La doctrina sobre María Corredentora consta de modo expreso y formal en el magisterio de la Iglesia, a través de los Romanos Pontífices y del Concilio Vaticano II. A esta conclusión llega, tras un exhaustivo análisis, uno de los teólogos más destacados del siglo XX.

 
Vamos a examinar en este capítulo una de las cuestiones más importantes de la teología mariana y una de las más profundamente investigadas en estos últimos tiempos: la cooperación de María a la obra de nuestra Redención realizada por Cristo en el Calvario, por cuya cooperación conquistó María el título gloriosísimo de Corredentora de la humanidad. Creemos que María fue real y verdaderamente Corredentora de la humanidad por dos razones fundamentales: a) Por ser la Madre de Cristo Redentor, lo que lleva consigo —como ya vimos— la maternidad espiritual sobre todos los redimidos. b) Por su compasión dolorosísima al pie de la cruz, íntimamente asociada, por libre disposición de Dios, al tremendo sacrificio de Cristo Redentor. Los dos aspectos son necesarios y esenciales; pero el que constituye la base y fundamento de la Corredención mariana es —nos parece— su maternidad divina sobre Cristo Redentor y su maternidad espiritual sobre nosotros. Por eso hemos querido titular este capítulo, con plena y deliberada intención, la Madre Corredentora, en vez de la Corredención mariana, como titulan otros. Estamos plenamente de acuerdo con estas palabras del eminente mariólogo P. Llamera: «La Corredención es una función maternal, es decir, una actuación que le corresponde y ejerce María por su condición de madre. Es corredentora por ser madre. Es madre corredentora».1 […] No ha habido hasta ahora ninguna definición dogmática de la Corredención por parte del magisterio extraordinario de la Iglesia, pero sí múltiples declaraciones expresas del magisterio ordinario, tanto por parte de los Sumos Pontífices como de los obispos y de la liturgia oficial de la Iglesia. Aquí nos vamos a limitar al testimonio de los últimos Pontífices por su especial interés y actualidad.

Unida a Cristo en el triunfo sobre la serpiente

Pío IX: «Por lo cual, al glosar —los Padres y escritores de la Iglesia— las palabras con las que Dios, vaticinando en los principios del mundo los remedios de su piedad dispuestos para la reparación de los mortales, aplastó la osadía de la engañosa serpiente y levantó maravillosamente la esperanza de nuestro linaje, diciendo: “Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya” (Gén 3, 15), enseñaron que, con este divino oráculo, fue de antemano designado clara y patentemente el misericordioso Redentor del humano linaje, es decir, el unigénito Hijo de Dios, Jesús, y designada su Santísima Madre, la Virgen María, y al mismo tiempo brillantemente puestas de relieve las mismísimas enemistades de entrambos contra el diablo. Por lo cual, así como Cristo, mediador de Dios y de los hombres, asumida la naturaleza humana, borrando la escritura del decreto que nos era contrario, lo clavó triunfante en la cruz, así la Santísima Virgen, unida a Él con apretadísimo e indisoluble vínculo, ejercitando con Él y por Él sus sempiternas enemistades contra la venenosa serpiente y triunfando de la misma plenísimamente, aplastó su cabeza con el pie inmaculado».2 Apenas es posible expresar con mayor precisión y claridad la doctrina de la Corredención mariana en Jesucristo con Él y por Él. «Triunfar con Cristo —advierte con razón Roschini— quebrantando la cabeza de la serpiente no es otra cosa que ser Corredentora con Cristo».3

Asociada a la obra de la salvación del género humano

León XIII: «La Virgen, exenta de la mancha original, escogida para ser Madre de Dios y asociada por lo mismo a la obra de la salvación del género humano, goza cerca de su Hijo de un favor y de un poder tan grande que nunca han podido ni podrán obtenerlo igual ni los hombres ni los ángeles».4 «De pie, junto a la cruz de Jesús, estaba María, su Madre, penetrada hacia nosotros de un amor inmenso, que la hacía ser Madre de todos nosotros, ofreciendo Ella misma a su propio Hijo a la justicia de Dios y agonizando con su muerte en su alma, atravesada por una espada de dolor».5 «Tan pronto como, por secreto plan de la Divina Providencia, fuimos elevados a la suprema Cátedra de Pedro (…), espontáneamente se nos fue el pensamiento a la gran Madre de Dios y su asociada a la reparación del género humano».6 «Recordamos otros méritos singulares por los que tomó parte en la Redención humana con su Hijo Jesús».7 «La que había sido cooperadora en el sacramento de la Redención del hombre, sería también cooperadora en la dispensación de las gracias derivadas de él».8 Nótese en el último texto citado la distinción entre la redención en sí y su aplicación actual. Según esto, María no sólo es Corredentora, sino también Dispensadora de todas las gracias derivadas de Cristo, como veremos en el capítulo siguiente.
Encuentro de la Virgen con Jesús camino del Calvario - Iglesia de Nuestra Señora del Buen Socorro, Montreal (Canadá)

Redentora con Cristo y dispensadora de sus tesoros

San Pío X: «La consecuencia de esta comunidad de sentimientos y sufrimientos entre María y Jesús es que María mereció ser reparadora dignísima del orbe perdido y, por tanto, la dispensadora de todos los tesoros que Jesús nos conquistó con su muerte y con su sangre».9 Benedicto XV: «Los doctores de la Iglesia enseñan comúnmente que la Santísima Virgen María, que parecía ausente de la vida pública de Jesucristo, estuvo presente, sin embargo, a su lado cuando fue a la muerte y fue clavado en la cruz, y estuvo allí por divina disposición. En efecto, en comunión con su Hijo doliente y agonizante, soportó el dolor y casi la muerte; abdicó los derechos de madre sobre su Hijo para conseguir la salvación de los hombres; y, para apaciguar la justicia divina, en cuanto dependía de Ella, inmoló a su Hijo, de suerte que se puede afirmar, con razón, que redimió al linaje humano con Cristo. Y, por esta razón, toda suerte de gracias que sacamos del tesoro de la Redención nos vienen, por decirlo así, de las manos de la Virgen dolorosa».10 En este magnífico texto, el Papa afirma, como puede ver el lector, los dos grandes aspectos de la mediación universal de María: la adquisitiva (Corredención) y la distributiva (distribución universal de todas las gracias).

El papel de la Virgen dolorosa junto a su divino Hijo

Pío XI: «La Virgen dolorosa participó con Jesucristo en la obra de la Redención, y, constituida Madre de los hombres, que le fueron encomendados por el testamento de la divina caridad, los abrazó como a hijos y los defiende con todo su amor».11
La Virgen María al pie de la cruz - Universidad de Nuestra Señora del Lago, San Antonio (EE. UU.)
«La benignísima Virgen Madre de Dios (…), habiéndonos dado y criado a Jesús Redentor y ofreciéndole junto a la cruz como Hostia, fue también y es piadosamente llamada Reparadora por la misteriosa unión con Cristo y por su gracia absolutamente singular».12 En la clausura del Jubileo de la Redención, Pío XI recitó esta conmovedora oración: «¡Oh Madre de piedad y de misericordia, que acompañabais a vuestro dulce Hijo, mientras llevaba a cabo en el altar de la cruz la Redención del género humano, como Corredentora nuestra asociada a sus dolores…!, conservad en nosotros y aumentad cada día, os lo pedimos, los preciosos frutos de la Redención y de vuestra compasión».13 Pío XII: «Habiendo Dios querido que, en la realización de la Redención humana, la Santísima Virgen María estuviese inseparablemente unida con Cristo, tanto que nuestra salvación es fruto de la caridad de Jesucristo y de sus padecimientos asociados íntimamente al amor y a los dolores de su Madre, es cosa enteramente razonable que el pueblo cristiano, que ha recibido de Jesús la vida divina por medio de María, después de los debidos homenajes al Sacratísimo Corazón de Jesús, demuestre también al Corazón amantísimo de la Madre celestial los correspondientes sentimientos de piedad, amor, acción de gracias y reparación».14 Como puede ver el lector, es imposible hablar más claro y de manera más terminante.  

El magisterio de los Papas preconciliares

Pío IX
     

Pío IX – Así como Cristo borró el decreto que nos era contrario y lo clavó en la cruz, así la Santísima Virgen triunfó de la venenosa serpiente, cuya cabeza aplastó con su pie inmaculado.

León XIII
     

León XIII – Tan pronto como fuimos elevados a la suprema Cátedra de Pedro espontáneamente se nos fue el pensamiento a la gran Madre de Dios y su asociada a la reparación del género humano.

 
Pío X
   

Pío X – La consecuencia de esta comunidad de sentimientos y sufrimientos entre María y Jesús es que María mereció ser reparadora dignísima del orbe perdido y, por tanto, la dispensadora de todos los tesoros que Jesús nos conquistó.

 
Benedicto XV
     

Benedicto XV – En comunión con su Hijo doliente y agonizante, soportó el dolor y casi la muerte; de suerte que se puede afirmar, con razón, que redimió al linaje humano con Cristo.

 
Pío XI
     

Pío XI – La benignísima Virgen Madre de Dios, habiéndonos dado a Jesús Redentor y ofreciéndole junto a la cruz como Hostia, fue también y es piadosamente llamada Reparadora por la misteriosa unión con Cristo.

 
Pío XII
     

Pío XII – En la realización de la Redención humana, quiso Dios que María estuviese inseparablemente unida con Cristo. Nuestra salvación es fruto de la caridad de Jesucristo y de sus padecimientos asociados íntimamente al amor y a los dolores de su Madre.

 

Causa de salvación para sí misma y para todo el género humano

Concilio Vaticano II: Aunque por su constante preocupación ecuménica el Concilio Vaticano II evitó la palabra Corredentora —que podía herir los oídos de los hermanos separados— expuso de manera clara e inequívoca la doctrina de la Corredención tal como la entiende la Iglesia Católica. He aquí algunos textos de la constitución dogmática Lumen gentium especialmente significativos: […] «María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino se convirtió en Madre de Jesús, y, al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente, como esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con Él y bajo Él, con la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, “obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano».15 […] «Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el Templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra Madre en el orden de la gracia».16 Como puede ver el lector, el Concilio expone con toda claridad la doctrina de la Corredención de María. […] La doctrina de María Corredentora consta, pues, de manera expresa y formal por el magisterio de la Iglesia a través de los Romanos Pontífices y del Concilio Vaticano II. 
Extraído de: La Virgen María. Teología y espiritualidad marianas. 2.ª ed. Madrid: BAC, 1997, pp. 140-149.
 

¿Qué dice el magisterio postconciliar?

 

El Concilio Vaticano II expuso con toda claridad la doctrina de la Corredención de María. Y lo mismo hicieron los principales Papas que lo siguieron.

 
Pablo VI: “La instauración postconciliar […] ha considerado como adecuada perspectiva a la Virgen en el misterio de Cristo y, en armonía con la tradición, le ha reconocido el puesto singular que le corresponde dentro del culto cristiano, como Madre Santa de Dios, íntimamente asociada al Redentor».17 «Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la Redención alcanza su culminación en el Calvario, […] donde María estuvo junto a la cruz (cf. Jn 19, 15) “sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con ánimo materno a su sacrificio, adhiriéndose con ánimo materno a su sacrificio, adhiriéndose amorosamente a la inmolación de la víctima por Ella engendrada”, y ofreciéndola Ella misma al Padre eterno».18 «Después de haber participado en el sacrificio redentor del Hijo, y ello en modo tan íntimo que mereció ser proclamada por la Madre no sólo del discípulo Juan, sino —permítasenos afirmarlo— del género humano representado de alguna manera por él. Ahora, desde el Cielo, continúa cumpliendo su maternal función de cooperadora en el nacimiento y en el desarrollo de la vida divina en cada una de las almas de los hombres redimidos».19
Misa Papal en el Altar de la Cátedra, en la Basílica del San Pedro, antes de una de las sesiones del Concilio Vaticano II
Juan Pablo II: «María, aunque concebida y nacida sin mancha de pecado, participó de manera admirable en los sufrimientos de su Hijo, con el fin de ser Corredentora de la humanidad».20 «A lo largo de los siglos la Iglesia ha reflexionado en la cooperación de María en la obra de la salvación, profundizando el análisis de su asociación al sacrificio redentor de Cristo. Ya San Agustín atribuye a la Virgen la calificación de “colaboradora” en la Redención. […] El término “cooperadora” aplicado a María cobra, sin embargo, un significado específico. La cooperación de los cristianos en la salvación se realiza después del acontecimiento del Calvario, cuyos frutos se comprometen a difundir mediante la oración y el sacrificio. Por el contrario, la participación de María se realizó durante el acontecimiento mismo y en calidad de madre; por tanto, se extiende a la totalidad de la obra salvífica de Cristo. Solamente Ella fue asociada de ese modo al sacrificio redentor, que mereció la salvación de todos los hombres. En unión con Cristo y subordinada a Él, cooperó para obtener la gracia de la salvación a toda la humanidad».21 «María ha llegado a ser no sólo la “madre-nodriza” del Hijo del hombre, sino también la “compañera singularmente generosa” del Mesías y Redentor. Ella avanzaba en la peregrinación de la fe y en esta peregrinación suya hasta los pies de la cruz se ha realizado, al mismo tiempo, su cooperación materna en toda la misión del Salvador mediante sus acciones y sufrimientos. […] La cooperación de María participa, por su carácter subordinado, de la universalidad de la mediación del Redentor, único mediador».22 Benedicto XVI: «“Llena de gracia” eres tú, María, colmada del amor divino desde el primer instante de tu existencia, providencialmente predestinada a ser la Madre del Redentor e íntimamente asociada a Él en el misterio de la salvación. […] “Llena de gracia” eres tú, María, que al acoger con tu “sí” los proyectos del Creador, nos abriste el camino de la salvación».23 «En este itinerario nos acompaña la Virgen Santísima, que siguió en silencio a su Hijo Jesús hasta el Calvario, participando con gran pena en su sacrificio, cooperando así al misterio de la Redención y convirtiéndose en Madre de todos los creyentes (cf. Jn 19, 25-27)».24 
Pablo VI
     

Pablo VI – La instauración postconciliar ha considerado como adecuada perspectiva a la Virgen en el misterio de Cristo; le ha reconocido el puesto singular que le corresponde dentro del culto cristiano, como alma asociada al Redentor.

Juan Pablo II
     

Juan Pablo II – María, aunque concebida y nacida sin mancha de pecado, participó de manera admirable en los sufrimientos de su Hijo, con el fin de ser Corredentora de la humanidad.

 
Benedicto XVI
     

Benedicto XVI – En este itinerario nos acompaña la Virgen Santísima, que siguió en silencio a su Hijo Jesús hasta el Calvario, participando con gran pena en su sacrificio, cooperando así al misterio de la Redención.

 
   
Notas

1 LLAMERA, OP, Marceliano. María, Madre corredentora o la maternidad divino-espiritual de María y la Corredención. In: Estudios Marianos. Madrid. N.º 7 (1948); p. 146.
2 PÍO IX. Ineffabilis Deus.
3 ROSCHINI, OSM, Gabriel María. La Madre de Dios según la fe y la Teología. Madrid: Apostolado de la Prensa, 1955, v. I, p. 477.
4 LEÓN XIII. Supremi apostolatus officio, n.º 3.
5 LEÓN XIII. Iucunda semper, n.º 6.
6 LEÓN XIII. Ubi primum.
7 LEÓN XIII. Parta humano generi.
8 LEÓN XIII. Adiutricem populi, n.º 4.
9 SAN PÍO X. Ad diem illum.
10 BENEDICTO XV. Inter sodalicia: AAS 10 (1918), 182.
11 PÍO XI. Explorata res est: AAS 15 (1923), 104-105.
12 PÍO XI. Miserentissimus Redemptor, n.º 15.
13 PÍO XI. Radiomensaje, 28/4/1935.
14 PÍO XII. Haurietis aquas, n.º 74.
15 CONCILIO VATICANO II. Lumen gentium, n.º 56.
16 Ídem, n.º 61.
17 SAN PABLO VI. Marialis cultus, n.º 15.
18 SAN PABLO VI. Marialis cultus, n.º 20.
19 SAN PABLO VI. Signum magnum, n.º 1.
20 SAN JUAN PABLO II. Audiencia, 8/9/1982.
21 SAN JUAN PABLO II. Audiencia general, 9/4/1997.
22 SAN JUAN PABLO II. Redemptoris Mater, n.os 39-40.
23 BENEDICTO XVI. Discurso en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, 8/12/2006.
24 BENEDICTO XVI. Audiencia general, 8/4/2009.