El Rey de los Cielos se dirige al rey de Francia
En junio de 1689 Santa Margarita María Alacoque escribe una misiva a su superiora en la que narra un mensaje sobrenatural que había recibido recientemente del Sagrado Corazón de Jesús. Era un recado que debía transmitir a Luis XIV. El Rey de los Cielos se dirigía al monarca en los siguientes términos: «Haz saber al hijo mayor de mi Sagrado Corazón que así como se obtuvo su nacimiento temporal por la devoción a los méritos de mi sagrada infancia, así alcanzará su nacimiento a la gracia y a la gloria eterna por la consagración que haga de su persona a mi Corazón adorable, que quiere alcanzar victoria sobre el suyo, y por su medio sobre los de los grandes de la tierra. Quiere reinar en su palacio, y estar pintado en sus estandartes y grabado en sus armas para que queden triunfantes de todos sus enemigos, abatiendo a sus pies a esas cabezas orgullosas y soberbias, a fin de que quede victorioso de todos los enemigos de la Iglesia».2 ¿A quién le había concedido antes el propio Hombre-Dios semejante dicha? ¡Cuánta intimidad, cuánto amor, cuánta promesa! El camino de la restauración de Francia habría de empezar en el alma del rey, un hombre verdaderamente elegido y predilecto… ¡el «primogénito» del Corazón de Jesús!El rey «dado por Dios»
El Señor alude, en su misiva, a «dos nacimientos» del rey Luis XIV, ambos estrechamente vinculados a designios providenciales. Analicemos uno y otro. Tras el matrimonio de Luis XIII con Ana de Austria, en 1615, los años transcurrieron sin que a Francia le naciera un delfín, debido a la esterilidad de la reina. Además, el temperamento de Ana de Austria, de genio firme e impetuoso, no se adaptaba mucho a los hábitos fríos y tímidos de Luis XIII, lo que hacía aún más difícil la relación entre ambos. No obstante, la noche del 3 de noviembre de 1637, un fraile agustino llamado Fiacre, mientras estaba orando en su celda de un convento de París, es agraciado con una visión celestial: la Santísima Virgen le presenta al niño que Dios quería darle a la corona de Francia. Pero para alcanzar tal favor era necesario que la reina rezara una novena en honor de Nuestra Señora de las Gracias, cuya imagen se veneraba en el santuario de Cotignac. Y las oraciones son escuchadas: después de veintitrés años de esterilidad, Ana de Austria da a luz al pequeño Luis, quien, por su nacimiento providencial, recibe como segundo nombre Dieudonné, es decir, «dado por Dios».Rumbo a la conversión
Había sido manifestada en su nacimiento terrenal la predilección celestial de la que fue objeto. Pero el rey todavía necesitaba un segundo «nacimiento», «a la gracia y a la gloria», pues la desastrosa crisis moral que campaba en la corte tenía en Luis XIV, infelizmente, un modelo lamentable. Desdeñando los compromisos matrimoniales, el monarca se hundió en una vida disoluta, indigna del augusto título de Rey cristianísimo. Sus actitudes corroboraban, con el «sello real», los desatinos similares de sus hidalgos. Sin embargo, el Sagrado Corazón de Jesús preparaba a esa alma escogida para recibir su llamamiento con generosidad. Tras la muerte de la reina Teresa de Austria, el rey contrajo segundas nupcias, en 1683, con Madame de Maintenon, mujer discreta y de marcada religiosidad. Esta dama ejerció una benéfica influencia sobre el monarca, lo incitó a las prácticas de piedad y le ayudó a ordenar su vida moral. De hecho, su gran ambición era convertir al rey y en gran medida lo consiguió, favoreciendo las mejores disposiciones de su esposo para que escuchara y respondiera al llamamiento celestial que en seis años le sería dirigido.El bandazo que podría cambiar la historia
En una carta de agosto de 1689 a su superiora, Santa Margarita María reitera, de manera aún más explícita, lo que había escrito en junio: el adorable Corazón de Nuestro Señor quiere realmente «establecer su imperio en la corte de nuestro gran monarca, de quien desea servirse para […] levantar un edificio donde se coloque el cuadro de este divino Corazón para recibir en él la consagración y el homenaje del rey y de toda la corte. Además, este divino Corazón quiere ser el protector y defensor de su sagrada persona, contra todos sus enemigos visibles e invisibles, de los cuales quiere defenderle, y asegurar su salvación por este medio; por lo cual le ha escogido como a su fiel amigo para que consiga autorización de la Santa Sede apostólica para que se pueda decir la misa en su honor, y obtenga al mismo tiempo los otros privilegios que han de acompañar a esta devoción del Sagrado Corazón».3 Pequeños actos pueden tener grandes consecuencias, especialmente cuando son realizados por almas muy llamadas. ¿Qué sucedería si el rey de Francia materializara su consagración al Rey de reyes? Todo indica que los hilos que rigen la historia pasarían, entonces, por las manos del rey Dieudonné, y que su manejo definiría el futuro de Occidente. Pero la consagración no se llevó a cabo. ¿Razones? Las hipótesis son innumerables… Ni siquiera sabemos con certeza si el mensaje, que debería haber sido transmitido al confesor del rey, el padre De la Chaise, y, a través de él, al monarca, llegó a su destino. En 1789, precisamente cuando se cumplía un siglo del llamamiento divino a Francia, resonaban por las calles de París los gritos de las turbas rebeldes y la sangre comenzaba a correr, en abundancia, sobre suelo francés.
«Rouget de Lisle y soldados de la República cantan “La marsellesa”», de Henri Gervex - Museo de la Revolución Francesa, Vizille (Francia).
Notas
1 Frase pronunciada por el Señor a Santa Margarita María, en una aparición de junio de 1675.
2 SAENZ DE TEJADA, SJ, José María. Vida y obras principales de Santa Margarita María de Alacoque. Madrid: Cor Jesu, 1977, p. 242.
3 Ídem, p. 257.