a la Santísima Virgen, sacrificó a Dios el mayor de todos los dones: la convivencia con Ella. Al ver con cuánto amor y cariño cuidaba San José de su Esposa, el Redentor también se conmovió al considerar que a él, como nuevo Noé, Dios Padre le había confiado el Arca que había traído la salvación a la humanidad, aquella que era el imperecedero Arcoíris divino que une el Cielo a la tierra. La fe, que fue la corona de gloria de Abrahán en medio de las mayores perplejidades, resplandecía con un fulgor aún más grande en el alma del Santo Patriarca en cada una de las pruebas y dificultades enfrentadas en el transcurso de la vida de Jesús. Al verlo sentir hambre y sed, sufrir las inclemencias del tiempo o incluso verse obligado a huir de Herodes, entre muchas otras contingencias, creía firmemente en su divinidad, llenando de encanto el alma de su querido Hijo. «Es más: sabe que la vida de Nuestra Señora y, mucho más aún, la vida de nuestro Señor Jesucristo, están dedicadas a salvar a los hombres y se asocia él a esta finalidad redentora. No es posible que, al estar tan cerca de Jesús y de María, no conociera los designios de Dios acerca de la Pasión. Al contemplar este misterio con profunda interioridad y espíritu profético, antes incluso de que el Señor revelase públicamente que era el Redentor, San José ya lo había discernido. Y como padre suyo en la tierra, acepta la determinación del Padre celestial en silencio y con auténtica resignación, dispuesto, como Abrahán, a ver a su Hijo sacrificado en el altar de la Cruz».1
¿Cuál no sería el deleite del Señor, a la edad de 12 años, cuando vio la fuerza de alma «eliática» de San José manifestándose, por ejemplo, en el episodio de la pérdida y el hallazgo en el Templo? En este hecho el pequeño Jesús vislumbró dos extremos de heroísmo en su padre: por una parte, el celo que demostró en la defensa del Niño Dios contra los doctores de la ley; por otra, su confianza inefable al aceptar con toda fidelidad una «censura» de su propio Hijo divino, incluso sin comprenderlo enteramente: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2, 49).Era el padre perfecto: de santidad inmaculada, lleno de cariño, deseoso de educar, solícito en proteger y amparar en todas las necesidades
Para tal Hijo, ¡un padre perfecto!
Sin duda, en todos estos hechos de la vida de la Sagrada Familia, así como en aquellos que sólo sabremos en el Cielo, Dios Niño iba manifestando cada vez más amor por su padre virginal, alter ego de su Padre divino, con afecto y admiración nunca conocidos a lo largo de la historia. Era el padre perfecto: de santidad inmaculada, lleno de cariño, deseoso de educar, solícito en proteger y amparar, fuerte y valiente, soporte en todas las necesidades y peligros. Sepamos también nosotros seguir las huellas del Jesús Niño: admiremos, amemos y confiemos sin reservas en la protección y en el amparo de San José, el padre perfecto y el amigo siempre fiel que nos conducirá, en medio de las batallas de la vida, al Reino de María, al Reino de los Cielos. ◊Notas
1 CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. San José: ¿Quién lo conoce?… Madrid: Asoc. Sálvame Reina de Fátima, 2017, p. 203.
2 Cf. THOMPSON, Edward Healy. Vida e glórias de São José. Dois Irmãos: Minha Biblioteca Católica, 2021, p. 20.
3 Ídem, p. 21.
4 Ídem, ibídem.
5 CLÁ DIAS, op. cit., p. 348.