A lo largo de la Historia hay momentos en los que la misericordia de Dios reluce con un candor que nos encanta; en otros, sin embargo, irradia su cólera majestuosa… ¿Cuál es el sentido de esa alternancia?
Alternancia entre castigo y bondad
Al analizar la acción de Dios en la Historia nos damos cuenta de que hay magníficas alternaciones de misericordia y de santa cólera; y ambas nos encantan. ¿Cuál es el sentido de esa alternancia? ¿Podemos captar el punto de vista desde el cual se distribuyen la cólera y la indignación o saber cuándo nos estamos acercando a éstas o a la misericordia? En este valle de lágrimas, estando en el apogeo de la misericordia se nos puede plantear una asombrosa indagación: «¿Cuánto tiempo durará? ¿Hasta cuándo esa bondad seguirá mis pasos, tolerando mis infidelidades?». Y en la cúspide de la prueba puede despuntar en nosotros una pregunta llena de esperanza: «¿Hasta dónde irá esta prueba? ¿No va a venir enseguida el día de la misericordia? Quién sabe si al doblar la esquina, al pasar una página de un libro, al rezar la siguiente cuenta del Rosario, al recibir la comunión de hoy, no se presentará el momento de la misericordia…». A veces, la misericordia llega sin hora señalada: no percibimos que se acerca y, de repente, nos sentimos inundados por ella. Y todo a nuestro alrededor se vuelve suave. ¿Cómo coger el hilo del asunto de modo que estemos fuera del ovillo de la justicia y dentro de la maraña de la misericordia? ¿Cómo descifrar esto a nuestros pobres ojos de mortales?Acariciado por Dios en la brisa de la tarde
La clave del enigma está en algo más profundo. Figurémonos las bellezas del paraíso terrenal. Podemos imaginar lo que la naturaleza paradisíaca tenía de embriagador, de recto, de apropiado a erguir y elevar al auge todas las inocencias. Por otra parte, existía el paraíso interno del hombre. Su alma inocente, al pasear por el Edén, entraba en comunicación con todo cuanto era santo, bueno, verdadero y bello. Por la tarde soplaba la brisa y Dios iba a conversar con Adán. Tanto como nuestra inteligencia humana limitada por el pecado original puede entrever, o bien Él se manifestaba a Adán directamente —pero socorriéndolo, mísera criatura en las manos del Creador, para que no desfalleciera—, o bien, por el contrario, sin mostrarse lo ayudaba a considerar todas las cosas: algún pobre rubí tirado en el suelo, un pájaro de oro, un águila que parecía hecha de esmalte, un colibrí más delicado y dulce que todos los colibrís de la tierra. Adán miraba todo aquello encantado y el Creador le soplaba al oído: «Este ser me explica de esta manera; aquel, de tal otra». Y Dios, cuya ciencia es infinita, penetraba hasta el fondo de su alma, veía sus reacciones, las amaba y las producía, una tras otra, con la complacencia con la que un artista talla una piedra y va componiendo una joya. El Altísimo formaba así la mentalidad de Adán, el primer hombre, en el cual estaba contenido todo el género humano. Podemos imaginarnos muy bien la ternura de Dios para con él. Sin embargo, hubo un momento arcano en el que lo admirable cambió de color y pasó de luminoso a misterioso. Y, si acaso esto se puede decir de Dios, éste se apartó de su obra maestra, se distanció y dejó a Adán solo.El Creador da paso al Juez
La misericordia se condensa en justicia
A medida que el hombre va cediendo, toda la misericordia que se le ha dispensado se levanta ante Dios y clama justicia: «Te he dado esto, he hecho esto otro, te he enseñado, explicado, acariciado, en tal día y en tal otro. Ahora quiero saber qué provecho sacas de todo eso. Entra en mi presencia y actúa. Ha llegado el momento de que pagues lo que recibiste. Más aún, por lo mucho que te he dado, te exijo poco; pero lo poco que te reclamo tiene este corolario: ¡quiero todo lo que estoy reivindicando!».
Iglesia de Santa María Novella, Florencia (Italia)
Dios le pide a su Hijo que derrame toda su sangre
Hubo después milenios y milenios de misericordia, intercalados de manifestaciones de justicia. Basta pensar en estos dos grandes actos de justicia: la expulsión de Adán y Eva del paraíso y la exigencia de la sangre de Cristo para redimir al género humano. Una gota de sangre infinitamente preciosa de Nuestro Señor daría para rescatar al género humano. No obstante, el Padre quiso que Jesús la derramara por completo; y de tal modo que cuando no quedaba sino una mezcla de agua y sangre en su sagrado cuerpo viene el centurión Longino y lo traspasa con una lanza, alcanzando enseguida el corazón, el símbolo del amor. ¡Hasta ahí llega el golpe asestado por los hombres! Y aún salió una especie de linfa, que es la última gota redentora. Se podría decir: «¡A fin de cuentas, está todo pagado!». Tendría mérito para estarlo; y para ello habría bastado la circuncisión. Pero si el Niño Jesús se hubiera herido en un rosal, igualmente una gota de su sangre preciosa habría rescatado al género humano y aplacado la cólera de Dios. Aunque Él quiso más. A pesar de que la Redención obrada por Nuestro Señor Jesucristo tuvo un mérito infinito, Dios quiso que hubiera una confianza-redentora: Nuestra Señora, que era inmaculada, sufrió con confianza todos los dolores, todos los tormentos, para ayudar a redimir al género humano. Pero todavía hay más. En la Misa el sacrificio de la cruz se renueva para la humanidad ya rescatada y así continuará siendo hasta el fin del mundo. Ante estas consideraciones podríamos preguntarnos: ¿qué tamaño tiene la cólera divina? Por así decirlo, nos hace perder el habla… Sin embargo, cabría acrecentar aún: ¿y el de su misericordia? En efecto, Dios mantiene su designio. Sujeta a todos los hombres al pecado original, pero exime de él a la Santísima Virgen para poder salvarlos. Vemos cómo la misericordia se explaya a perder de vista; y también la justicia. Nuestro entendimiento se queda abismado cuando mira hacia la misericordia y lo mismo ocurre cuando considera la justicia. Exclamamos: «Pero, Señor, ¡tanta misericordia!». Y enseguida: «Pero, Señor, ¡tanta justicia!». Esto es porque somos muy pequeños. Deberíamos, en realidad, decir: «¡Señor, qué infinito sois en vuestra misericordia e infinito en vuestra justicia!».La misericordia de Dios para con Adán y Eva
Adán y Eva pasan a la tierra y entonces comienza la historia de los hombres. Sucede el episodio del fratricidio de Abel por Caín y todo lo demás. Eva ve a su hijo asesinado por otro hijo suyo. No conocía la muerte y empieza conociéndola ante el rostro de su hijo predilecto.
Catedral de Santa María de la Asunción, Barbastro (España)