En cierta ocasión, rebuscando en uno de los cajones del escritorio de mi abuela,1 descubrí entre un montón de papeles viejos algo que nunca había visto: una alargada fotografía que representaba un cortejo papal. Era parte de una serie de postales, que formaban un desplegable a todo color, en el que se veía la basílica de San Pedro desde la entrada hasta el fondo, las columnas de Bernini2 alrededor del altar y el trono del Papa.

En la fotografía del cortejo aparecían, punto por punto, los cardenales, varios dignatarios y la Guardia Suiza, en una ceremonia celebrada …