Su pregunta, João, es muy buena, pues demuestra fe, humildad y gran sumisión a Dios, cualidades poco comunes en nuestros días… Podríamos reformularla así: «Hay pasajes del Antiguo Testamento que no entiendo, pero si el Señor lo hizo de esa manera, sólo puede ser bueno. Simplemente me gustaría entender la razón de sabiduría que lo llevó a actuar de ese modo».

Lo primero que hay que evitar es pensar que existen dos «dioses», uno del Antiguo Testamento y otro del Nuevo, o que el Altísimo cambió su «forma de ser» con la encarnación. Como afirma el apóstol Santiago, «en Dios no hay variación ni sombra de mutación» (1, 17).

Consideremos que en el Antiguo Testamento hay conmovedoras manifestaciones de la bondad divina: «¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta del resto de tu heredad? No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia» (Miq 7, 18); «¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré» (Is 49, 15).

La palabra misericordia aparece más de doscientas veces en el Antiguo Testamento, dejando claro que Dios siempre ha sido «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia» (Sal 102, 8) y su longanimidad para con el pueblo elegido resulta admirable, en medio de tantas infidelidades.

La diferencia con el Nuevo Testamento reside en la pedagogía utilizada con aquella gente de corazón duro (cf. Mt 19, 8). Dios quería mostrarles a los pueblos antiguos la gravedad del pecado, pues sus iniquidades los hacían crueles entre ellos y con sus propios conterráneos. Aún no había empezado el «régimen de gracia» (cf. Rom 6, 14), inaugurado con Nuestro Señor Jesucristo.

Por lo tanto, los pasajes «duros» del Antiguo Testamento deben interpretarse como acciones infinitamente sabias de un Dios bondadoso, pero que sabe mostrar la justicia adecuada a cada situación.