Tenía unos 11 años cuando tuve la gracia de encontrarme por primera vez con Don Rinaldi en el Oratorio festivo de las Hijas de María Auxiliadora de Turín. Todas lo llamaban con el cariñoso título de «Sr. Director»; todas corrían hacia él alegremente, como hijas a su padre. Su semblante austero, pero al mismo tiempo tan paternal, su sonrisa bondadosa y su mirada, que se posaba especialmente en las más pequeñas, me hicieron pensar de inmediato en Don Bosco, de quien ya había oído hablar; me acerqué tímidamente, como todas las demás, para besarle la mano y …