Quizá pocas cosas sean tan difíciles de expresar en palabras como la música. En efecto, en su variada y amplísima vastedad, el universo musical se convierte en un arte que, sin pretenderlo, roza lo infinito, porque participa en algo de la inmaterialidad propia de los espíritus. Por lo tanto, gran parte de la satisfacción que nos llena el alma cuando escuchamos una buena melodía proviene de este hecho: nos «libera» por unos instantes de las ataduras del mundo concreto, que nos impiden estar más centrados en las realidades trascendentes. Surge además otra dificultad al versar sobre la música: como …