Hay ciertos lugares en la tierra que, por misterioso designio de la Providencia, quedaron
indeleblemente marcados por los hombres. El visitante que por ellos pase sentirá, en el calor de las piedras, en el balanceo de los árboles e incluso en la sombra que su figura proyecta sobre el suelo, algo de las bendiciones y luces divinas que inundaron a las almas virtuosas que allí vivieron y sufrieron…
Al conocer
el famoso Coliseo romano, por ejemplo, donde el polvo de los siglos ha sido incapaz de borrar la gloriosa memoria de la sangre de los mártires, muchos veneran con entusiasmo y llenos de respeto las piedras que presenciaron la magnífica y trágica ascensión al Cielo de tantos justos.
¡Cuántos lugares marcados por el sufrimiento de los elegidos no hay por el mundo!
La casa de Dña. Lucilia es uno de ellos. Ambiente aristocrático, pero discreto, impregnado de las glorias del pasado y portador de insospechadas maravillas para el futuro,
quien allí entra tiene la impresión de penetrar en el corazón de Dña. Lucilia, aunque ya no la encuentre ahí físicamente…
No obstante, más que de entre las benditas paredes de su hogar terrenal,
ha querido hacerse presente a los suyos en un sencillo objeto, en el que, desde la eternidad, como que se dejó «fotografiar». Ésa es la realidad que se muestra
en el llamado Quadrinho —en español, «cuadrito».
Se trata de
una pequeña pintura al óleo, realizada —a partir de algunas de sus últimas fotografías—
por un entonces joven discípulo1 del Dr. Plinio. El resultado no satisfizo del todo al aún inexperto artista, aunque, tras meses de dudas, decidió enviárselo como regalo a su padre espiritual.
Por una misteriosa acción de la gracia, a éste le gustó mucho el cuadro. Asombrando al propio autor, quien posteriormente no reconocía su obra, el Dr. Plinio confirmó que expresaba fielmente los rasgos y el espíritu de su extremosa madre.
De hecho, ¿cómo no conmoverse ante tan tierna figura, que esparce un halo de luz plateado-lila a su alrededor?
Al igual que los variados matices del atardecer dibujan una fantasía única en el cielo, así en la fisonomía retratada
en el Quadrinho se percibe un unum de virtudes de una dama católica unidas a los atributos propios de una verdadera madre: fe inquebrantable, integridad y firmeza de principios, generosidad desinteresada, bondad sin límites, majestad y señorío, extremos de maternidad, comprensión, compasión… Está representada en una acogedora simplicidad, que hace sentir la intimidad de su trato.
El cariño de su mirada aterciopelada es un ungüento para el alma afligida y sufriente.
Cualquier desventurado que se acerque a ella encontrará invariablemente una buena acogida, por peor que sea el caso o por más tenebrosa que se presente la situación. Su sonrisa continua
revela la capacidad de obtener del Sagrado Corazón de Jesús el perdón misericordioso para el pecador, y confiere consuelo en el dolor, fuerza en las pruebas, seguridad en la incertidumbre, calma, serenidad, paz, resignación…
Doña Lucilia refinó sus más nobles virtudes en una vida acompasada y ordenada según Dios, en el doloroso aislamiento de una vida ajena al bullicio del mundo revolucionario; siempre permaneció dueña de sí, convencida de su posición en el bien, como piedra firme contra la que rompían las olas de los bruscos cambios sociales de su tiempo. Todo pasó, ella quedó. Sin embargo, no como una figura de tiempos remotos, sino como una
dama-símbolo de una época histórica que aún está por llegar.
«No se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín» (Mt 5, 15). Dios, que hace brillar en el cielo a tantas estrellas, sabe el momento adecuado para glorificar a sus justos en el firmamento de la historia.
He aquí, pues, en esta fisonomía, una luz: ¡Lucilia! Innumerables testimonios demuestran cómo ella ya está cintilando en el interior de los corazones, como un
verdadero eslabón luminoso que une a sus devotos con la Virgen y el Sagrado Corazón de Jesús.
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Notas
1 Hermelino Busarello, fallecido el 15 de abril de 2020.