Unión sagrada desde el principio
«No es bueno que el hombre esté solo», dijo Dios al contemplar a su obra maestra, Adán; «voy a hacerle a alguien como él, que le ayude» (Gén 2, 18). Así comenzó la historia de las relaciones humanas, marcada ya desde el primer momento por el afecto divino y por una gran elevación, manifestada en cada detalle. Uno de esos pormenores reside en la palabra hebrea ezer, utilizada para indicar una «ayuda idónea» —«alguien como él, que le ayude». Este matiz se ha perdido en las diversas traducciones de la Sagrada Escritura: de las cien veces que el término ayuda aparece en el Antiguo Testamento, ezer sólo se usa en referencia a Dios como ayudante del hombre, dieciséis veces, y a Eva. Esto sugiere que ella no estaba en relación con Adán como sirvienta, ni con el papel exclusivo de la maternidad, sino como ayudante a la manera de Dios. La mujer, por tanto, constituye un complemento espiritual para el hombre.El Génesis narra a continuación que, después de crear a Eva y presentársela a Adán, el Señor los bendijo diciendo: «Abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Gén 2, 24). Y esta bendición hizo posible y digno el cumplimiento del mandato: «Multiplicaos, llenad la tierra» (Gén 1, 28). En consecuencia, la unión conyugal está destinada a producir dos frutos: uno natural, que es la perpetuación de la especie humana; otro espiritual, que es la ayuda mutua y la santificación de los esposos, cuya relación debe participar del más alto grado de amistad.1 Este vínculo posee verdaderamente un carácter sagrado, no adquirido, sino intrínseco, no inventado por los hombres, sino impreso en su naturaleza misma, porque tiene a Dios como autor y porque es figura de la encarnación del Verbo.2El matrimonio posee un carácter sagrado: tiene a Dios por autor y es figura de la encarnación del Verbo y de su misión mística con la Iglesia
Elevación al plano sobrenatural
El divino Maestro no escatimó esfuerzos para ensalzar la santidad del matrimonio. Los evangelios nos cuentan que, al comienzo de su vida pública, se dignó asistir a una boda en Caná de Galilea (cf. Jn 2, 1-11). «Él, que había nacido de una virgen y exaltado la virginidad con su ejemplo y sus palabras, […] honra el casamiento con su presencia y lo recompensa con un gran don [su primer milagro], para que nadie lo considerara como una mera satisfacción de las pasiones, y lo declarara ilícito».3 En sus predicaciones por toda Judea, y en oposición a las deformaciones introducidas por la praxis entre el pueblo elegido, el Redentor completó su obra elevando la unión conyugal a la condición de sacramento y restituyéndole su primitiva pureza e indisolubilidad: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mt 19, 6). El matrimonio, elevado al plano sobrenatural, quedaba entonces vinculado para siempre a la gracia de Dios. Ya nadie tendría que verlo solamente como un estado que imponía deberes difíciles, sino como una verdadera fuente de beneficios, ayudas y bendiciones. Pero esa unión tiene un aspecto aún más sublime.«Es éste un gran misterio»
Afirma Santo Tomás de Aquino4 que hay cuatro sacramentos llamados grandes: el bautismo, por razón del efecto, que consiste en borrar el pecado original y abrir las puertas del Cielo; la confirmación, por razón del ministro, pues sólo los obispos lo confieren; la eucaristía, porque contiene al propio Cristo; y el matrimonio, por razón de su significado, ya que representa la unión de Cristo con la Iglesia. ¡Con qué excelente condición simbólica ha adornado Dios el vínculo matrimonial! En efecto, la Tradición enseña que, al igual que sucedió con Adán y Eva en el paraíso, del costado de Cristo dormido en la cruz el Padre le formó una esposa: la Iglesia.5 Y el Cordero divino, al despertar del sueño de la muerte, la contempló —carne de su carne y hueso de sus huesos (cf. Gén 2, 23)— con infinito amor y se unió a ella en místico desposorio. De estas sagradas nupcias serán engendrados todos los hijos de Dios hasta la consumación de los siglos. «Todo matrimonio —comenta Mons. João Scognamiglio Clá Dias— repite, en menor escala, ese supremo connubio».6 Puesto que la virtud propia del sacramento es la de obrar lo que simboliza, marido y mujer participan realmente de la unión entre Cristo y su Iglesia.7 Defensor de este gran misterio (cf. Ef 5, 32), San Pablo establece en su epístola a los efesios una estrecha analogía entre el desposorio del Salvador y el de los hombres, presentando, con palabras llenas de unción, al primero como modelo del segundo: «Las mujeres sean sumisas a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia; Él, que es el salvador del cuerpo. Como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia: Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada» (5, 22-27). Difícilmente podría Dios haber colmado este sacramento de más dignidad, santidad y gracia, en una conmovedora demostración de su inmenso amor a los hombres.La familia, célula originaria de la vida social
Por sus frutos conocemos al árbol, nos enseñó la Sabiduría eterna (cf. Mt 7, 16-20). Pues bien, siendo el matrimonio un árbol tan excelente, no podíamos esperar de él frutos menos importantes. La familia es la cellula mater de la sociedad. Descansando en el triple bien de la fidelidad, la indisolubilidad y la prole,8 esta institución, tan fuerte y orgánica en su simplicidad, tiene una influencia crucial en los fenómenos sociales, y sólo a través de ella puede establecerse el Reino de Cristo en la tierra. Por eso, el oficio de engendrar y educar nuevos seres humanos, fin principal del casamiento, es de singular nobleza y responsabilidad. La relación familiar, como explica el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira,9 es una especie de analogado primario de todas las demás relaciones que el hombre establecerá a lo largo de su existencia. Naturalmente, los auténticos vínculos afectivos de un individuo, como los que se establecen con un amigo o un maestro, tienden a convertirse en fraternales y filiales; y las relaciones que no tienen, al menos en parte, un carácter parental son superfluas, inestables o incluso falsas. Además, un niño que crece en un entorno familiar sano comprende fácilmente, por ejemplo, qué es la lealtad o el amor desinteresado, y se vuelve apto para poseer tales disposiciones hacia los demás. Por otra parte, los padres son la primera imagen de Dios para los hijos. A través de la relación afectuosa y delicada con sus progenitores, el niño entenderá más tarde cómo debe ser su relación con el Padre celestial, que cuida de los hombres, tomándolos en sus brazos, atrayéndolos con lazos de amor e inclinándose para darles de comer (cf. Os 11, 3-4), no alimentos perecederos, sino su cuerpo y su sangre, en el pan de vida y en el cáliz de la salvación eterna.
Familia ayer, hoy y siempre
Incluso en el valle de lágrimas de nuestra existencia mortal, el matrimonio puede, por la gracia divina, transformarse en un Cielo terrenal. Un Cielo no de placeres carnales y sentimentales, sino de amor verdadero y duradero, que tiene a Dios como fundamento; no exento de dolores y sacrificios, sino rodeado de la sobreabundancia de las fuerzas necesarias para superar cualquier obstáculo. ¡Qué duro golpe, entonces, para el tiernísimo Corazón de Jesús, que con tanta bondad obsequió a los hombres el don de ese sacramento, ver la enorme cantidad de almas que en nuestros días lo desprecian! ¡Qué ultraje cometen contra Él los mundanos cuando dicen que la solución a los problemas matrimoniales es abolir toda forma de compromiso, así como abandonar los criterios tradicionales y supuestamente obsoletos respecto de la familia! ¡Y lo afirman como si la sociedad actual, donde ya están en vigor tales procedimientos, no fuera la prueba más palpable de su error! La solución para acabar con los problemas de la familia no es destruirla, sino acercarla a Dios, su Autor y Salvador, y a la Santa Iglesia, su espléndido y maternal modelo. Difúndase esta verdad por todo el orbe y la luz de Cristo empezará a brillar sobre las terribles crisis psicológicas, emocionales y morales que asolan a la humanidad; convénzanse las parejas católicas de la santidad de su estado, y en el mundo se crearán las condiciones necesarias para la instauración del reinado de Jesús y de María. ◊Por la gracia divina el casamiento puede transformarse en un Cielo terrenal de amor verdadero y duradero, que tiene a Dios como fundamento
Unión sellada por Dios
Según el lenguaje de la Tradición, «el matrimonio es una unión sellada por la bendición de Dios» (Tertuliano. Ad uxorem. L. II, c. 8). No basta con que los consentimientos se unan y las personas se entreguen, es necesario que el autor de la gracia intervenga. En virtud de su intervención, la unión es santificadora y santificada. La gracia divina la penetra, la fortalece, estrecha sus lazos. Es un sacramento. […] El amor natural, por muy bien fundado que esté en el respeto y en la estima, no siempre resiste las súbitas revelaciones que ponen ante nuestros ojos imperfecciones, defectos y vicios en los que no habíamos pensado. Nuestra seguridad sacudida, nuestra paz amenazada, desaniman al pobre corazón que se creía tan bien asentado y lo invitan a dejar de amar. En un ser caído y poco dueño de sus pasiones, el amor natural se cansa de estar atado al mismo objeto. La inconstancia y el capricho lo desvían con demasiada facilidad, ¡por desgracia!, hacia otro objeto cerca del cual olvida su deber y sus juramentos. Una lamentable flaqueza que ha padecido el matrimonio en todas las épocas. Pero desde que Cristo lo santificó, la gracia perfecciona el amor. Lo hace sabio. Le enseña que nada es perfecto aquí abajo; que la infinita belleza de Dios es el único ideal capaz de satisfacer un corazón ávido de perfección; que cuando no se tiene todo lo que se quisiera amar, se debe amar lo que se tiene. Purifica los ojos de la naturaleza, hace soportables las desgracias, conmovedoras las enfermedades, amables la vejez y las canas.
Las bodas de Caná - Iglesia de San Patricio, Boston (Estados Unidos)
Monsabré, op, Jacques-Marie-Louis. Exposition du dogme catholique. Grace de Jésus-Christi. Mariage. Paris: L’Anne Dominicaine, 1890, t. v, pp. 32-33; 40-43.
Notas
1 Cf. Matrimonio. In: Mondin, Battista. Dicionário enciclopédico do pensamento de Santo Tomás de Aquino. São Paulo: Loyola, 2023, p. 431.
2 Cf. León XIII. Arcanum Divinæ Sapientiæ, n.º 11.
3 San Cirilo de Alejandría. De incarnatione Domini, c. xxv: PG 75, 1463.
4 Cf. Santo Tomás de Aquino. Super Epistolam Sancti Pauli Apostoli ad Ephesios expositivo, c. v, lect. 10.
5 Cf. San Agustín. In Iohannis evangelium tractatus. Tractatus cxx, n.º 2.
6 Clá Dias, ep, João Scognamiglio. Homilía. São Paulo, 14/1/2006.
7 Cf. Santo Tomás de Aquino. Summa contra gentiles. L. IV, c. 78.
8 San Agustín, apoyado después por Santo Tomás de Aquino (cf. Summa contra gentiles. L. IV, c. 78), enseña que el matrimonio tiene tres grandes bienes: la fidelidad, por la que los cónyuges no se unen a nadie fuera del vínculo nupcial; la indisolubilidad, por la que mantienen su compromiso hasta que la muerte los separe; y la prole, que ha de ser recibida con amor y educada religiosamente (cf. San Agustín. De Genesi ad litteram. L. IX, c. 7).
9 Corrêa de Oliveira, Plinio. «O tecido social perfeito». In: Dr. Plinio. São Paulo. Año XVIII. N.º 209 (ago, 2015), pp. 18-23. Véase la transcripción completa del artículo en la sección «Un profeta para nuestros días», en este número de la revista.
10 Cf. León XIII, op. cit., n.º 14.
11 Weiss, op, Alberto María. Apología del cristianismo. Barcelona: Herederos de Juan Gili, 1906, t. vii, p. 446.