Un sueño que acaba en tragedia
Jacques nació el 6 de abril de 1930 en Saint-Germain-en-Laye, cerca de París, en una familia tan rica como atea. A pesar del lujo y las comodidades que lo rodeaban, pronto se sintió insatisfecho con la vida. Los placeres mundanos no saciaban sus expectativas, y ni siquiera el nacimiento de su hija, Verónica, fue capaz de hacer madurar su espíritu. Entonces una obsesión se instaló en su interior: forjarse una gran aventura a bordo de un velero. Tal vez lograría viajar a las míticas islas Galápagos, dejando atrás toda una vida de fracasos. Sin embargo, soñarlo es más fácil que llevarlo a cabo… y sin duda más barato. Como era de esperar, su padre le negó los dos millones doscientos mil francos necesarios para cumplir sus deseos. Enajenado, el joven planeó con unos amigos atracar el comercio de un cambista y conseguir «por su cuenta» los medios que le negaban en casa. ¿Es mucho repetir que soñarlo es más fácil que hacerlo realidad? La fechoría fracasó por completo. Jacques agredió al cambista, pero antes se disparó en un dedo al intentar sacar el revólver que llevaba en el bolsillo… A los gritos de socorro le siguió una alocada huida, en medio de la cual pierde sus gafas y apenas sin ver bien tiene la desgracia de dispararle a un policía en el corazón… Finalmente, abandonado por sus cómplices y acorralado en una estación de tren, es detenido. El escandaloso crimen indignó a toda Francia y las protestas exigiendo que se castigara severamente al infortunado no se hicieron esperar. No obstante, precisamente tras los barrotes del calabozo fue donde la vida de este joven dio un giro insospechado.«Como un viento recio…»
«No tengo fe, no vale la pena», fueron las primeras palabras que le dijo al capellán de la prisión. Y nada hacía presagiar una conversión. Pero, al instante, Dios despuntó en su horizonte de una manera tan violenta y peculiar que hay que oír la propia narración de Jacques para creerlo:
Jacques Fesch poco después de su detención, en febrero de 1954
El despuntar de la Luz en el pecador
«Me salvan a pesar mío. Me sacan del mundo porque me perdería en él, y no he hecho nada para merecer tal gracia», reconocería. ¿Cómo se entiende lo que le pasó? La gracia de la conversión, afirman los teólogos, es una iniciativa irresistible de Dios en el alma del pecador; y algunos autores2 comparan esta insigne manifestación del poder y de la misericordia divina con la propia obra de la creación, identificando cada uno de los siete días con una etapa espiritual. Este simbolismo puede ayudarnos a comprender la conversión del joven Fesch. En el principio, «dijo Dios: “Exista la luz”. Y la luz existió» (Gén 1, 3). Así mismo, el primer día de la conversión, es el Señor quien decide proyectar su Luz, haciéndola brillar en el interior del corazón. Para Jacques, esta sublime presencia le provocaba profundas exclamaciones de júbilo y gratitud: «Alegría, alegría. ¡Si pudiera transcribir en este papel todas las gracias que he recibido! ¿Quién puede describir el amor de Dios por sus criaturas?»; «Jesús está ahí, cerca de mí, casi palpable. En cuanto lo invoco, su dulzura me invade inmediatamente y me lleno de alegría». Cabe señalar que Jacques escribió estas líneas en los últimos meses de su vida, ¡ante la perspectiva de una sentencia de muerte! Nada pudo eclipsar las gracias recibidas en su conversión.Una tierra fértil que produce frutos
Iluminada, entonces, con la Luz divina y unida a Dios en un «cielo interior» (cf. Gén 1, 6-7), la tierra aparece y es separada de las aguas (cf. Gén 1, 9-10), que simboliza que el alma ya no está sumergida en las aguas de la concupiscencia y se convierte en una tierra fértil que produce frutos de generosidad, amor a la cruz y humildad en el arduo camino de la santificación. En las líneas de su diario es imposible reconocer al antiguo Jacques, tan cambiado está su corazón, tan templado en el dolor y tan consciente del proceso purificador por el que tendría que pasar: «No debo olvidar quién soy, lo que he hecho y lo que haría si el Señor me entregara a mí mismo sólo un poco. Tengo una naturaleza corrupta y defectuosa, y ante todo debo esforzarme en reformarla». Pero el amor y los deseos de perfección únicamente se realizan a través de las obras, y Jacques tenía grandes cosas que realizar antes de morir, a fin de ofrecerle al Señor los frutos de su jardín espiritual. «He hecho progresos en mis oraciones y me he marcado un horario estricto, que no quiero modificar bajo ningún pretexto». Una asidua vida de oración le dio fuerzas para emprender el difícil camino, y con heroica generosidad comenzó por renunciar a las minúsculas comodidades de la cárcel: eliminó los dulces y las comidas cocinadas, sacrificó horas de sueño y poco después atacó su peor vicio, el tabaco: «No es que un cigarrillo tenga importancia en sí mismo, pero lo deseo tanto que si tuviera la voluntad de dejar de fumar y lo hiciera, ese sacrificio sería muy agradable a Jesús. […] Así que ¡ánimo! Con un poco de voluntad se puede conseguir todo. Hace diez días fumaba veinte cigarrillos, ahora diez y la semana que viene… ¡quizá ninguno! Ojalá pudiera, ¡tengo tan poco tiempo por delante!». Regado con no pocos sacrificios, superando insensibilidades y pruebas, estas resoluciones lo hicieron cada vez más generoso a la hora de aceptar las renuncias que se le presentaban, y como corolario de su total entrega a Dios, Jacques buscó bendecir sacramentalmente su unión con Pierrette, la madre de Verónica, antes de morir.El luminoso sol de la caridad
El cuarto día, el sol toma su lugar en esta creación (cf. Gén 1, 14-19), es decir, la caridad inunda el corazón convertido; la luna y las estrellas, que son la fe y las virtudes, brillan en él de manera especial. Del amor que sentía descender sobre él, Jacques sacó fuerzas que se tradujeron en resignación a la voluntad de Dios y en ansias de apostolado. «Querida Verónica, Jesús desea esta muerte. Si Él me aleja de tu corazón de niña, es porque ha juzgado preferible para el bien de todos nosotros llamarme de nuevo a Él. ¡Y cuántas cosas mejores será capaz de darte Él que yo jamás podría hacerlo! Confianza, confianza en el amor de Jesús», escribía a su hija. Además de su esposa, Jacques empezó a atraer a Dios a familiares y presidiarios, uno de los cuales recibió el bautismo gracias a su ejemplo. Cuando fue ejecutado, los prisioneros decidieron permanecer en silencio durante todo el día, en homenaje a aquel joven que en tan poco tiempo tanto les había edificado.En el mar de la misericordia… ¡hacia las cumbres eternas!
El quinto día (cf. Gén 1, 20-21) nacen los peces y los pájaros; el pecador convertido nada en las aguas de la misericordia de Dios; y, como águila, se dirige velozmente hacia las montañas eternas: «Cuando rezo, me siento arrancado de mí mismo, no puedo sino contemplar e incluso me olvido de respirar. Cuando el alma se alegra, el cuerpo está muerto y nada más importa excepto los besos que enviamos al Cielo. ¡Señor mío y Dios mío!».El último día y el descanso en el Señor
Finalmente, llegó el día señalado para su ejecución: el 1 de octubre. Jacques había recuperado el estado de gracia y, por tanto, restablecido en sí mismo la dignidad del hombre hecho a imagen y semejanza de Dios en el sexto día de la creación (cf. Gén 1, 27-28); llegaba el momento de descansar, como el Señor en el séptimo día, cuando contemplaba la obra de sus manos (cf. Gén 2, 2).
Fesch en 1957; arriba, guillotina donde fue ejecutado
Notas
1 Los datos biográficos y citas que figuran en este artículo proceden del diario escrito por Jacques Fesch en los últimos meses de cárcel como testamento espiritual para su hija, Verónica: Fesch, Jacques. Dans 5 heures je verrai Jésus: Journal de prison. Paris: Le Sarment-Fayard, 1989.
2 Al respecto véase: Cornelio a Lápide. La conversión. Quito-Miami: Jesús de la Misericordia; Fiat Voluntas Tua, 2012, pp. 19-20.