¡Somos hijos de María Inmaculada! Y si tenemos aprecio por nuestra madre natural, mucho mayor debe ser nuestro amor por la que es Madre de nuestra vida sobrenatural. Llenos de gratitud, pidámosle a Ella que, así como triunfó sobre el pecado, triunfe en nuestra alma, infundiéndole un rayo de su inmaculabilidad. Y que, purificados de todas nuestras miserias, seamos asistidos por su divino Esposo y nos transformemos en instrumentos eficaces para la promoción de otro triunfo, por Ella prometido en Fátima y tan deseado por nosotros: el triunfo de su Sapiencial e Inmaculado Corazón.