Una realidad muy presente en nuestras vidas
Atengámonos al hecho mencionado: junto con el acto simbólico de unir las dos velas, San Blas le otorgó una bendición al niño necesitado. He aquí una realidad con la cual vivimos, quizá sin conocerla en profundidad: el valor de la bendición.
La bendición de San Blas concedió la curación al niño necesitado, salvándole la vidaSan Blas - Catedral de Salta (Argentina)
La bendición en el Antiguo Testamento
«La bendición del padre afirma las casas de sus hijos; pero la maldición de la madre las arruina hasta los cimientos» (Eclo 3, 11). Los antiguos usaban estos términos con precisión y conocían bien su realidad, quizá por experiencia propia. Hasta llegar a nuestros días, el vocablo bendición fue enriqueciéndose de matices y significados —especialmente después de la venida de Nuestro Señor Jesucristo a la tierra y de la fundación de la Santa Iglesia—, pero sin perder sus atributos originales. En el idioma hebreo, bendición deriva del sustantivo berākā, que básicamente significa fuerza que obra la salvación. De ahí el nombre de Baruc —el bendito—, profeta del Antiguo Testamento, discípulo y auxiliar de Jeremías en su misión entre los israelitas (cf. Jer 32, 12-13). Con todo, la mentalidad oriental, en su natural comprensión del valor simbólico de las cosas, discernía aún en ese término otras características. Efectivamente, las ideas de bienaventuranza y felicidad estaban presentes en el acto de bendecir o recibir una bendición. De modo que, además de ser una fuente de fortaleza espiritual, los israelitas la veían como una señal de su destino, seguros de que tal privilegio no sería anulado, ya que provenía del Creador, que determina y dirige el futuro de los hombres: «Dios dijo a Balaán: “No vayas con ellos, ni maldigas a ese pueblo, porque es bendito”» (Núm 22, 12).2 Había igualmente un aspecto natural. Era el Señor quien hacía que los campos fueran fértiles, duradera la vida y productivo el trabajo, y eso constituía también una bendición: «Daréis culto al Señor vuestro Dios y Él bendecirá tu pan y tu agua. Y yo alejaré de ti las enfermedades» (Éx 23, 25).Con la venida de Cristo, las bendiciones se enriquecen
Llegada la plenitud del tiempo, la bendición reservada a los elegidos del Antiguo Testamento fue concedida también al nuevo pueblo elegido, la Santa Iglesia Católica. Por su nacimiento, muerte y resurrección gloriosa, Nuestro Señor Jesucristo extendió a los gentiles la bendición de Abrahán, para que por la fe recibieran el Espíritu de la promesa (cf. Gál 3, 14). La noción de bendición siguió vinculada a la protección divina, a la preservación del mal, al fortalecimiento y a la prosperidad, tanto física como espiritual. Sin embargo, esta realidad se enriqueció con la Encarnación del Verbo, ya que el mismo Hombre-Dios dejó su bendición a aquellos que fueron las primeras piedras vivas de la Iglesia que Él fundó: «Los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el Cielo (Lc 24, 50-51). Nuestro divino Fundador, ávido de nuestra santidad, nos hizo herederos de la bendición (cf. 1 Pe 3, 9) y nos dejó a la Iglesia como madre, dotándola de privilegios especiales en la distribución de sus riquezas (cf. Rom 15, 29 ), a través de los ministros consagrados. Así, aunque la bendición la pronuncien los hombres, en última instancia proviene de Dios.3Curación de almas, curación de cuerpos
La Santa Iglesia vinculó a algunos objetos y gestos, acompañados de un movimiento de reverencia hacia Dios y las cosas divinas, el perdón de las faltas veniales y la obtención de beneficios espirituales. Son los sacramentales que, a diferencia de los sacramentos —que producen directamente la gracia—, nos preparan a recibirla.4 Entre ellos se encuentran la bendición sacerdotal, el uso de medallas y escapularios bendecidos y el simple acto de santiguarse con agua bendita.
Mons. João dando uma bênção no ano de 2005El privilegio de las indulgencias
Además de estos extraordinarios beneficios que las bendiciones pueden operar entre los hombres, muchas veces van acompañadas de indulgencias. Éstas son la remisión, ante Dios, de la pena temporal adjunta a los pecados ya perdonados en términos de culpa, que el fiel debidamente dispuesto obtiene por medio de la Iglesia, la cual aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Nuestro Señor y de los santos. Y la indulgencia será parcial o plenaria según libere, en parte o en todo, de aquella pena. Más que en otros casos, aquí se verifica que, cuanto más cerca de Dios esté el que bendice, más ricos serán los privilegios: «El fiel que emplea con devoción un objeto de piedad (crucifijo, cruz, rosario, escapulario o medalla), bendecido debidamente por cualquier sacerdote, gana una indulgencia parcial. Y si hubiese sido bendecido por el sumo pontífice o por cualquier obispo, el fiel, empleando devotamente dicho objeto, puede ganar también una indulgencia plenaria en la fiesta de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, añadiendo alguna fórmula legítima de profesión de fe».5 De esta forma, como exhalando un «perfume de Dios», los objetos benditos comienzan a difundir los beneficios divinos. Y hubo almas privilegiadas que pudieron «sentir» el suave aroma de este olor sobrenatural.Almas que «sienten» lo sagrado
Procedente del griego, la palabra hierognosis significa conocimiento de lo sagrado. Así es llamado por la teología mística el don especial concedido por Dios a ciertas almas a lo largo de la historia que, de manera sensible, reconocían los objetos sagrados, diferenciándolos de los demás sin dudarlo. Un ejemplo elocuente lo encontramos en la vida de la mística Luisa Lateau, nacida en Bois d’Haine, Bélgica, que sorprendió a eminentes médicos y teólogos. Al recibir objetos bendecidos, aunque estos no fueran precisamente sagrados o religiosos, sonreía con satisfacción, dispuesta a besarlos, mientras que, hacia los no bendecidos, era completamente insensible.
Os objetos abençoados por um clérigo passam a difundir benefícios divinosSacerdote abençoa medalhas e sal
Notas
1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II-II, q. 1, a. 4, ad 3.
2 Cf. JANOWSKI, Bernd. «Bênção/Maldição. Antigo Testamento». In: BERLEJUNG, Angelika; FREVEL, Christian (Orgs.). Dicionário de termos teológicos fundamentais do Antigo e do Novo Testamento. São Paulo: Loyola, 2011, pp. 124-125.
3 Cf. SCHOLTISSEK, Klaus. «Bênção/Maldição. Novo Testamento». In: BERLEJUNG; FREVEL, op. cit., p. 125.
4 CCE 1670.
5 SAN PABLO VI. Indulgentiarum doctrina, norma 17.
6 ROYO MARÍN, OP, Antonio. Teología de la perfección cristiana. 6.ª ed. Madrid: BAC, 1988, p. 921.