No hay nada más encantador que la escena del Evangelio en la que encontramos a Nuestro Señor Jesucristo rodeado de niños deseosos de que el Salvador «les impusiera las manos y orase [por ellos]» (Mt 19, 13). Los discípulos, preocupados por la tranquilidad del Maestro, intentan apartarlos… Sin embargo, Jesús los reprende y llama a los pequeños, los bendice imponiéndoles las manos e incluso los abraza. En esta ocasión se manifiesta esa ternura característica que la piedad popular presenta en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, modelo de dulzura y bondad. En circunstancias muy diferentes, los …