El siglo iv fue una época de guerra, y del peor tipo que existe: la que se libra en tiempos de paz. La persecución de los cristianos por parte del paganismo romano había cesado con los edictos imperiales que concedían libertad a la Iglesia. Pero entonces surgió la amenaza de las amenazas, más cruel que el fuego, el hierro o las fieras: una aparente seguridad. Con ella nació el peligro para los cristianos. Pertenecer a la Iglesia, antaño tan ignominioso, pasó a ser motivo de prestigio. En las huestes de Jesús ya no se alistarían sólo los …