La doctrina sobre María Corredentora consta de modo expreso y formal en el magisterio de la Iglesia, a través de los Romanos Pontífices y del Concilio Vaticano II. A esta conclusión llega, tras un exhaustivo análisis, uno de los teólogos más destacados del siglo XX.
Unida a Cristo en el triunfo sobre la serpiente
Pío IX: «Por lo cual, al glosar —los Padres y escritores de la Iglesia— las palabras con las que Dios, vaticinando en los principios del mundo los remedios de su piedad dispuestos para la reparación de los mortales, aplastó la osadía de la engañosa serpiente y levantó maravillosamente la esperanza de nuestro linaje, diciendo: “Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya” (Gén 3, 15), enseñaron que, con este divino oráculo, fue de antemano designado clara y patentemente el misericordioso Redentor del humano linaje, es decir, el unigénito Hijo de Dios, Jesús, y designada su Santísima Madre, la Virgen María, y al mismo tiempo brillantemente puestas de relieve las mismísimas enemistades de entrambos contra el diablo. Por lo cual, así como Cristo, mediador de Dios y de los hombres, asumida la naturaleza humana, borrando la escritura del decreto que nos era contrario, lo clavó triunfante en la cruz, así la Santísima Virgen, unida a Él con apretadísimo e indisoluble vínculo, ejercitando con Él y por Él sus sempiternas enemistades contra la venenosa serpiente y triunfando de la misma plenísimamente, aplastó su cabeza con el pie inmaculado».2 Apenas es posible expresar con mayor precisión y claridad la doctrina de la Corredención mariana en Jesucristo con Él y por Él. «Triunfar con Cristo —advierte con razón Roschini— quebrantando la cabeza de la serpiente no es otra cosa que ser Corredentora con Cristo».3Asociada a la obra de la salvación del género humano
León XIII: «La Virgen, exenta de la mancha original, escogida para ser Madre de Dios y asociada por lo mismo a la obra de la salvación del género humano, goza cerca de su Hijo de un favor y de un poder tan grande que nunca han podido ni podrán obtenerlo igual ni los hombres ni los ángeles».4 «De pie, junto a la cruz de Jesús, estaba María, su Madre, penetrada hacia nosotros de un amor inmenso, que la hacía ser Madre de todos nosotros, ofreciendo Ella misma a su propio Hijo a la justicia de Dios y agonizando con su muerte en su alma, atravesada por una espada de dolor».5 «Tan pronto como, por secreto plan de la Divina Providencia, fuimos elevados a la suprema Cátedra de Pedro (…), espontáneamente se nos fue el pensamiento a la gran Madre de Dios y su asociada a la reparación del género humano».6 «Recordamos otros méritos singulares por los que tomó parte en la Redención humana con su Hijo Jesús».7 «La que había sido cooperadora en el sacramento de la Redención del hombre, sería también cooperadora en la dispensación de las gracias derivadas de él».8 Nótese en el último texto citado la distinción entre la redención en sí y su aplicación actual. Según esto, María no sólo es Corredentora, sino también Dispensadora de todas las gracias derivadas de Cristo, como veremos en el capítulo siguiente.
Redentora con Cristo y dispensadora de sus tesoros
San Pío X: «La consecuencia de esta comunidad de sentimientos y sufrimientos entre María y Jesús es que María mereció ser reparadora dignísima del orbe perdido y, por tanto, la dispensadora de todos los tesoros que Jesús nos conquistó con su muerte y con su sangre».9 Benedicto XV: «Los doctores de la Iglesia enseñan comúnmente que la Santísima Virgen María, que parecía ausente de la vida pública de Jesucristo, estuvo presente, sin embargo, a su lado cuando fue a la muerte y fue clavado en la cruz, y estuvo allí por divina disposición. En efecto, en comunión con su Hijo doliente y agonizante, soportó el dolor y casi la muerte; abdicó los derechos de madre sobre su Hijo para conseguir la salvación de los hombres; y, para apaciguar la justicia divina, en cuanto dependía de Ella, inmoló a su Hijo, de suerte que se puede afirmar, con razón, que redimió al linaje humano con Cristo. Y, por esta razón, toda suerte de gracias que sacamos del tesoro de la Redención nos vienen, por decirlo así, de las manos de la Virgen dolorosa».10 En este magnífico texto, el Papa afirma, como puede ver el lector, los dos grandes aspectos de la mediación universal de María: la adquisitiva (Corredención) y la distributiva (distribución universal de todas las gracias).El papel de la Virgen dolorosa junto a su divino Hijo
Pío XI: «La Virgen dolorosa participó con Jesucristo en la obra de la Redención, y, constituida Madre de los hombres, que le fueron encomendados por el testamento de la divina caridad, los abrazó como a hijos y los defiende con todo su amor».11
El magisterio de los Papas preconciliares
Pío IX – Así como Cristo borró el decreto que nos era contrario y lo clavó en la cruz, así la Santísima Virgen triunfó de la venenosa serpiente, cuya cabeza aplastó con su pie inmaculado.
León XIII – Tan pronto como fuimos elevados a la suprema Cátedra de Pedro espontáneamente se nos fue el pensamiento a la gran Madre de Dios y su asociada a la reparación del género humano.
Pío X – La consecuencia de esta comunidad de sentimientos y sufrimientos entre María y Jesús es que María mereció ser reparadora dignísima del orbe perdido y, por tanto, la dispensadora de todos los tesoros que Jesús nos conquistó.
Benedicto XV – En comunión con su Hijo doliente y agonizante, soportó el dolor y casi la muerte; de suerte que se puede afirmar, con razón, que redimió al linaje humano con Cristo.
Pío XI – La benignísima Virgen Madre de Dios, habiéndonos dado a Jesús Redentor y ofreciéndole junto a la cruz como Hostia, fue también y es piadosamente llamada Reparadora por la misteriosa unión con Cristo.
Pío XII – En la realización de la Redención humana, quiso Dios que María estuviese inseparablemente unida con Cristo. Nuestra salvación es fruto de la caridad de Jesucristo y de sus padecimientos asociados íntimamente al amor y a los dolores de su Madre.
Causa de salvación para sí misma y para todo el género humano
Concilio Vaticano II: Aunque por su constante preocupación ecuménica el Concilio Vaticano II evitó la palabra Corredentora —que podía herir los oídos de los hermanos separados— expuso de manera clara e inequívoca la doctrina de la Corredención tal como la entiende la Iglesia Católica. He aquí algunos textos de la constitución dogmática Lumen gentium especialmente significativos: […] «María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino se convirtió en Madre de Jesús, y, al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente, como esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con Él y bajo Él, con la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, “obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano”».15 […] «Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el Templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra Madre en el orden de la gracia».16 Como puede ver el lector, el Concilio expone con toda claridad la doctrina de la Corredención de María. […] La doctrina de María Corredentora consta, pues, de manera expresa y formal por el magisterio de la Iglesia a través de los Romanos Pontífices y del Concilio Vaticano II. ◊Extraído de: La Virgen María. Teología y espiritualidad marianas. 2.ª ed. Madrid: BAC, 1997, pp. 140-149.
¿Qué dice el magisterio postconciliar?
El Concilio Vaticano II expuso con toda claridad la doctrina de la Corredención de María. Y lo mismo hicieron los principales Papas que lo siguieron.
Pablo VI – La instauración postconciliar ha considerado como adecuada perspectiva a la Virgen en el misterio de Cristo; le ha reconocido el puesto singular que le corresponde dentro del culto cristiano, como alma asociada al Redentor.
Juan Pablo II – María, aunque concebida y nacida sin mancha de pecado, participó de manera admirable en los sufrimientos de su Hijo, con el fin de ser Corredentora de la humanidad.
Benedicto XVI – En este itinerario nos acompaña la Virgen Santísima, que siguió en silencio a su Hijo Jesús hasta el Calvario, participando con gran pena en su sacrificio, cooperando así al misterio de la Redención.