La Casa que Dios se construyó para sí
Tal vez el grandioso Templo de Salomón, edificado siglos después por manos peritas, pero humanas, con maderas preciosas, pero perecibles, haya sido el más esplendoroso reflejo de la «casa de Dios» que Jacob contempló en aquella ocasión. Sin embargo, la verdadera Casa de Dios tiene a Él mismo como arquitecto y su memoria no perecerá: todas las generaciones la proclamarán bienaventurada (cf. Lc 1, 48), porque aquel a quien los Cielos y la tierra no han podido contener, se recogió en su seno. Ese templo es María Santísima, en el que «habitó Dios, no sólo por naturaleza, por esencia, presencia y potencia, como en el mundo; no sólo por la gracia, por la fe, esperanza y caridad, como en la Iglesia; no sólo por la gloria, por la visión del sumo bien, la fruición y posesión perpetua de aquel infinito tesoro, como en el paraíso; sino que está en ella por inhabitación corporal».2 Aunque en el tiempo María no haya sido la primera de las criaturas que salió de las manos del Altísimo, incluso antes de que los peces pulularan en las aguas, las aves surcaran el aire y los frutos se multiplicaran en la tierra dadivosa, Dios ya sabía su nombre y la había escogido para sí. No es otra la enseñanza de la Santa Iglesia, expresada por Pío IX en la bula Ineffabilis Deus: «[El Creador] eligió y señaló, desde el principio y antes de los tiempos, una Madre, para que su unigénito Hijo, hecho carne de Ella, naciese, en la dichosa plenitud de los tiempos, y en tanto grado la amó por encima de todas las criaturas, que en sola Ella se complació con señaladísima benevolencia».3¿Quién como María?
Alegoría de la Virgen como Puerta del Cielo – Iglesia de San Patricio, Eskaheen (Irlanda)Bendita por su fruto y por su santidad
San Buenaventura6 enseña que se puede contemplar a la Santísima Virgen bajo tres aspectos: en la gracia de su concepción, en la gracia de la santificación y en su naturaleza corporal. A pesar de ser hija de Eva, Nuestra Señora no heredó la naturaleza degradada por el pecado, y sus cualidades humanas son excelentes en grado sumo. Basta mencionar que su inteligencia, por ejemplo, además de robustecida por la ciencia infusa, es tan penetrante y abarcadora que supera a la de todos los sabios de la Historia, como explica San Bernardino de Siena: «¿Cuán grande es la diferencia entre vuestro entendimiento y el de María? Tan enorme como la de entender qué es una pata de una mosca y comprender todas las cosas. […] Pero pongamos un ejemplo mejor: tomemos el entendimiento de todos los hombres instruidos y consideremos lo que ellos comprenden acerca de las criaturas de Dios, y aún agregando a San Agustín, quien dijo tantas cosas nobles de ellas, digo que todo eso no es nada en comparación con el entendimiento de María».7 Sobre esta naturaleza sin mancha, Dios derramó gracias abundantes e insondables, como indica la salutación que el arcángel San Gabriel le dirigió en la Anunciación: «Llena de gracia». Para comprender la realidad expresada en la palabra llena, hay que considerar el tamaño del envase. Un dedal puede estar repleto, es verdad, pero no abarcará la misma cantidad que un gran barril que esté, también él, completo hasta el borde. Ahora bien, ¿cuál sería el volumen del tesoro guardado en un «recipiente» capaz de contener al Infinito, al mismo Dios? Eso es María y así vislumbramos la grandeza a la cual nos referimos al llamarla «llena de gracia».8 Los Padres —latinos y griegos— no osaron, en su sabiduría, medir la gracia que habita en el alma de María, al considerarla un abismo insondable para quien no sea Dios.9
«La escalera de Jacob» – Iglesia de San Pedro, Hamburgo (Alemania)Casa de Dios… ¡y Puerta del Cielo!
Para que se entienda mejor la inconmensurable bondad de la Santísima Virgen, recordemos un hecho narrado por Dña. Lucilia Corrêa de Oliveira. De niña vivía en una casa espaciosa y digna, en la pequeña localidad de Pirassununga, en el estado de São Paulo. Su padre era abogado y defendía diversas causas en la región, garantizando una existencia honrada para los suyos. Sin embargo, se dio cierta circunstancia en la que los ahorros de la familia se agotaron y le quedó una única moneda… Sereno porque la despensa se encontraba abastecida, prosiguió su rutina familiar, a la espera de que mejorara la situación. Entonces fue cuando llamó a la puerta de la casa un mendigo que, implorando caridad, extendió su sombrero. El cabeza de familia cogió aquella última moneda y, confiando en que Dios cuidaría de su futuro, se la dio a aquel hombre. Ahora bien, Nuestra Señora no tiene una única moneda, sino la plenitud de la santidad. E incomparablemente mayor que la compasión del padre de Dña. Lucilia en aquella ocasión, es la misericordia de María cuando, con humildad, le extendemos a Ella la mano y suplicamos auxilio. En el sueño de Jacob, por la escalera bajaban y subían ángeles; por María, bajó a la tierra el propio Dios y por Ella todos los hombres pueden subir sin temor hasta el Altísimo. Al ser Madre de Cristo, Nuestra Señora se convirtió en el eslabón que unió Dios al hombre y, en consecuencia, el hombre a Dios. No es solamente la «Casa de Dios», sino también la «Puerta del Cielo».
La Virgen con el Niño – Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, Lanquais (Francia)Notas
1 Véase al respecto el artículo La promesa de Abrahán en manos de una mujer, en las páginas 24 y 25 de la presente edición.
2 SAN LORENZO DE BRINDIS. Marial: María de Nazaret, Virgen de la plenitud. Madrid: BAC, 2004, pp. 103-104.
3 PÍO IX. Ineffabilis Deus, n.º 1.
4 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q. 25, a. 6, ad 4.
5 Cf. SAN ANSELMO DE CANTERBURY. Oratio VII. In: Obras completas. Madrid: BAC, 1953, v. II, p. 318.
6 Cf. SAN BUENAVENTURA. In I Sent., dist. 44, dub. 3. In: Opera Omnia. Parisiis: Ludovicus Vivès, 1864, v. II, p. 161.
7 SAN BERNARDINO DE SIENA. Sermons. Siena: Tipografia Sociale, 1920, p. 103.
8 Cf. CONRADO DE SAJONIA. Speculum Beatæ Mariæ Virginis. Florentiæ: Quaracchi, 1904, pp. 60-61.
9 Cf. TERRIEN, SJ, Jean Baptiste. La Madre de Dios y Madre de los hombres: según los Santos Padres y la Teología. Madrid: Voluntad, 1928, v. II, pp. 243-244.
10 PÍO IX, op. cit.
11 SAN BERNARDO DE CLARAVAL. Sermón en el domingo de la octava de la Asunción. In: Obras completas. 2.ª ed. Madrid: BAC, 2006, v. IV, p. 397.
12 SAN JUAN DAMASCENO. Or. I. In Dormit., apud ALASTRUEY, Gregorio. Tratado de la Virgen Santísima. 3.ª ed. Madrid: BAC, 1952, p. 719.
13 BASILIO DE SELEUCIA. Or. in Annunt., apud ALASTRUEY, op. cit., p. 719.
14 SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n.º 1.