Lugar sagrado y privilegiado
Desde que el papa Gelasio I dio, en el año 493, su consentimiento a la dedicación de la cueva de las apariciones del arcángel San Miguel como lugar de culto e hizo su primera visita, concediendo la indulgencia del «perdón angélico», una serie de romanos pontífices siguieron sus pasos para venerar este lugar sagrado. Entre ellos se encuentran Agapito I, León IX, Urbano II, Inocencio II, Celestino III, Urbano VI, Gregorio IX, San Pedro Celestino y Benedicto IX. Numerosos santos también han venido aquí a buscar fuerza y consuelo. Recuerdo a San Bernardo, San Guillermo de Vercelli, fundador de la abadía de Montevergine, Santo Tomás de Aquino, Santa Catalina de Siena; entre estas visitas continúa siendo célebre y está viva hasta hoy la que hizo San Francisco de Asís, que vino aquí en preparación para la Cuaresma de 1221. La tradición cuenta que, considerándose indigno de ingresar en la cueva sagrada, se detuvo en la entrada, grabando una señal de la cruz en una piedra. Esta animada y nunca interrumpida concurrencia de peregrinos ilustres y humildes, que desde el comienzo de la Alta Edad Media hasta nuestros días han hecho de este santuario un lugar de encuentro para la oración y la reafirmación de la fe cristiana, indica cuánto es sentida e invocada por el pueblo la figura del arcángel Miguel, que es el protagonista en muchas páginas del Antiguo y del Nuevo Testamento, y cuánto necesita la Iglesia de su celestial protección; de él, que es presentado en la Biblia como el gran luchador contra el dragón, el líder de los demonios.
Reivindicador de los derechos divinos y patrón de la Iglesia
Leemos en el Apocalipsis: «Y hubo un combate en el Cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón, y el dragón combatió, él y sus ángeles. Y no prevaleció y no quedó lugar para ellos en el Cielo. Y fue precipitado el gran dragón, la serpiente antigua, el llamado diablo y Satanás, el que engaña al mundo entero; fue precipitado a la tierra y sus ángeles fueron precipitados con él» (12, 7-9). El autor sagrado, en esta dramática descripción, nos presenta el episodio de la caída del primer ángel, seducido por la ambición de llegar a ser «como Dios». De ahí la reacción del arcángel Miguel, cuyo nombre hebreo ¿Quién como Dios?, reivindica la unicidad de Dios y su inviolabilidad.Aunque fragmentarios, los relatos de la Revelación sobre la personalidad y el papel de San Miguel son muy elocuentes. Él es el arcángel (cf. Jds 1, 9) que reivindica los derechos inalienables de Dios. Es uno de los príncipes del Cielo elegido para custodiar al pueblo de Dios (cf. Dan 12, 1), de donde surgirá el Salvador. Ahora el nuevo pueblo de Dios es la Iglesia. He ahí la razón por la cual ella lo considera su protector y sostenedor en todas sus luchas por la defensa y la difusión del Reino de Dios en la tierra. Es cierto que «el poder del infierno no la derrotará», como lo asegura el Señor (Mt 16, 18), pero esto no significa que estemos exentos de pruebas y batallas contra las asechanzas del Maligno.La afluencia de peregrinos al santuario de San Miguel, desde la Edad Media hasta nuestros días, muestra cuánto necesita la Iglesia de su protección en las luchas
Batalla multimilenaria y siempre actual
En esta lucha, el arcángel Miguel está al lado de la Iglesia para defenderla contra todas las iniquidades del mundo, para ayudar a los fieles a resistir al diablo que «como león rugiente, ronda buscando a quien devorar» (1 Pe 5, 8).
Fragmentos de: SAN JUAN PABLO II. Discurso al pueblo de Monte Sant’Angelo, 24/5/1987– Traducción: Heraldos del Evangelio.