La existencia humana: ¿una noche en un bosque?
Empezaba a tener la impresión de que se trataba de un escenario donde los animales salvajes se destrozaban mutuamente, cuando alguien llamó mi atención sobre la situación en un bosque por la noche. Particularmente, soy poco afecto al campo. Sin embargo, en mis escasos y furtivos contactos con el bosque —los cuales, hay que decirlo, tuvieron lugar durante el día—, me pareció simpático, pues ofrecía dos cosas muy agradables: sombra y agua fresca. Por la noche, no obstante, el bosque me parecía extraño, feo y oscuro. Si tenía algo de belleza, era sólo cuando un haz de luz de la luna incidía sobre las copas de los árboles. Desde dentro se oía de vez en cuando el trino o el ruido de algún animal asustado, lo que daba la impresión de que aquel era el reino del desorden, de las cosas como no deben ser, sombrías y siniestras. De todas formas, la floresta de noche no me interesaba.
Anochecer en un bosque de Dülmen (Alemania)
La necesidad de una filosofía de la historia
¿Por qué esta larga disertación? Para demostrar un hecho de capital importancia para nuestro punto de vista: no es posible estudiar historia sin tratar de hacer una filosofía de la historia. Y no es posible hacer filosofía de la historia sin intentar responder a esta cuestión: ¿cuál es su origen, su medio y su fin? Imagínense un avión en el que viaja un grupo de personas cuyos recuerdos han sido sacudidos y que de repente se dan cuenta, sorprendidas, de que están navegando por los aires. En cuanto perciben que se desplazan por el espacio, empiezan a hacerse una serie de preguntas: «¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Cuándo y adónde llegaremos?». Espíritus más prácticos preguntarían: «¿Cómo se mueve esto? ¿Hay que hacer algo para que este vehículo se mueva?». Algunos podrían sentirse mal durante el trayecto, lo que constituiría un doble problema, el de la navegación —cómo llegar al final— y el de recuperarse de la dolencia que padecen: «Hasta que no lleguemos, ¿qué hago?». En cualquier caso, existen necesidades contingentes antes de que concluya el viaje: hay que comer, beber, dormir, etc. Supongamos que hubiera un quinto factor: el enemigo. Es decir, en un momento dado se percatan de que existe un enemigo dentro del avión que está conspirando para que la nave sufra un horrible desastre. Así que hay que neutralizarlo. Los problemas de la filosofía de la historia están bien representados en esa imagen. En efecto, la historia estudiada sin tener en cuenta la filosofía que la explica es completamente acientífica. Ahora bien, es esa historia superficial la que comúnmente aprendemos en el colegio, donde encaja la tesis, que nos enseñan, del llamado evolucionismo histórico.En el principio, ¡eran los egipcios!
Los profesores suelen explicar, infundadamente, que es imposible rastrear el origen del pueblo egipcio, perdidos en las brumas de la historia. Para tales docentes, nadie sabe cuál fue el primer paso en el largo caminar de la humanidad en esta tierra. A uno de ellos se le pregunta: «¿Por qué empieza el estudio de la historia con los egipcios, cuando hay tantas prehistorias?». Y en lugar de responder como San Juan al comienzo de su evangelio: «En el principio era el Verbo», la mayoría de los profesores dirá: «En el principio eran los egipcios». A continuación, aparecen los caldeos —¿por qué no los etíopes?—, y sale la historia como la conocemos: la guerra entre griegos y persas, con derecho a gestos de heroísmo de los primeros, que muchos profesores consideran formidables, etc. Se memoriza aquello mecánicamente y surge la duda: ¿por qué pelearon los griegos contra los persas? ¿Por qué los caldeos lucharon con Egipto? Nadie lo explica de forma convincente. De repente, en la secuencia de la narración histórica, despunta una pequeña luz que, para nuestros profesores comunes y corrientes, no ilumina nada; únicamente los más osados mencionan el nacimiento de Jesucristo en Galilea. Y eso es todo.El universo y la historia
Sin embargo, para nosotros los católicos es imposible tener una concepción de la filosofía de la historia que haga abstracción de Dios y de la religión católica. Sólo en Él encontraremos las respuestas adecuadas a las preguntas que he planteado más arriba. En primer lugar, porque la historia es un elemento vivo y valioso de la creación, obra de Dios, nuestro Señor. En efecto, al hacer un acto de fe en el hecho de que Dios es el Autor del universo, incluimos la historia humana en la noción de universo, y no solamente la consideración estática del mundo. Hemos de considerarlo de forma dinámica.
De izquierda a derecha: «Pirámides de Giza y esfinge», de Gustav W. Seitz; «La caída de Babilonia», de John Martin; «La batalla de Maratón», de Hermann Knackfuss
El florecimiento o la decadencia de los pueblos dependen de la Iglesia
En segundo lugar, debemos considerar a la Iglesia como el centro de la historia y de ese caminar de los pueblos. No podemos negarlo, ya que el acontecimiento clave y central de toda la vida de la humanidad es la Encarnación del Verbo, la Redención y la fundación de la Santa Iglesia. Consideremos también que el orden humano y el orden natural tienen su expresión perfecta en el decálogo. Ahora bien, sólo el que está en la Iglesia conoce los diez mandamientos y los interpreta correctamente; sólo el que pertenece a la Iglesia tiene la plenitud de la gracia para practicarlos. Por consiguiente, el orden humano perfecto sólo se alcanza en la Iglesia, y lo hacen aquellos que se unen a ella muy estrechamente. De manera que ella es verdaderamente el árbol de la vida plantado en el centro de la historia. Todo pueblo que se acerca a ella florece; y todo el que se distancia de ella decae. Aunque sea por otras razones de índole meramente natural, dejando a un lado los aspectos sobrenaturales del tema —la importancia capital de la Redención, de los diez mandamientos, etc.—, llegaremos a la misma conclusión ineludible.El vínculo que une todas las épocas históricas
Descendamos al ámbito de la vida corriente. Supongamos que en la habitación de un hotel una pareja inicia una pelea. Como resultado de la riña, ambos se separan y esa noche es una tragedia. Al día siguiente, después de que la pareja se marcha, se hospeda en la habitación un sacerdote bueno, puro, bienintencionado; reza su breviario, hace sus oraciones de la noche y duerme con toda paz de conciencia. ¿Tienen estos dos acontecimientos un vínculo histórico entre sí? No, porque los agentes son diferentes: la pareja es uno, el sacerdote es otro. Ni siquiera se conocen; sus acciones no tienen la mínima relación unas con las otras. Alguien me dirá que esos hechos forman parte de la «historia de la habitación». Pero eso será sólo por analogía. Ahora bien, en la historia de los hombres, para que hubiera continuidad, tendría que haber también una continuidad de la humanidad. No obstante, los hombres nunca han constituido una única sociedad: muchos pueblos no se conocieron, nunca tuvieron contacto entre sí, y frecuentemente vivían en la más profunda ignorancia de la existencia de los otros. Basta recordar, por ejemplo, a los aztecas y a los chinos, civilizaciones que durante siglos se desarrollaron muy alejadas una de otra. La humanidad, por tanto, considerada sólo en sí misma, no forma un todo ni es de hecho una sociedad. Es más bien un conglomerado heterogéneo de hombres, y sólo con esto no se hace historia. Para que hubiera unidad en la historia del mundo, tendría que haber una institución que la recorriera de principio a fin: sería una especie de «portadora de la historia». ¿Ha existido alguna institución que haya recorrido la vida de los hombres sobre la tierra de punta a punta?
El Dr. Plinio en 1992; de fondo, el evangeliario de la basílica de Nuestra Señora del Rosario - Caieiras (Brasil)
Extraído, con adaptaciones, de: Dr. Plinio. São Paulo. Año I. N.º 1 (abr, 1998), pp. 16-19.