Mensaje difundido, pero no puesto en práctica
Sin poner aquí en discusión la amplia propaganda que se la ha dado al mensaje de la Virgen en las apariciones de Fátima, considerando la mayoría de los hombres, lamentablemente, no ha habido una verdadera correspondencia a sus peticiones en un punto fundamental: no se ha puesto en práctica el cambio de conducta, ni la enmienda de vida y de costumbres. La humanidad no está dispuesta a darse golpes de pecho y a hacer un acto de humildad, reconociendo sus errores y pecados. De esta manera, la clave espiritual que Nuestra Señora esperaba infundir en todo el orbe católico, una clave de seriedad y de combatividad contra los pecados del siglo, con vistas a la regeneración del mundo, ha caído en el olvido debido a una superficialidad crónica, que cierra los espíritus a lo que es sublime, elevado y noble, como las profecías de Fátima. Aunque ha sido pregonado en muchas partes del globo, se puede decir que el mensaje transmitido a los pastorcitos es el olvidado por excelencia. Es el olvido de un hecho conocidísimo, rutilante, admitido por todos y presenciado por miles de testigos. Olvido que no es sólo una distracción sin culpa, sino la somnolencia, la indiferencia y el rechazo del que no quiere renunciar a la comodidad pecaminosa que ofrece el mundo ateo de hoy, para no tener que entregarse a la práctica de las virtudes y de los mandamientos. Con esto, un cambio de la sociedad hacia la verdadera conversión es cada vez más improbable. Y a medida que avanzamos rumbo al paroxismo de la degradación moral, también es más probable la consumación de los castigos profetizados por Nuestra Señora.Necesidad de enfervorizarse en la devoción al Inmaculado Corazón de María
Una vez que ya nos hemos adentrado dos décadas en el siglo XXI, ¿cómo favorecer la conversión de los pecadores y apresurar al máximo la bendita aurora del Reino de María? La Virgen nos lo indica: enfervorizarnos en la devoción a su Inmaculado Corazón, con la oración y la penitencia. La Virgen de Fátima insistió, de manera muy especial, en la devoción a su Corazón Inmaculado. A lo largo de las apariciones se refirió a su Corazón más de siete veces. El valor teológico —por cierto, tan comprobado— de la devoción al Inmaculado Corazón de María encuentra en Fátima una valiosa e impresionante corroboración. Por consiguiente, quien quiera tomarse en serio las revelaciones de Fátima debe aumentar su devoción al Corazón Purísimo de María y considerarla como un progreso de los más altos y saludables en la vida de piedad. Sin embargo, alguien podría preguntar: ¿de qué sirve que sólo unas pocas personas practiquen esta devoción? ¿El mundo se va a convertir por eso? ¿Se podrá evitar el castigo? La respuesta está en las palabras que Nuestra Señora le dijo a sor Lucía cuando le mostró su Corazón rodeado de espinas: «Tú, al menos, procura consolarme».3 ¡Y nosotros debemos querer ser esos hijos que consuelan a María Santísima!Voz capaz de despertar la más alentadora confianza
Hechas estas reflexiones, nuestro espíritu se detiene en la consideración de las perspectivas finales del mensaje de Fátima. Para los católicos que esperan con ardor la intervención de Dios en nuestros días, tan difíciles y confusos, este mensaje es condicional, porque trae consigo una advertencia materna al mismo tiempo que promete un premio, si es escuchado y puesto en práctica por la humanidad. Así, «para quienes la tienen [la fe], desde el fondo de este horizonte suciamente confuso y torvo, una voz, capaz de despertar la más alentadora confianza se hace oír: “Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará”. ¿Qué confianza podemos depositar en esta voz? La respuesta, que Ella misma nos da, cabe en una sola frase: “Soy del Cielo”. Hay, por tanto, razones para esperar. ¿Esperar el qué? La ayuda de la Providencia a cualquier trabajo ejecutado con clarividencia, rigor y método para alejar del mundo las amenazas que, como tantas otras espadas de Damocles, penden sobre los hombres».4 Por eso, más allá de la aflicción y de los castigos tan probables, hacia los que nos dirigimos, tenemos ante nosotros los primeros rayos sacrales de la aurora del Reino de María, el cual será, sin duda, la victoria del Corazón maternal y regio de la Santísima Virgen. ¡Es una majestuosa promesa que trae paz, entusiasmo y luz! San Luis Grignion de Montfort anima a los fieles en la espera de la llegada de ese Reino de María. En el Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, el santo francés clama con el ardor y la profunda fe que lo caracteriza: «¡Ah! ¿Cuándo llegará […] ese tiempo feliz en que la divina María sea reconocida Señora y Soberana en los corazones, para someterlos plenamente al imperio de su grande y único Jesús? ¿Cuándo respirarán las almas a María, como los cuerpos respiran el aire?». 5 No hay duda de que, en esta previsión —todavía lejana para el propio San Luis Grignion—, hay un estrecho vínculo con el triunfo del Inmaculado Corazón de María anunciado por Nuestra Señora en Fátima. En esa época feliz, la Santísima Virgen establecerá su imperio en las almas, en las instituciones, en las naciones y en todo el orbe.Los elegidos de Nuestra Señora
Detalle de «La adoración del Cordero Místico», de Hubert van Eyck - Catedral de San Bavón, Gante (Bélgica)
Detalle de «La adoración del Cordero Místico», de Hubert van Eyck - Catedral de San Bavón, Gante (Bélgica)Un nuevo milagro de Caná
El Dr. Plinio toma este episodio bíblico y hace una interesante analogía basada en algunos conocidos detalles del hecho: «En primer lugar, hay una crisis: se acabó el vino. Se crea una situación de apuro y angustia para el dueño de la casa. Y aquí la Virgen repara lo sucedido, interviene y ruega el auxilio del Señor. »El divino Maestro, después de una aparente negativa —ya que todavía no había llegado su hora— atiende la súplica de María Santísima y realiza el milagro estupendo de la conversión del agua en vino. Nuestra Señora, que todo lo obtiene, consigue de Nuestro Señor como que un milagro prematuro. »La escena evangélica bien representa el momento por el que pasa la humanidad actualmente. De hecho, ¿no vivimos también en una situación de angustia? ¿No se podría decir que el hombre de hoy se encuentra como los invitados de aquella fiesta? Le falta el vino generoso de la virtud y de la fe porque lo ha desperdiciado a lo loco, lo ha depredado y, finalmente, lo ha rechazado. »En esta situación de crisis, la Virgen le dice a su divino Hijo: “No tienen vino; no tienen tu preciosísima sangre; no tienen gracias en la sobreabundancia deseada para convertirse y cambiar de situación”. Y el Señor, airado con los hombres, le responde: “¿Y qué tenemos nosotros que ver con ellos? Mi hora aún no ha llegado”. »Sin embargo, así como Nuestra Señora, en las bodas de Caná, con su serenidad inmaculada les dijo a los sirvientes que hicieran todo lo que el Señor les mandara y Él acabó convirtiendo el agua en vino —transformó un líquido común y trivial en un vino maravilloso, la mejor bebida de la fiesta—, lo mismo pasará con el mundo contemporáneo, un mundo viejo, desgastado, roto, donde la podredumbre de las naciones paganas se suma a la corrupción de las naciones neopaganas. No obstante, por las omnipotentes súplicas de la Santísima Virgen se producirá en las almas arrepentidas una transmutación, un grand retour,7 un enorme giro hacia los valores eternos de la fe católica. Entonces, el agua se convertirá en un vino excelente, el mejor de la historia, se convertirá en el Reino de María».8
«La Coronación de la Virgen», del Maestro di Santa Verdiana - Museo del Louvre, París¡Certeza de la victoria de María!
Todo progreso humano, como lo demuestran los hechos históricos, se basa y fundamenta en la fidelidad de las almas a Dios, nuestro Señor, en la estrecha unión con Él, y de aquí resulta, a su vez, una completa y espléndida armonía de las relaciones de los hombres entre sí. Por esta razón, el reino que vendrá traerá como fruto la paz que las grandes instituciones nunca lograron alcanzar, porque quitaron a Dios del centro de sus pensamientos. ¡La paz! La verdadera paz es la paz de Cristo en el Reino de Cristo. Y no sin razón le pide San Luis Grignion de Montfort al Señor: «Ut adveniat regnum tuum adveniat regnum Mariæ».9 Porque Ella, como Madre del Rey, no puede ser algo diferente de una Reina, según se contempla por la pluma del Doctor Melifluo, cuando canta los honores de soberana que recibió la Virgen al subir a los Cielos: «¿Habrá alguien capaz de imaginar la gloria que envuelve hoy a la Reina del mundo, el entusiasmo con que salen a su encuentro todas las legiones celestes, los cantos que le acompañan al trono glorioso? ¡Con qué aspecto tan afable, con qué mirada tan tierna, y con qué abrazos tan divinos la recibe su Hijo! Es encumbrada por encima de toda criatura con el honor que merece tal Madre, y la gloria propia de tal Hijo».10 Con expectativa jubilosa concluye este artículo, en la certeza y la confianza de la victoria de aquella que es incapaz de engañar, pues prometió: «¡Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará!». ◊Extraído, con adaptaciones, de: «¡Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará!». Madrid: Asociación Salvadme Reina de Fátima, 2017, pp. 105-132.
Notas
1 BENEDICTO XVI. Homilía en Savona, 17/5/2008.
2 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conversación. São Paulo, 12/4/1985.
3 SOR LUCÍA. Memorias I. Cuarta memoria, c. II, n.º 5. 10.ª ed. Fátima: Secretariado dos Pastorinhos, 2008, p. 192.
4 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana. Madrid: Fernando III el Santo, 1993, pp. 154-155.
5 SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. «Traité de la vraie dévotion à la Sainte Vierge», n.º 217. In: Œuvres Complètes. Paris: Du Seuil, 1966, p. 634.
6 SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. «Prière Embrasée», n.º 18. In: Œuvres Complètes, op. cit., p. 682.
7 Del francés: gran retorno.
8 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 29/1/1967.
9 SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT, «Traité de la vraie dévotion à la Sainte Vierge», op. cit., p. 635. Del latín: «Para que venga tu Reino, venga el Reino de María».
10 SAN BERNARDO DE CLARAVAL. Sermón Primero, en la Asunción de Santa María, n.º 4. In: Obras Completas. 2.ª ed. Madrid: BAC, 2006, t. IV, p. 341.