Entrada en la corte y primeros enfrentamientos
Un día, el rey decidió repentinamente trasladarla, junto con su hermano Alfonso, a la corte castellana. ¿Qué le había impulsado a llamar a los jóvenes a su lado? Al no tener descendencia, Enrique debía ser sucedido por Alfonso y, en su ausencia, por Isabel. Así pues, movido por intereses políticos, quiso mantener bajo su vigilancia a los dos pretendientes al trono. Esto supuso un cambio brusco para los hermanos. Atrás quedaban los días tranquilos y melancólicos vividos en Madrigal… y se avecinaban grandes luchas. ¡Cuánto sufrirían los dos infantes en medio de la corrupción moral que hacía estragos entre la nobleza española! Incluso la propia reina instó a Isabel a participar del libertinaje de la corte… Ante tan deshonesta propuesta, la joven acudió entre lágrimas a su hermano, de tan sólo 14 años, quien no dudó en reprender duramente a la soberana y amenazar con matar a sus damas menos pudorosas si de nuevo intentaban corromper a su hermana.Un indigno pretendiente
Pero las dificultades aumentarían. Enrique se había encargado de presentar un candidato para el matrimonio de su hermana. Las propuestas se sucedieron, hasta que en 1466 designó al ambicioso Pedro Girón, de avanzada edad, pésima reputación y carente de sangre noble, para casarse con Isabel. Al verse en tan angustiosa situación, la doncella inició un período de ayuno y oración. Y le dirigió a Dios una súplica extrema: que le enviara la muerte a ella o al indigno pretendiente. Pocos días después, Girón contrajo una grave enfermedad. Durante toda la noche sintió como si una mano invisible lo estrangulara. Murió camino de la boda, blasfemando contra Dios y rechazando, in extremis, los sacramentos… La futura reina pudo entonces respirar aliviada.Matrimonio con el príncipe de Aragón
A pesar de las ambiciones de su medio hermano, Isabel resolvió por sí misma las cuestiones relativas a su futuro. Su elección recayó en el príncipe Fernando, heredero de la Casa de Aragón. El 18 de octubre de 1469 se celebraba en Valladolid la ceremonia nupcial, en medio del entusiasmo general de la población… y sin el consentimiento del rey castellano. Este matrimonio lo indispuso gravemente contra su hermana. Enrique declaró a Isabel desheredada del trono de Castilla —pues esta condición le había sido reconocida oficialmente años antes, al fallecer prematuramente el príncipe Alfonso— y eligió como heredera de la corona a una hija ilegítima de su esposa, ya que, como dijimos, él no podía tener hijos. Las tensiones duraron hasta 1474, cuando una prolongada enfermedad provocó la muerte del soberano. Tras un breve luto de dos días, el 13 de diciembre Isabel se hizo proclamar reina en la plaza Mayor de Segovia.Una misión: restablecer la paz
El cetro que Isabel recibía en sus manos era, más que una gloria, una enorme carga: había heredado un reino en completo desorden civil y religioso. He aquí su primera misión: restablecer el orden y la paz. La nueva reina no pierde un instante. Es preciso reprimir a los delincuentes que habían sido tan favorecidos durante el reinado de su predecesor. Muchos la consideraban excesivamente severa. No obstante, el rigor empleado por Isabel y Fernando es muy justificable dada la insubordinación generalizada que se extendía en sus dominios. La simpatía que Enrique había prodigado a los asesinos, los nuevos monarcas la reservaron para las víctimas, sus viudas y sus hijos.2 Y, para garantizar que se mantuviera la paz conquistada, se crearon entonces instituciones como la Santa Hermandad, un ejército popular de voluntarios destinado a reprimir los delitos cometidos en los caminos y en los campos.Año de conquistas
Finalmente, llegamos a 1492: un año de acontecimientos únicos en la historia de España y del mundo. En primer lugar, la Reconquista llega a su término. A principios del siglo viii, casi toda la Hispania visigoda había caído bajo dominio árabe. Tras ocho siglos marcados por guerras territoriales y de religión, el 2 de enero de 1492 el emir Boabdil entregaba a Fernando las llaves de la ciudad de Granada, último bastión islámico en la península ibérica. Concluida esta epopeya, la reina de Castilla podía dedicarse a otros menesteres. Estaba pendiente el caso de un misterioso personaje que llevaba tiempo solicitando una entrevista en la corte. Se trataba de un navegante genovés que, rechazado por reyes de otros países, acudió convencido al palacio de Granada para proponer a los soberanos de Castilla y Aragón su inédita propuesta: llegar a la India y a Japón navegando a través del océano Atlántico…, una hazaña a realizar en nombre de la corona española. Isabel lo escuchó todo con sumo interés, pero las condiciones exigidas por el entusiasta aventurero eran demasiado onerosas. Además, Fernando le insistió a su esposa que no era prudente subvencionar semejante empresa en un momento en el que las arcas reales ya estaban agotadas por la guerra.
«La rendición de Granada», de Francisco Pradilla y Ortiz - Palacio del Senado, Madrid
En auxilio de la santa religión
En 1492, Isabel de Castilla tenía 41 años y era la monarca de una nación pacífica y próspera, pero no por ello se permitía descansar. No se contenta con ver a su pueblo gozar de una simple tranquilidad civil. Quiere que sus súbditos se llenen de ese fervor por la santa religión que habita en su alma desde su infancia, porque, incluso antes de ser reina, Isabel fue siempre una católica muy devota. No sólo asistía todos los días al santo sacrificio de la misa, sino que también recitaba diariamente el breviario, además de practicar otras muchas devociones privadas. Su entrañable amor a la Santa Iglesia Católica la llevaba a entristecerse sobremanera por la deplorable situación en que se encontraba el clero. Siendo ésta la clase social encargada de la instrucción y salvación de las almas, sus escándalos tenían gran repercusión entre el pueblo. Isabel se vio entonces en la contingencia de exigir a sus miembros una integridad que, desgraciadamente, ni siquiera la mayoría de los obispos exigía. Con la bula Romanum decet, de 1493, Alejandro VI otorgaba a los reyes de Castilla y Aragón autoridad para actuar contra los prelados escandalosos. El acceso a las órdenes sagradas, que antes se concedía con peligrosa facilidad a cualquiera que lo solicitara, requería ahora que los aspirantes al sacerdocio, bajo juramento, llevaran una vida moralmente recta. En una misiva, Isabel llegó a recriminarle a uno de los responsables de la diócesis de Cuenca por su reprobable actitud de conferir las órdenes sagradas a cualquier persona que le ofreciera una gran suma de dinero.3Reyes Católicos
Inestimables fueron los servicios prestados por Isabel y Fernando a la Iglesia Católica y, concretamente, al papado, sobre todo con respecto a la expulsión de los franceses de los Estados Pontificios. Por esta razón la Santa Sede decidió concederles un título honorífico. Debatido el asunto en un consistorio, se llegó a esta inédita formulación: Reyes Católicos, título publicado posteriormente en la bula Si convenit y con el que los dos monarcas pasaron a la historia, legándolo a sus sucesores en el trono de San Fernando. Cabe destacar también que en ese documento aparece por primera vez la fórmula «rey y reina de las Españas», sin mención separada a sus respectivos dominios. Así pues, todo indica que ése es el período en el que España aparece a los ojos de la cristiandad como una nación unificada, aunque rica en diversidad, más aún tras el descubrimiento de los distintos dominios de América.Ocaso de un reinado
Innumerables virtudes adornaban la figura de Isabel, pero ningún honor era más apropiado para coronar la frente de una reina católica que la diadema del sufrimiento. Si la aurora de su vida estuvo impregnada de luchas y dificultades, su madurez se asemejó a un sol resplandeciente de éxito y de triunfo. Sin embargo, como suele ocurrir, en el ocaso es cuando el astro rey arroja sus rayos más esplendorosos, transformando la bóveda azulada en un espectáculo de tonalidades rubras y violáceas. A partir de 1497, la muerte visitaría a algunos de los hijos de Isabel. Juan, el jovencísimo príncipe heredero, acababa de casarse con Margarita de Austria. Pero moriría a los pocos meses, dejando a su esposa embarazada de un hijo que, lamentablemente, sería mortinato. Al año siguiente, la princesa mayor, Isabel, que había recibido la sucesión del linaje, fallecía al dar a luz a un varón llamado Miguel que, a su vez, vivió sólo dos años.
Isabel la Católica, de José Rosa - Monasterio de Santa María de La Rábida, Palos de la Frontera (España)
Notas
1 Los datos históricos que constan en el presente artículo han sido tomados de las obras: Dumont, Jean. La incomparable Isabel la Católica. Madrid: Encuentro, 2023; Walsh, William Thomas. Isabel la Cruzada. 4.ª ed. Madrid: Espasa Calpe, 1963; Azcona, ofm cap, Tarsicio de. Isabel la Católica. Madrid: BAC, 1964.
2 Cf. Walsh, op. cit., p. 58.
3 Cf. Azcona, op. cit., p. 470.