«Si hubiera conocido a San Luis Grignion de Montfort cinco minutos antes de su muerte —dijo una vez el Dr. Plinio—, me habría arrodillado, habría besado sus pies y le habría aconsejado: “¡Sea aún más devoto de la Virgen!”».1 La osadía de este consejo, dirigido al más grande de los mariólogos, presupone una vida de insaciable crecimiento en el amor a María Santísima… En efecto, según los majestuosos designios de la Providencia, la Mediadora universal de todas las gracias obtuvo para el Dr. Plinio el don de anhelar lo sublime, especialmente en la devoción a Ella como …