Ley moral innata
Envolvente pero discreta, respetuosa pero resoluta, estimulante o amonestadora, esta misma voz oculta suele presentarse no tan sólo cuando corremos algún riesgo de vida, sino en las más variadas circunstancias, sobre todo en las ocasiones en que debemos optar por el bien o por el mal. Proviene de lo más íntimo de nuestro propio ser. Enseña la filosofía que todo hombre posee grabada en su alma, desde su nacimiento, la ley natural, principio de la actividad moral humana conocido en sí mismo,1 que nos permite distinguir mediante la mera razón lo correcto de lo errado, la verdad de la mentira,2 y a través del cual sabemos qué debemos hacer y qué debemos evitar. Esta ley —que está expresada a la perfección en la ley revelada, es decir, el Decálogo— fue escrita por Dios no en tablas de piedra, sino de carne: nuestros corazones. Y en la fidelidad a ese discernimiento innato reside el secreto de una vida coherente y virtuosa.3 San Pablo bien resume tal realidad en su Epístola a los romanos: «Cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las exigencias de la ley, ellos, aun sin tener ley, son para sí mismos ley. Esos tales muestran que tienen escrita en sus corazones la exigencia de la ley; contando con el testimonio de la conciencia y con sus razonamientos internos contrapuestos, unas veces de condena y otras de alabanza» (2, 14-15). Por consiguiente, en nuestro interior hay una especie de conocimiento permanente y universal sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar, llamado sindéresis. En el terreno de la acción práctica, el «consejo» de nuestra razón —que aprueba o censura las intenciones, actos y conductas nuestras o las de los demás— recibe el nombre de conciencia. Ésta es la que «conversa» con nosotros a todo instante, con el objeto de guiarnos hasta nuestro fin último, la santidad.El espejo del alma
La palabra conciencia viene del término latino conscientia, que significa conocimiento, noción, sentido interior. «Es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella».4 Así como un espejo refleja el estado físico de un cuerpo material, la conciencia «es el espejo en el que se ve el estado exterior e interior del hombre, es decir, su cuerpo y su alma».5 En él «el alma, con los ojos de la razón, ve […] su belleza o su fealdad, su pureza o sus manchas». Luego la conciencia es el guía que nos muestra cómo caminar hacia la santidad y a qué distancia estamos de ella.6 Esta imagen de nosotros mismos es tanto más clara cuanto más nos preocupamos por preservarnos de las máculas de nuestras faltas. Así como el polvo y otros residuos manchan un espejo y le restan nitidez, así el pecado entorpece la conciencia y no nos permite ver con acuidad el estado de nuestra alma. En efecto, si nos acostumbramos al vicio, la voz interior de la conciencia se vuelve poco a poco más débil, hasta casi extinguirse. Al perder esta brújula que nos marca el verdadero rumbo, nos condenamos entonces a una decadencia sin freno. En casos extremos, nuestro «espejo» espiritual puede quedar tan empañado que empezamos a ver nuestros defectos como si fueran hermosas cualidades… Es indispensable, por tanto, si queremos preservar nuestra sanidad cristiana y caminar hacia el Cielo, que cultivemos una buena conciencia. Ésta es una ciencia inmortal, porque la llevaremos a la eternidad; «será la gloria o la confusión inevitable de cada uno, según la cualidad de las cosas que se depositen en ella».7Las columnas de nuestra casa espiritual
«Las siete virtudes», de Francesco Pesellino - Museo de Arte de Birmingham (Estados Unidos)
San Bernardo de Claraval - Museo de Pontevedra (España)¡Recemos y luchemos!
Si nos esforzamos, querido lector, en observar estos sabios consejos, si «limpiamos» siempre nuestra alma con la confesión de los pecados, con la satisfacción, con las buenas obras y, de manera especial, con la persistencia en esas obras, habremos logrado sin duda la tranquilidad de la buena conciencia, «a la que Dios no imputa ni sus pecados, porque no los ha cometido, ni los ajenos, porque no los ha aprobado».13 Es una batalla dura, ¡pero fructífera! Recemos, resistamos y luchemos: bienaventurados son los que saben aprobarse o reprobarse a sí mismos, «porque quien se desagrada a sí mismo, agrada a Dios»;14 y los que lo agradan, aun cuando sufran infortunios en esta tierra, se alegrarán eternamente en su presencia. ◊Notas
1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I-II, q. 94, a. 2.
2 Cf. CEC 1954.
3 Cf. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. «Os princípios da ação moral: caminho seguro para chegar à santidade». In: Lumen Veritatis. São Paulo. Año IV. N.º 13 (oct-dic, 2010); p. 12.
4 CONCILIO VATICANO II. Gaudium et spes, n.º 16.
5 SAN BERNARDO DE CLARAVAL. Traité de la conscience ou de la connaissance de soi-même. Paris-Lyon: Perisse Frères, 1856, p. 34.
6 Ídem, pp. 34-35.
7 Ídem, pp. 2-3.
8 Ídem, p. 10.
9 Ídem, ibídem.
10 Ídem, pp. 12-13.
11 Ídem, p. 14.
12 Ídem, p. 15-16.
13 Ídem, p. 30.
14 Ídem, p. 44.