La concepción de María es como el primer origen de la sangre de Jesús. Aquí es donde este hermoso río comienza a extenderse, este río de gracias que corre en nuestras venas por los sacramentos y que lleva el espíritu de vida a todo el cuerpo de la Iglesia.
En la concepción de la Santísima Virgen empezó la historia de nuestra redención. Es la liberación de quien era esclavo del demonio y se entrega enteramente a Jesucristo, por las manos de la Santísima
Virgen. ¡Somos hijos de María Inmaculada! Y si tenemos aprecio por nuestra madre natural, mucho mayor debe ser nuestro amor por la que es Madre de nuestra vida sobrenatural.
Llenos de gratitud, pidámosle a Ella que, así como triunfó sobre el pecado, triunfe en nuestra alma, infundiéndole un rayo de su inmaculabilidad.