edro, el primer pontífice, al recibir del Maestro las llaves del Reino de los Cielos, recibía antes su Corazón divino. Al poseer el Corazón de Cristo, capaz de amar a toda la humanidad, Pedro puede ser Cristo en la tierra. […]
He aquí el augusto misterio que hace del romano pontífice el Padre universal de los pueblos, el próvido distribuidor del pan de la verdad, el guía seguro en los tortuosos caminos de la paz y de la justicia.
Desde hace veinte siglos, la humanidad lo reconoce como tal. A pesar de las luchas, las persecuciones, las aberraciones de todos los tiempos, individuos y pueblos, grandes y pequeños, en momentos de dolor y de desgracia, se dirigen a Roma, recurriendo a aquel que, sin distinción de casta o raza a todos escucha, a todos acoge, a todos consuela y bendice.
La fuerza moral del pontífice es la misma de siempre, de hoy, de ayer, de todos los períodos de su historia. Es el punto de atracción de todas las inteligencias y de todos los corazones. Su majestad, sublime y excelsa entre todas, supera lo humano, alcanza lo divino.
Rey de un estado pequeñito, se sienta en un trono que es la garantía de todos los tronos, porque es el gran infalible de la moral que defiende el orden más que el aparato de la fuerza y la bravura de los ejércitos.
Quien quisiera conocer, en su realidad, el poder moral del pontífice no tendría más que colocarse, un día solamente, en los primeros peldaños de la escalera que conduce al Vaticano. – ¿Quién pasa? Interrogaría, maravillado, a cada instante. – Un adinerado caballero, hijo de ultramar. Ha viajado por todo el mundo; ha visitado todas las maravillas de la tierra.
Ha reservado para el final la mayor de todas: antes de regresar a las islas de su Bretaña o a las capitales de su América, quiere ver al Papa de Roma. – ¿Quién pasa? – Una hermana de la caridad, con su cándido velo ondeando al viento.
Ha dejado un orfanato, un asilo, una escuela en el interior más desolado de la India: viene a besar los pies del Santo Padre, para volver, feliz, entre sus huérfanos y consagrarles toda su vida. – ¿Quién pasa? – Un venerable prelado, de blanco cabello, cargado de años, consumido por la fatiga. Viene de Canadá, de las Montañas Rocosas o de las inmensas pampas de la América Meridional.
Viene a ver al Santo Padre, a implorar su bendición. – ¿Quién pasa? – El embajador del soberano más poderoso del mundo. Es protestante, pero no se retrae en rendir homenaje al septuagenario, que no es rey más que de un minúsculo estado, pero que es el Padre universal de todos los pueblos.
– ¿Quién pasa? – Un misionero de Japón, un religioso de España, un misionero de África. Vienen a contarle al vicario de Cristo el éxito de sus esfuerzos, fruto de su labor apostólica. —¿Quién pasa, con toda esa pompa, con todo ese cortejo? —Un príncipe cristiano, augusto descendiente de los antiguos guerreros que repelieron a los bárbaros, que libraron las cruzadas.
Conservando en sus venas la sangre y en su corazón los sentimientos de sus abuelos, no tiene reparo en venir a depositar a los pies del Dulce Cristo en la tierra el tributo de su afecto, el homenaje de sus súbditos. —¿Quién pasa? —Un peregrino de Polonia, un monje de Armenia o de Siria, un hombre de letras, una humilde hija del pueblo, un librepensador, un capitán del ejército.
Todos suben ansiosos esas escaleras. Recorren impacientes las salas del Vaticano para ver al anciano vestido de blanco, besarle las manos y los pies, oír su voz, recibir su bendición. Y luego, bajan radiantes de alegría, regresan dichosos a sus tierras, a sus hogares, a sus quehaceres, y nunca olvidarán ese día tan afortunado.
Esta es la historia de cada día, de cada semana, de cada mes, de cada año. Esta es la historia de cada siglo. Tal es la fuerza misteriosa, centro de la Roma nueva, que, partiendo del Vaticano, se irradia al mundo, toca corazones, lo penetra todo, lo mueve todo.
Y cuando un alma afligida o devota no tiene la ventura de acercarse al Santo Padre para hacer un lamento o protestar su amor, ahí está, incluso de lejos, lanzando una mirada y un grito hacia el lado donde se alza, cual faro de justicia, la cúpula de San Pedro.
Felipe Augusto, rey de Francia, tratando de repudiar a su legítima esposa, Ingeburge, princesa de Dinamarca, se une a Inés de Merania. La desdichada reina, sola, en el exilio, lejos de los suyos, repudiada y despreciada por su infiel esposo, prorrumpe en un grito de angustia, pero también de una sublimidad sin igual: —¡Roma! ¡Roma! ¡Oh, qué hermoso es ese grito del alma oprimida, de la inocencia, de la víctima, invocando de Roma la justicia. […]
He ahí la fuerza moral del pontífice. La misma de ayer, la misma de hoy; la misma en el pasado, la misma en el futuro, la única capaz de salvar al mundo.