Esencialmente igualitaria y sensual, la Revolución se subleva a lo largo de los siglos contra toda forma de verdad, de belleza y de bondad. Su objetivo último, condenado a un inevitable fracaso, es destronar al propio Dios.
Por otro lado, la Santa Iglesia Católica tiene la misión de perpetuar la acción de presencia del divino Maestro entre los hombres, conduciéndolos al puerto seguro de la salvación eterna y promoviendo, siempre, la mayor gloria del Creador.
Así, «el gran blanco de la Revolución es, por tanto, la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, maestra infalible de la verdad, tutora de la …