La prueba más grande de los elegidos: esperar con paciencia
Si paseamos por las páginas de la Sagrada Escritura, veremos cómo los acontecimientos más populares de la humanidad tuvieron lugar después de una enorme espera. Dios les hace esperar a sus elegidos. Y la gran prueba es aprender que su tiempo no es ni lento ni rápido, sino perfecto: «Mil años en tu presencia son un ayer que pasó; una vela nocturna» (Sal 89, 4). ¡Cómo nos hacen sufrir las divinas dilaciones! No obstante, conllevan una promesa de victoria: «Ten paciencia, a fin de que en adelante sea más próspera tu vida». «La victoria», por tanto, «le es dada a quien ha sufrido con paciencia. Paciencia aquí no es indolencia, sino esa virtud fuerte mediante la cual se soporta el dolor de la espera. ¡Ay del hombre al que la espera no le duele! ¡Ay del hombre que no aguanta el dolor de la espera! Eso es la paciencia»,1 afirma el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira al comentar el pasaje en cuestión. El recuerdo de las esperas más prolongadas, consideradas después de mucho tiempo, trae consigo la alegría de la entrega sin reservas en las manos de Dios, hecha tanto en medio de consolaciones como bajo el peso del dolor soportado con paciencia. Y resalta el aroma de la confianza, que es el rastro dejado por la esperanza fortalecida por la fe. «Considerad, hermanos míos, un gran gozo cuando os veáis rodeados de toda clase de pruebas, sabiendo que la autenticidad de vuestra fe produce paciencia. Pero que la paciencia lleve consigo una obra perfecta, para que seáis perfectos e íntegros, sin ninguna deficiencia» (Sant 1, 2-4).Dios camina junto a sus elegidos
Construcción del arca de Noé - Museo de El Escorial (España)
Noé después del Diluvio - Iglesia de Santo Domingo de Silos, Córdoba (España)Paradigma del Antiguo Testamento
Aparición de Dios a Abrahán en Siquem - Museo Catharijneconvent, Utrecht (Países Bajos)
El sacrificio de Isaac - Museo de San Telmo, San Sebastián (España)La promesa de las promesas
Podríamos seguir disertando sobre otros personajes del Antiguo Testamento, como Moisés, por ejemplo, depositario del augurio de la tierra prometida y que estuvo cuarenta años en el desierto a causa de la falta de paciencia de su pueblo para esperar con fe el cumplimiento de la palabra de Dios. Sin embargo, en aras de la brevedad, reflexionemos acerca de la promesa de las promesas, hecha por Dios aún en el paraíso a nuestros primeros padres, antes de enviarlos a esta tierra de exilio: la Redención, anunciada en el Protoevangelio (cf. Gén 3, 15), cuya realización marcó el comienzo del Nuevo Testamento. «En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas» (Heb 1, 1) y no fueron pocos los signos y oráculos enviados sobre la venida del Salvador. Entre ellos destacan los de Isaías, el más mesiánico de los anunciadores divinos: «Aquel día, la raíz de Jesé será elevada como enseña de los pueblos: se volverán hacia ella las naciones» (Is 11, 10). No obstante, «todas las precisiones fueron puestas a prueba por el Cielo, a fin de constatar si el pueblo de la alianza sería digno de ver su cumplimiento».3 Una espera de siglos y siglos les exigiría Dios a sus elegidos… He aquí que «una virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel» (Is 7, 14). María Santísima, conocedora de estas promesas, esperaba llena de fe al Redentor y componía en su corazón su figura divina, deseando ser esclava de aquella que sería su Madre. Pero no imaginaba que Ella misma era la virgen de Isaías: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14). Más tarde, después de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, momento ápice de la Redención, su fe sin mácula en la Resurrección trajo de vuelta a los Apóstoles y a los discípulos al Cenáculo, llevándolos a creer por encima de la aparente contradicción y desmentido de los hechos. Su esperanza no fue defraudada: «La gran batalla de la Virgen consistía en mantener encendida la llama de la Resurrección en esas pobres almas. Sin su intercesión, ninguna de ellas seguiría creyendo, a pesar de las reiteradas promesas del divino Maestro».4 Reunidos con Ella en el Cenáculo (cf. Hech 1, 14), los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo prometido, comenzando la difusión de la Buena Nueva, en cumplimiento del mandato del Salvador: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la Creación» (Mc 16, 15). Empezaba la epopeya de la Santa Iglesia Católica.Esperanza para el siglo XXI
Hoy, transcurridos veintiún siglos de vida de la Iglesia, viviendo en medio de un escenario de pandemia, guerras e incertidumbre, ¿aún tenemos promesas en las que esperar? Desde hace dos mil años se reza: «Venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo» (Mt 6, 10). ¿Podemos esperar la realización de esa oración, enseñada por el divino Maestro, en este nuestro conturbado período histórico? ¡Más que nunca es el momento de creer y esperar! A principios del siglo pasado, Dios envió a su propia Madre a Fátima (Portugal), para alertar a la humanidad con respecto a los problemas contemporáneos. «Nuestra Señora explica al mismo tiempo los motivos de la crisis e indica su remedio, profetizando la catástrofe si los hombres no la escuchan. Desde cualquier punto de vista, por la naturaleza del contenido y por la dignidad de quien las hizo, las revelaciones de Fátima superan, por tanto, todo lo que la Providencia ha dicho a los hombres en la inminencia de las grandes borrascas de la Historia».5
Imagen del Inmaculado Corazón de María perteneciente a los Heraldos del EvangelioNotas
1 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. «Ai do homem a quem a espera não dói; ai do homem que não aguenta a dor da espera!». In: Dr. Plinio. São Paulo. Año XV. N.º 172 (jul, 2012); p. 32.
2 SAN LEÓN MAGNO. Sobre la Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo. Homilía III, n.º 2; 5. In: Homilías sobre el Año litúrgico. Madrid: BAC, 1969, pp. 130; 132-133.
3 CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. Maria Santíssima! O Paraíso de Deus revelado aos homens. São Paulo: Arautos do Evangelho, 2020, v. II, p. 218.
4 Ídem, p. 510.
5 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. «Fátima: explicação e remédio da crise contemporânea». In: Catolicismo. Campos dos Goytacazes. Año III. N.º 29 (may, 1953); p. 2.
6 SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. «Traité de la vraie dévotion à la Sainte Vierge», n.º 217. In: Œuvres Complètes. Paris: Du Seuil, 1966, pp. 634-635.
7 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 7/10/1975.