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Una luz salvadora…

Parado en la oscuridad y sin saber qué hacer ni qué camino tomar, Peter se acordó de rezar las tres avemarías de la promesa que hizo en su infancia. ¡Cuánta nostalgia sentía de aquella época!

Marcela María Gómez García

Peter era un niño al que le gustaba contemplar el cielo estrellado, las puestas de sol y los relámpagos de las tormentas. Había nacido en el seno de una familia muy católica, en una aldea conocida por sus altos peñascos y frondosos bosques, por los que solía andar y jugar. Le encantaba imaginar a los ángeles gobernando los elementos de la naturaleza, como había aprendido en las clases de catecismo.

Durante una agradable mañana de primavera, mientras paseaba entre los árboles, sintió una fuerte inspiración, sin duda angelical, que le llevó a hacer la promesa de rezar todos los días de su vida tres avemarías: una para pedirle a la Virgen que lo protegiera, otra para rogarle a San José que lo asistiera a la hora de su muerte y la tercera para que su ángel de la guarda lo librara de desviarse del camino del bien.

Pero con el paso del tiempo fue arrastrado por la mala influencia de otros niños y sus relaciones con lo sobrenatural acabaron enfriándose. A los 18 años ya había abandonado los sacramentos y dejado de ir a Misa, aunque no había perdido la costumbre de rezar las tres avemarías de su promesa.

Por aquel entonces su país entraba en guerra y urgía reforzar con voluntarios su debilitado ejército. Un vistoso pelotón de reclutamiento pasó por la aldea de Peter invitando a todos los jóvenes a que se unieran a ellos, prometiendo fama y poder a quien se alistara. El joven no dudó de tan seductora propuesta y se incorporó a la tropa.

Entre otras cualidades, Peter poseía un peculiar talento para orientarse por lugares difíciles y una gran capacidad de liderazgo. Por eso fue puesto al frente de su unidad y pronto ascendió a capitán. Comandaba una valiente compañía, la cual se había distinguido en batallas muy reñidas; y junto con el crecimiento de su prestigio militar, su orgullo también iba aumentando. Sin embargo, en el fondo de su corazón sentía un vacío que parecía sofocarlo…

Un día, en medio del fragor de una terrible contienda, el joven oficial se vio en un enorme apuro: su destacamento estaba rodeado de enemigos. Tan precaria era la situación que no le quedaba otra alternativa que atravesar el cerco por la noche, huir sin ser vistos y alcanzar sigilosamente el cuerpo de su propio ejército No obstante, esto equivaldría a reconocer un vergonzoso fracaso. La fama que Peter había conseguido como brillante militar sufriría un tremendo golpe.. Sería la primera vez que no lograría realizar con éxito una de las misiones que le había sido confiada.

¡Su arrogancia ganó a la razón! Ahogando la voz de la conciencia, decidió llevar a cabo una maniobra diferente y temeraria, para lo cual ordenó:

¡Avancemos! Adentrémonos en el bosque y cerquemos al enemigo por la espalda. Tal vez todos moriremos sin gloria y sin obtener ningún provecho para nuestra patria, pero nadie podrá decir que fuimos cobardes.

Creyéndose eximio conocedor del campo de batalla, se internó con su escuálido pelotón por escarpados atajos. Conforme iban andando la floresta se volvía más espesa. Cuando cayó la noche, ¡estaban completamente perdidos! Ni siquiera tenían una brújula con la que guiarse o una linterna que iluminara el sendero. Era imposible salir de allí…

Parado en la oscuridad y sin saber qué hacer ni qué camino tomar, Peter se acordó de rezar las tres avemarías de su promesa. El cielo, de un azul marino aterciopelado y repleto de estrellas, le recordaba sus paseos y oraciones que hacía de pequeño. ¡Cuánta nostalgia sentía de aquella época!

Al terminar de rezar, uno de los soldados que lo acompañaba divisó un resplandor, sin lograr distinguir exactamente de donde provenía. Fatigado y temeroso, exclamó:

¡Mirad allí! Se acerca una luz… ¡Debe ser el enemigo!

Alertados por la voz del centinela, los soldados se fueron agrupando sin hacer ruido, listos para repeler el ataque.

A medida que la luz se hacía más fuerte, las sombras del bosque se desvanecían, permitiendo ver los árboles con claridad. Nada en el ambiente hacía sospechar de una embestida enemiga. Los soldados, por el contrario, se sentían inundados por una paz inesperada.

De repente, Peter salió corriendo en dirección a un claro y se arrodilló ante lo que parecía ser el foco de aquella luz intensa y benéfica. Sus compañeros de armas se detuvieron a una respetuosa distancia, en previsión de que algo de extraordinario iba a suceder.

Por una gracia mística, Peter vio delante de él a una Señora vestida con el escapulario del Carmen, toda inundada de luz, y que llevaba en su brazo derecho al Niño Jesús. No obstante, Él no sonreía y le volvía la cara. Parecía que estuviera disgustado con el comportamiento de ese arrogante militar, cuya piedad en la infancia y juventud le había dado tantas consolaciones.

Cayendo en sí, Peter empezó a llorar. Y entre llantos y sollozos, exclamó:

¡Qué desgraciado soy! Salí en busca de poder y fama y ahora me siento triste y vacío… ¡Perdóname, Señor mío, por haberme alejado de ti! ¡María Santísima, ten piedad de este miserable que soy yo!

Llena de compasión, la Virgen Inmaculada miraba hacia su divino Hijo y le decía:

Mira, Hijo y Señor mío, qué sincero es el arrepentimiento de este pecador. ¿No te gustaría perdonarlo por amor a mí? Cautivado por las palabras de su Madre Santísima, el Niño Jesús hizo un noble gesto de asentimiento y empezó a sonreír. Entonces Ella se volvió hacia Peter y le dijo:

Gracias a las tres avemarías que rezabas todos los días, he podido interceder para que mi Hijo te concediera ahora esta gracia de conversión. Promete que harás una buena confesión y que no pecarás más contra Él. Mi Hijo y yo estaremos a tu lado hasta que la guerra termine.

En ese momento desapareció…

Peter contó a los soldados, que lo escuchaban extasiados, lo que había ocurrido. A continuación el explorador de la compañía regresó lleno de júbilo: no estaban lejos del conjunto de su ejército. Una senda discreta, bien escondida en medio de los árboles, conducía directamente hasta él.

Unas semanas más tarde ganaron la guerra. Peter volvió a su aldea completamente cambiado. Se convirtió en un ardentísimo devoto de la Virgen y pasó el resto de su vida dando testimonio de Aquella que no sólo lo salvó de una situación sin salida, sino que, con un admirable acto de bondad, le obtuvo la salvación de su pobre alma.

¿Debemos juzgar por las apariencias?

Los verdugos lo colgaron de la cuerda y se quedaron a la espera de su muerte. Muchos de los asistentes se alegraban, pues por fin ese jorobado tan desagradable no volvería a molestarles. Pero el tiempo pasaba y el reo no moría…

Hna. Ariane Heringer Tavares, EP

Una limosna, por el amor de Dios. Una limosna…

-Ya te he dicho que no tengo nada.

-¡Fuera de aquí so perezoso! ¡No molestes más!

Reprensiones y humillaciones como ésas formaban parte del día a día de Lucrecio, un pobre jorobado que  llevaba muchos años vagando por aquella pintoresca ciudad entre colinas.

Nadie sabía a ciencia cierta su origen: algunos decían que había sido abandonado por sus padres siendo aún muy pequeño, porque no tenían condiciones de mantenerlo o quizá, porque nació con esa irreversible deformación… Meras hipótesis, pues ni él mismo sabía de dónde venía.

Había salido numerosas veces en busca de empleo, para poder ganarse lo suficiente para subsistir, pero a causa de su cuerpo deformado siempre recibía la misma respuesta:

-¡¡¡No!!!…

Ni siquiera tenía un sitio donde cobijarse. Vivía al aire libre, refugiándose ora en alguna cueva, ora en casa de alguna alma caritativa, lo cual era extremadamente raro. Se podía decir que Lucrecio era un monumento de desdichas. Todos lo rechazaban, no conseguía nada de lo que deseaba y con muchísima dificultad obtenía el pan de cada día.

Sin embargo ese pobre hombre era portador de un alma de oro, resignada con la voluntad de Dios y muy devota de su Santísima Madre. Mientras iba andando por las calles, con saco bastante gastado donde ponía lo que le daban, solía rezarle a María pidiéndole que bendijera su jornada. Tenía tanto entusiasmo por la Virgen de las vírgenes que era frecuente verlo improvisando canciones en su honor.

Un día decidió marcharse a una zona de la ciudad que no acostumbraba frecuentar, pues en el sitio donde hasta entonces mendigaba diariamente se le habían cerrado todas las puertas. ¿Sería esto una actitud prudente? Si donde ya lo conocían le negaban ayuda, ¡imaginemos cómo sería tratado en un lugar donde nunca lo habían visto! Pero no tenía otra salida: o se exponía a correr ese riesgo, o moriría de hambre… Se echó su vacío saco al hombro y empezó su lento caminar.

Subiendo por aquí, bajando por allá, Lucrecio iba recorriendo senderos desconocidos. Poco a poco se fue dando cuenta de que el panorama que se desvelaba ante sus ojos era bien diferente: las casas eran más grandes y más bonitas, las ventanas adornadas con flores, las calles empadradas. Entonces dijo para sí:

-En casas tan grandes como esas debe de haber mucho espacio… Ya se está haciendo de noche y no he conseguido ni un pedazo de pan. ¡Virgen Santísima, váleme! ¿No será que alguien de aquí me hospedaría?

Resolvió probar suerte llamando a la puerta de la casa más cercana. Tras unos instantes  de silencio, se oyó la suave voz de una mujer. Se trataba de una rica viuda, Margarita, que vivía allí con su único hijo, Leopoldo, que se encontraba de viaje.

-¿Quién es? –preguntó.

-Una limosna, por caridad, o al menos algo para comer…

-Espera un momento.

La puerta se abrió y Margarita le entregó unos panes. Pero al ver su cansada y sufrida fisonomía, y además su enorme joroba, tuvo compasión.

-Entra. Creo que es conveniente que pases la noche aquí. A estas horas las calles son muy peligrosas.

Lleno de alegría, aunque estupefacto por tan generosa recepción, Lucrecio le contó un poco de su historia y entró en la casa, donde la fue servida una deliciosa cena y preparada una habitación para dormir.

A la mañana siguiente, agradeció efusivamente la acogida y, despidiéndose, ya se marchaba para continuar con su vida de mendigo.

-¿A dónde vas ahora? –le preguntó Margarita.

Y no obtuvo respuesta…

-¿Qué opinas de trabajar aquí? Me parece que en el jardín habría mucho que hacer.

Lucrecio no se podía creer lo que estaba escuchando y aceptó la propuesta. ¡Era una respuesta a sus oraciones! Sin embargo, ¿qué diría Leopoldo cuando volviese y encontrase en su casa a un pobre jorobado? Faltaban dos semanas para  que regresara de viaje…

Infelizmente Leopoldo no tenía el corazón generoso y cristiano de su madre. Era muy apegado al dinero y al ver al nuevo jardinero se llenó de cólera y le insistió a su madre para que lo despidiera.

Al percibir lo que estaba sucediendo, Lucrecio decidió abandonar la casa en secreto para no ser motivo de peleas o tristeza para la buena mujer. En mitad de la noche, mientras todos dormían, cogió su viejo saco, relleno con los obsequios que había recibido de Margarita, y silenciosamente escaló el muro.

En ese momento pasaba por la calle un guardia. Cuando vio aquella extraña figura sobre el muro empezó a gritar:

-¡Al ladrón! ¡Al ladrón!

El vecindario entero acudió para ver qué estaba pasando. Cogieron al pobre infeliz, que hizo de todo para alegar su inocencia, pero no sirvió de nada. A pesar de la defensa de Margarita, su hijo testificó en su contra, inventándose acusaciones absurdas que, no obstante, fueron dadas por verdaderas. El tribunal de la ciudad lo condenó a la horca, como un vil malhechor. Lucrecio no tenía nada que hacer. Sólo se encomendó a la Virgen, confiando en que Ella resolvería su caso…

Finalmente, llegó el día señalado para la ejecución. Mientras iba andando hacia el patíbulo, Lucrecio rezaba:

-¡Virgen Santísima, ven en mi auxilio! ¡María Santísima, socórreme!

Los verdugos lo colgaron de la cuerda y se quedaron a la espera de su muerte. Muchos de los asistentes se alegraban, pues por fin ese jorobado tan desagradable no volvería a molestarles. Pero el tiempo pasaba y el reo no moría… Al contrario, se volvía cada vez más sonriente y con mejor aspecto.

-¡Se está haciendo el vivo! –exclamó el alcalde de la ciudad.

Y ordenó que lo dejaran suspendido allí dos días más. Al expirar el plazo y comprobar que Lucrecio estaba realmente vivo, el alcalde mandó que lo soltaran, porque aquello era un milagro que probaba su inocencia. Asombrado, le preguntó al jorobado a respecto de lo que había pasado:

-Pues, como siempre he tenido mucha devoción a la Virgen, me encomendé a Ella para que me ayudase en mi última hora. En el instante de la ejecución vino una hermosísima señora a sostenerme en el  aire, impidiendo que la cuerda me ahorcase, y ahí permanecí hasta hace poco… Sentía tanta alegría que habría sido mejor que no me hubieran sacado de la horca.

Es evidente que, ante tamaño milagro, Lucrecio fue absuelto. Y los habitantes del lugar aprendieron que no se debe juzgar por las apariencias… Poco después, ingresó en un monasterio, en el que, años más tarde, moriría en olor de santidad.

San José, ¡el victorioso!

La niña rezaba todos los días, creyendo que San José enseguida la curaría. No obstante, los años pasaban y continuaba ciega. ¿Sería que la promesa no se cumpliría?

Carolina Amorim Zandoná

La majestuosidad del castillo proclamaba el coraje y la gallardía de sus señores. Enclavado en lo alto de unas montañas rocosas, aparecía incólume a la intemperie y al desgaste implacable de los siglos. Sus paredes, si pudieran hablar, tendrían interesantísimas historias que contar en interminables veladas.

Uno de los episodios más atrayentes narrados en las reuniones familiares había ocurrido muchas generaciones atrás, cuando tuvo lugar la dedicación de la capilla en honor de San José. Fue el resultado de una promesa que hizo el duque si su ejército ganaba una importante batalla, lo que dio origen a la entrañable devoción de su linaje al Patriarca de la Iglesia.

Pero después de tantos años sin que las inclemencias del tiempo consiguieran sacudir las piedras de la fortaleza, ni perturbar el sosiego de sus ilustres habitantes, el infortunio les alcanzó de una forma terrible: pasaban los años sin que Dios le concediera a la actual castellana la dádiva de un heredero. Su valiosa estirpe corría el riesgo de ser borrada de la Historia.

¿Cómo solucionar tamaña aflicción? Todos los remedios naturales habían sido experimentados, en vano… Era el momento de recurrir a San José, especial protector de la familia y príncipe de la casa de David.

Sin desanimarse, el duque y la duquesa consagraron su matrimonio al esposo virginal de María y confiaban en un milagro. Tras un largo período de incesantes oraciones, he aquí que en breve les nacería un hijo. ¡Qué gozo en aquel hogar! Sin embargo, quiso la Divina Providencia someterlos a otra prueba, quizá más dura que la anterior: tuvieron una niña… ciega.

Ante esta adversidad, el piadoso matrimonio reaccionó con gratitud, serenidad y confianza. Gratitud por haber sido escuchadas sus oraciones: serenidad para vencer la nueva prueba que les había sido enviada, porque sabían que todo concurre para el bien de los que aman a Dios; y confianza porque nunca se oyó decir que nadie que haya acudido a la protección de la Santísima Virgen o a la de San José fuera desamparado.

La pequeña Catalina, aunque ciega, era una niña encantadora. Sus padres la educaron con esmero y a medida que iba creciendo perfeccionaba sus numerosos talentos. Tenía una voz cautivante y conversaba de forma tan amena, atrayente y elevada, que casi se olvidaba de su defecto visual. No sólo era muy inteligente, sino también viva, perspicaz y dotada de fuerza de voluntad sin igual para superar los obstáculos ocasionados por su discapacidad.

Más importante que todo eso era su piedad ejemplar. Era capaz de quedarse horas en la capilla del castillo en oración. Le pedía a San José sobre todo que le concediera la gracia de poder ver algún día, pero con una salvedad: si por desventura llegara a ofender a Dios con su vista, prefería continuar ciega. Había grabado a fuego en su alma lo que su noble madre le enseñó durante las clases de catecismo, que el pecado afea el alma y nos convierte en enemigos de Dios, de los santos y de los ángeles.

Cuando sólo contaba con 10 años, la niña percibió a alguien a su lado mientras estaba jugando en el jardín del castillo. Como no podía ver, extendió sus manos para intentar tocar a quien se encontraba allí. Sintió otras manos más grandes, fuertes y suaves que apretaban las suyas con cariño, y oyó la voz de un varón que le decía con bondad:

No te aflijas, Catalina. En poco tiempo te curaré… Ve a la sacristía y pídele al capellán una oración, la cual deberás rezar todos los días.

Catalina hizo lo que el afable desconocido le había indicado. Cuando se encontró con el sacerdote le pidió una oración y el buen cura hizo que la repitiera hasta memorizarla:

Oh glorioso San José, vos que tuvisteis tantas perplejidades durante vuestra vida, enseñadme a sufrir con alegría y amor a Dios para que, al final de esta vida terrena, pueda verlo cara a cara en el Cielo.

La niña empezó a rezarla todos los días, con la firme esperanza de que San José la curaría enseguida.

No obstante, pasaba el tiempo y… para confusión de Catalina, ¡continuaba ciega! ¿Habría sido la voz del glorioso padre adoptivo de Jesús la que habría oído? Incluso en el aparente abandono, ella seguía creyendo en aquellas palabras.

Transcurrieron unos meses y sobre el reino se desató un período de conflictos y guerras. Para defender su ducado, el padre de Catalina se vio obligado a arrostrar una batalla más ardua que cualesquiera de las enfrentadas por sus antepasados.

Antes de entrar en combate, el duque y sus soldados se encomendaron a la poderosa protección de San José, que tantas veces les había librado de situaciones difíciles, y fueron al encuentro del enemigo. Catalina y su madre permanecían en un mirador del castillo desde donde se divisaba buena parte del campo de batalla.

La duquesa iba contándole a su hija lo que avistaba del transcurso de la contienda y rezaba con fervor. Sin embargo, la desproporción de fuerzas era tal que la derrota parecía inevitable. Llevada por un gran arrebato, Catalina le propuso a su madre que hicieran una promesa más: si el ejército de su familia saliera victorioso, consagrarían el ducado a San José.

Acto seguido, un destello brilló en el cielo y los ojos de Catalina se abrieron a la luz del día. De lo alto de la torre ahora veía no sólo a los batallones luchando, sino también a un inmenso escuadrón de ángeles revestidos de armaduras, con escudos y espadas en sus manos, que bajaba del Cielo por orden de San José, a fin de auxiliar a su padre en la lucha.

A esas alturas los soldados del duque continuaban combatiendo con bravura, incluso bajo la amenaza de salir derrotados. De repente, oyeron gritos de terror y toques de retirada. El enemigo retrocedía sin explicación humana alguna.

Al llegar a la ciudadela, todo el pueblo los estaba esperando, encabezado por la duquesa y Catalina, ¡completamente curada! Entonces se celebró una solemne Misa en acción de gracias, en la que se consagró todo el ducado a San José, ¡el victorioso! Y quedó registrado en los anales de la dinastía ducal este otro estupendo y milagroso triunfo.

Una vieja alforja

Marta y Joaquín salieron en busca de alimentos para sus hijos. Mientras tanto, María reunió a sus hermanitos y empezaron a rezar…

Hna. Lucía Ordoñez Cebolla, EP

Era una fría mañana de invierno. La niebla lo cubría todo y le daba al paisaje un aire de misterio. Un tímido sol insistía en esparcir sus luminosos rayos a través de las nubes, para acabar siendo cubierto en seguida por éstas, que, espesas y oscuras, contribuían a que el clima fuera más gélido y sombrío.

En una humilde cabaña, un caldero hervía en un fogón de leña calentando la cocina que también servía de comedor. La familia esperaba la primera comida del día, la cual no pasaba de ser una aguada sopa de verduras, que fue servida sólo a los cinco hijos, pues el puchero caliente no alcanzaba para todos y los padres se limitaron a comer un pedazo de pan duro…

Marta le dijo a su marido:

Hoy también voy a salir, Joaquín. Iré a trabajar a la hacienda de doña Carmen, porque ya no tenemos más alimentos para los niños.

¿Irás tú a pescar?

Cabizbajo, el pescador le respondió a su esposa:

Lo intentaré, pero… ¿Quién se va a quedar cuidando a Isabel? Todavía tiene fiebre. Además, nuestro pequeño huerto está todo quemado por el frío y las aguas del río están tan heladas que desde hace una semana no consigo un solo pez.

Levantándose y acercándose a su marido para animarlo, Marta le replicó:

¡Venga, Joaquín, confiemos!

Somos pobres, pero honrados y honestos. La Santísima Virgen no nos abandonará.

María, la hija mayor, que aún no tenía nueve años, al oír la conversación de sus padres se acercó con aires de persona madura y les dijo:

Mamá, si tienes que salir, yo me quedaré cuidando a Isabel, que ya está mejorcita y yo ya soy grande. Me puedo encargar de mis hermanitos, recoger la leña y mantener el fuego encendido hasta que regreses.

Los padres, emocionados, abrazaron a María, besaron a los otros niños y recomendándoles que se portasen bien salieron de casa confiados en la ayuda de la Virgen.

Joaquín cogió su vieja alforja y se dirigió al río, se subió a su barca y remó hacia aguas más profundas, con la esperanza de pescar algo.

Marta se fue andando resueltamente hasta la hacienda de doña Carmen, dispuesta a hacer las labores que su señora determinase y recoger de su huerta algunas verduras.

Mientras tanto, María reunía a sus hermanitos para rezar a los pies de la Virgen del Buen Remedio que presidía el interior del pequeño hogar y pedirle que remediara aquella situación.

Al llegar a la cancela de la hacienda, Marta se encontró con Marcelo y Santiago, nietos de doña Carmen, que salían bien abrigados a jugar por el campo, cerca del río. La saludaron y siguieron su camino, retozones y alegres.

Después de haber estado brincando bastante, con el semblante sofocado por el esfuerzo, los niños llegaron a la orilla del río, donde Joaquín había dejado hasta su regreso una red rasgada y su vieja alforja, vacía…

Al ver aquello, Marcelo comentó:

Creo que esta alforja es de Joaquín, el pescador, el marido de Marta, la mujer que trabaja para nuestra abuela.

¡Ah, sí!, respondió Santiago. Marcelo, que era muy travieso, propuso lo siguiente:

¿Por qué no la escondemos?

Nos quedamos al acecho detrás de esos arbustos y nos divertiremos viendo la cara que pone el pescador buscando su talega sin encontrarla…

¡Será graciosísimo!

Santiago era un niño bueno y la idea de divertirse a expensas del sufrimiento de otro le causaba repulsa.

Entonces le respondió a su primo:

Eso no me parece gracioso. Joaquín pasa necesidad y trabaja mucho para poder sustentar a su familia. ¡Pobre hombre, mira qué vieja está su alforja! ¿Y si en vez de esconderla le ponemos algunas monedas en cada uno de los bolsillos? En ese caso, sí podremos escondernos para contemplar su sorpresa.

A Marcelo le gustaba gastar bromas a los demás, pero no tenía mal corazón y aceptó la propuesta.

A esas alturas, Marta ya había limpiado toda la casa de la hacienda de doña Carmen, hecho la comida y alimentado a los animales. La buena mujer, a cambio, le autorizó a que se llevara todas las verduras que aún quedaban en la huerta, regalándole también dos docenas de huevos y una gallina, para que le hiciera un caldo a su hija enferma.

El tiempo fue pasando, el frío seguía intenso y el sol había desaparecido completamente. Joaquín, desde su barca, le suplicaba a la Virgen Santísima que amparase a su familia, pues la red permanecía floja, señal de que no había conseguido pescar nada. Finalmente, tuvo que desistir y volver a casa, desolado. No obstante, cuando levantó la vieja talega que se había quedado en la orilla, oyó una especie de tilín…, parecían monedas.

¿Se estaría imaginando cosas? Abrió un bolsillo y encontró dinero. ¡No se lo podía creer! Miró a su alrededor para ver si encontraba a su dueño y no vio a nadie. Abrió otro bolsillo y encontró más monedas. La cantidad no era muy grande, pero lo suficiente como para comprar los medicamentos de su pequeña Isabel y algunos alimentos.

Marcelo y Santiago, que habían estado jugando un buen rato, al darse cuenta de que había llegado el pescador, se escondieron detrás de un arbusto y observaron la escena.

Joaquín no se contuvo. Entre lágrimas, se puso de rodillas y con las manos elevadas hacia el Cielo le agradeció a María Santísima que hubiera escuchado sus oraciones, y le pidió que bendijera las dadivosas manos que habían hecho tan grande caridad.

Los niños también se quedaron emocionados. Su broma tuvo un efecto mayor del esperado. Pensaron salir del escondite para abrazar al buen Joaquín, aunque se contuvieron y permanecieron ocultos para no disminuirle la alegría.

Cuando regresó a su casa, le contó a su mujer todo lo que le había pasado y ella le mostró lo que había recibido de su generosa ama. Toda la familia, contenta y agradecida, rezó ante la Virgen del Buen Remedio con una certeza muy grande en su alma: ocurra lo que ocurra, María Santísima siempre vela por sus hijos, sobre todo por los más necesitados.

La respuesta de San José

Llegó sofocada por la carrera y ató con mucho cuidado una nota en la patita de su paloma. Echándola al aire, se quedó esperando con confianza la respuesta del Santo Patriarca.

Bárbara Honorio

Catalina, una joven y piadosa costurera, siempre había tenido mucha devoción a San José. Desde muy pequeña, su abuela le enseñó que el gran Patriarca de la Iglesia velaba, con mucho cariño, por las necesidades espirituales y materiales de los que a él recurren, pues había sido el guardián y administrador de la Sagrada Familia. En la iglesia de su pueblo existía una hermosa imagen del santo que visitaba todos los días, después de Misa, con mucho recogimiento y fervor.

Su familia era humilde y muy religiosa. Su madre se había quedado viuda muy pronto y, por eso, las dos vivían con la abuela, y se mantenían de las labores de costura de ambas. Hábil e inteligente, desde muy niña aprendió a coser y bordar, y lo hacía a la perfección. Trabajaba en un taller de alta costura y era la mejor profesional del lugar. La propietaria del establecimiento, doña Marieta, la estimaba mucho y reconocía su talento.

Además de atender a los clientes con mucha educación y cordialidad, mantenía con ellos una breve conversación contándoles historias de santos y animándoles en la fe. Así que algunos la tenían como confidente, pues oía sus problemas y dificultades con interés y les daba buenos consejos, sin dejar de recomendarles mucho amor a San José.

Sin embargo, se vio en la necesidad de disminuir un poco su trabajo a causa de una súbita enfermedad de su abuela. Al tener que dedicarse por completo a ella, no tuvo más remedio que dejar su empleo para hacer de enfermera particular de la anciana. La pobre mujer tuvo una enfermedad bastante prolongada y dolorosa, agotando todos los ahorros de la familia. Los ingresos de su madre no alcanzaban para todo…

Y terminaron contrayendo varias deudas que pagar. Después de haberse recuperado finalmente la buena señora, Catalina intentó volver al trabajo, pero en el taller ya habían ocupado su puesto y tenía que esperar una larga cola hasta que le tocara su turno… Por mucho que doña Marieta la tuvie ra en consideración, esta señora era una mujer de negocios y no estaba dispuesta a contratar a nadie más sin necesidad, y tampoco despediría a la nueva empleada sin causa justificada.

Como el pueblo no era muy grande, la muchacha tenía pocas oportunidades.

Se le había ocurrido coser por cuenta propia, pero sería bastante difícil conseguir clientes, porque éstos seguirían acudiendo al taller. La única salida que le quedaba era regresar allí, pues necesitaba pagar las deudas y ayudar a mantener la casa. Pero, ¿cómo irían a admitirla de vuelta?

No quería perjudicar a la nueva costurera, pues también debía necesitar el trabajo…

Viéndose en tan gran dificultad, se dirigió a la iglesia y se puso de rodillas ante San José, pidiéndole que no le fallara en esta urgencia. De pronto, tuvo una inspiración y se fue corriendo a su casa.

La joven tenía como mascota una paloma muy mansa, con la que jugaba y se distraía. Era tan cariñosa con el animalito que la paloma estaba acostumbrada a dar su paseo aéreo todos los días, regresando por la tarde tranquilamente, sin perderse nunca. Al llegar a casa, algo sofocada por la carrera, escribió una nota en un papelito. Cogió a la paloma y se lo amarró en la pata con mucho cuidado. Echándola al aire le dijo:

Vuela, palomita, y llévale este recado a San José.

Y se quedó sosegada, con la certeza de que ese urgente mensaje cruzaría los cielos y llegaría hasta el Santo Patriarca. Más tarde, casi al atardecer, la paloma regresó a casa, sin el papel en la patita… ¡La respuesta de San José no se había hecho esperar mucho tiempo!

Al día siguiente, bien temprano, doña Marieta llamaba a la puerta de la casa de la joven preguntando por ella. Después de saludarle le dijo enseguida:

Catalina, he venido tan pronto porque necesito tus servicios hoy sin falta.

Entonces le contó lo que le ocurrió. Esa misma mañana, antes de rayar el día, había recibido la visita de un venerable anciano, encomendándole algo muy importante, de parte de la mujer más rica del pueblo vecino. Quería varios bordados para decorar su nueva casa, así como un vestido para el cumpleaños de su hija, que cumpliría quince años en breve. Sin embargo, hacía hincapié que el trabajo fuera hecho por Catalina, porque había tenido noticias de que era la mejor costurera y bordadora de la comarca. Como la propietaria del taller le comentó que ya no trabajaba allí, el anciano le dijo que entonces se llevaría el material de vuelta, pues había recibido expresa recomendación al respecto.

Al percibir que el encargo valía la pena para su negocio y su fama no dudó un instante en afirmarle al respetable señor que la muchacha retomaría sus actividades ese mismo día. Siendo así, el hombre dejó los tejidos y los diseños según los cuales debía ser ejecutada la labor y se marchó. Allí estaba, pues, doña Marieta suplicándole a la joven que regresase al trabajo.

No pudiendo contener las lágrimas de la emoción, le contó a su jefa lo que había hecho la tarde anterior.

¡Qué rápida llegó la respuesta de San José! La dueña del taller también se emocionó y quiso acompañar a su empleada y amiga a la iglesia, a donde se dirigieron junto con la madre y la abuela de Catalina, para agradecer a su santo protector tan gran beneficio.

El episodio se propagó por los alrededores, favoreciendo enormemente la piedad de todos. La joven encargó una Misa solemne de acción de gracias por el auxilio recibido de su ilustre patrón. Con motivo de su fiesta, que no tardaría mucho en llegar, calles y plazas se engalanaron para aclamar al gran Patriarca de la Iglesia, con la seguridad de que su ayuda no le faltará nunca a ninguno de los que recurran a él con amor y confianza, y le dieron el título de patrón del pueblo.

La mejor medicina

Decepcionado, pero no desanimado con el fracaso de la conversación, José empezó a ir todos los días a la capilla de la aldea para pedirle a Jesús Sacramentado una solución que ablandara el corazón de su tío….

Laura Compasso de Araújo

José era un niño de 9 años, muy animado y lleno de vitalidad. Estaba entusiasmadísimo con su Primera Comunión y no lograba contener su alegría. Aquel sábado
se había despertado diciendo:

Mamá, ¡va a ser mañana…!

Sí, hijo mío, por fin ha llegado el gran día. Es necesario que estés lo más compenetrado posible, porque vas a recibir al propio Dios —le decía Isabel.

Mamá, ¿por qué el tío Sebastián no va nunca a la iglesia?

¡Ah, hijo!, es una larga historia… El pequeño se asombraba de la actitud de su tío, pues no entendía que una persona que había hecho la Primera Comunión pudiera apartarse de la Eucaristía.

Desde que había aprendido en las clases de catecismo que Nuestro Señor Jesucristo está en la Sagrada Hostia en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, no podía creerse que hubiera alguien que, por mera voluntad, se alejara de ese augusto Sacramento. Le parecía una auténtica locura.

Mamá, tenemos que hacer algo para que vaya a la iglesia —insistió el niño.

Isabel ya había tratado de reconducir a su hermano por el buen camino numerosas veces y de varias maneras, sin éxito… No obstante, ¿qué le impedía dejar a su hijo que lo intentara?

En la mañana siguiente fue una gran fiesta la Primera Comunión de José, junto a otros niños. Después de comulgar el pan de los ángeles, hizo una acción de gracias muy recogida y fervorosa, y pidió por muchas intenciones.

Pasados unos días, se dirigió a la casa de su tío para llevar a cabo su osada e importante misión. ¡No era posible quedarse tan lejos de Jesús! En otros tiempos Sebastián había sido un buen católico. Sin embargo, cuando perdió a su esposa se rebeló contra Dios. Acabó volviéndose un hombre amargado y endurecido por el pecado. Aunque algo de bueno aún guardaba en su corazón: el aprecio que sentía por su inocente sobrino.

Sebastián escuchó al pequeño con cariño y mantuvo con él una larga conversación. Con todo, no abrió su alma a Dios…

Decepcionado, pero no desanimado, José empezó a ir todos los días a la capilla de la aldea a fin de pedirle a Jesús Sacramentado una solución que le hiciera sentir a su tío lo necesario que era recibirle en la Eucaristía para fortalecerse en la práctica de la virtud y del bien.

El tiempo transcurría rápido. Cierto día, Sebastián viajaba en su carreta hacia la ciudad más cercana para vender los objetos que había elaborado en su carpintería. Al pasar por un peligroso desfiladero, su viejo caballo resbaló en el camino, lleno de barro debido a las recientes lluvias, y cuál no fue su desesperación al verse cayendo barranco abajo. Cuando llegó al suelo estaba muy herido, con dolores terribles y no conseguía mover las piernas…

La noticia que se difundió por el pueblo era trágica: el amargado hermano de Isabel había tenido un accidente y había perdido el movimiento de las piernas, ya no podía andar. ¿No sería que con tanto sufrimiento su corazón se rendiría a Dios?

Todos sus parientes fueron a su casa a visitarlo. Algunos insinuaban que aquel accidente era un castigo de Dios; otros, al verlo en tan lamentable estado, pensaban que le había llegado el final de sus días; tan sólo uno conservaba una firme esperanza en el corazón:

Tío, estás sufriendo mucho. Jesús también sufrió… —decía José junto a la cama del enfermo—. Puedes curarte: si haces las paces con Dios y vuelves a comulgar, estoy seguro de que te vas a poner bueno.

Niño, deja de decir tonterías, ¿no te das cuenta de la situación en la que me encuentro? —le contestó ásperamente Sebastián. Tras insistir mucho, el pequeño se valió de su último recurso:

Está bien. Pero te voy a dejar esta noche una estampa de la Virgen con su Hijo, Jesús, y lo único que te pido es que te fijes en Ella…

De regreso a su casa, José iba muy confiado en la intercesión maternal de María Santísima.

Si la primera noticia había causado sorpresa, la segunda asombró a toda la aldea: Sebastián llamó a su sobrino y le pidió que avisara a un sacerdote, ¡porque quería confesarse! José no cabía en sí de felicidad y se apresuró en atender la petición de su tío. Así que salió el padre de la habitación, entró saltando de alegría ¡y se lo encontró llorando como
un niño!

José, querido sobrino mío, ven aquí. No sabes el bien que me has hecho. Esta noche soñé con la Virgen. Tenía la misma fisonomía de la estampa que me diste. Decía que me amaba mucho y quería que tomara de nuevo el buen camino. Cuando me desperté, sentí un vivo arrepentimiento de todos mis pecados y de lo malo que he sido. Ahora, después de haberme confesado, me gustaría mucho recibir la Sagrada Comunión.

Mientras todavía estaban charlando, volvió el sacerdote trayendo el Santísimo Sacramento a aquel pobre hombre enfermo y arrepentido.

Sebastián estaba muy emocionado. Y al recibir, después de tantos años, el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, sus mejillas se pusieron coloradas y su semblante cambió completamente. Su rostro, antes abatido y pálido, adquirió nueva vitalidad. La Sagrada Eucaristía había sido la mejor medicina que había tomado desde el accidente, porque le hizo recobrar las fuerzas y el ánimo.

Rezó un poco con la cabeza agachada. Después esbozó una ligera sonrisa, se levantó de la cama y se puso de pie.

¡Milagro! ¡Milagro! ¡Mamá, el tío Sebastián ha sanado! —exclamó José—. Ha sido el Señor el que lo ha curado.

Sebastián empezó a andar y se arrodilló ante la estampa de la Virgen que su sobrino le había dado la noche anterior y que aún estaba puesta en su mesilla de noche. Leno de emoción, agradecía el haber recuperado la salud de su cuerpo y, aún más, la de su alma.

La fe del pequeño José les mostraba a todos que no sólo era capaz de mover montañas, como dijo Jesús en el Evangelio, sino de ablandar los corazones más endurecidos.

¡Madre de Misericordia, sálvame!

Giovanna notó que estaban subiendo y subiendo… Al acercarse al punto más alto la luz divina se intensificó. Al darse cuenta de que en breve iba a ser juzgada un grito de súplica le brotó de lo hondo de su corazón…

Juliana Galletti

Qué sitio sería aquel, tan amplio que parecía que no tenía fin? Se asemejaba a un inmenso valle, flanqueado por escarpadas montañas y surcado por abruptos precipicios cuya profundidad ni se podía medir…

Un joven vestido de blanco, muy luminoso, guiaba a Giovanna e iba explicándole cada detalle de lo que sucedía a su alrededor. Era San Miguel, el arcángel guardián de la fe.

Apuntaba hacia las almas que llegaban de todos los rincones de la tierra; entonces la niña cayó en la cuenta del lugar donde se encontraba: ¡se dirigía al tribunal de Dios!

¡Qué visión grandiosa y terrible! Centenares de almas se lanzaban al Infierno, reconociendo la maldad de su vida impenitente; otras iban al Purgatorio para purificarse; poquísimas entraban directamente en el Cielo…

Asustada, Giovanna le preguntó al ángel:

-Mi señor, ¿por qué se condenan tantas personas?

-¡Ay!… Cerraron su corazón, a pesar de las numerosas invitaciones de la gracia y de las advertencias de la Santísima Virgen. Hoy día son pocos los que cumplen los Mandamientos, rezan y frecuentan dignamente los sacramentos.

-Es verdad. ¿Pero por qué hay tanta gente de mi ciudad?

-Porque allí se ha instalado una epidemia que conduce a la muerte en cuestión de días a quien es alcanzado por ella.

-¡Madre mía! ¿Ese no es Marco, el zapatero? ¿Por qué huye de Dios para tirarse en el abismo incandescente?

-Nunca iba a Misa, pues decía que no tenía tiempo… Como toda su vida ha estado huyendo de Dios, ahora no consigue permanecer en su presencia.

¡Y lo odiará por toda la eternidad!

-¡Qué cosa tan horrible! ¿Y esa alma?

-Tampoco rezaba… Una semana antes de morir Dios le infundió un fuerte deseo para que fuera a la iglesia a confesarse. Sin embargo, no quiso.

Señalando hacia otro lado, añadió:

-Aquella alma que estás viendo ir hacia el Purgatorio, llevó igualmente una vida de pecado; pero abrió su corazón a la gracia y se arrepintió a tiempo. Una buena confesión la salvó del fuego eterno.

-Y las que van directamente al Cielo, ¿hicieron algo para merecerlo?

-Reconocieron sus defectos y miserias, acudieron a María, mi Reina, para que les ayudara a vencerlos y se fortalecieron con el Pan eucarístico. Casi todas rezaban el Rosario diariamente y, por eso, la propia Virgen Santísima las condujo hasta el Paraíso.

-¡Cuán admirables son las almas virtuosas! Y aquella que va hacia al Purgatorio, ¿no es también de mi ciudad?

-Sí… Mira cómo son los caminos de Dios: su vida era muy mediocre, pero hace poco visitó una catedral gótica y se quedó maravillada. Percibió que una obra tan bella sólo podía haber salido de un corazón muy amante de Dios y, en el fondo, se encantó por estar presente allí. Recibió tal gracia que hizo el firme propósito, consolidado por el sacramento de la Reconciliación, de abandonar las vías de la tibieza. De ahí en adelante viviría con los ojos puestos únicamente en Dios. Y lo cumplió.

-¡Cómo la Providencia se sirve de mil caminos para salvar a todos! ¡Qué lástima que algunos no quieran beneficiarse de tanta misericordia!

Giovanna notó que estaban subiendo y subiendo… Al acercarse al punto más alto, donde la luz divina se intensificaba, San Miguel le dijo:

-Prepárate, porque está llegando tu hora…

Prostrada a los pies de Jesucristo, vio que iba a ser juzgada. Toda su vida pasó por su mente como un relámpago, llevándola a exclamar:

-¡Dios mío, cómo todo es serio! Un grito de súplica le brotó de lo hondo de su corazón:

-¡Madre de Misericordia, sálvame! Entonces se oyó una voz melodiosa y suave como una brisa:

-Hijo mío, Giovanna se consagró a ti en mis manos, por el método de nuestro dilecto Luis María Grignion de Montfort. Por tanto, es nuestra esclava de amor y la quiero muchísimo.

Extasiado con la bondad de su extremosa Madre, Jesús se volvió hacia Ella y le dijo con inefable cariño:

-Madre, ya que es tuya: júzgala tú.

En ese instante Giovanna ¡se despertó!

Eran la seis de la mañana…

-¡Santo Cielo! ¿Ha sido un sueño? Parecía todo tan real.

Se arregló con agilidad, desayunó y salió apresuradamente hacia la parroquia, donde el P. Enzo, como de costumbre, ya se encontraba en el confesionario. Después de decir sus faltas y recibir la absolución, le contó al sacerdote el sueño que había tenido y él le dijo:

-Es muy impresionante todo eso, pues precisamente esta semana ha empezado a propagarse por nuestra ciudad una enfermedad que ningún médico sabe cómo curar. Hay muchas personas hospitalizadas. El sueño que has tenido bien puede ser una señal…

Cuando Giovanna se marchó, el buen sacerdote se arrodilló ante el sagrario y comenzó a pensar cómo preparar para la muerte a tanta gente, ¡pues la epidemia se instalaría enseguida! Se le ocurrió recorrer los hospitales de la ciudad para oír confesiones y administrar la Unción de los Enfermos y el Viático a quienes se lo pidieran; y así lo hizo.

En menos de una semana treinta de los enfermos atendidos por el P. Enzo murieron, con excelentes disposiciones de espíritu. Su trabajo pastoral, con la bendición de María Santísima, dio abundantes frutos.

Unos días después, durante su visita al hospital central, encontró acostada en una de las camas a una niña, que tenía una foto de la Virgen en la mesilla. Al acercarse, la reconoció:

-¡Giovanna! ¿También has contraído esa terrible enfermedad?

-Sí, padre. Hace tres días que tengo el virus y sé muy bien que mi muerte está cerca. Por eso me gustaría confesar una vez más.

El sacerdote la atendió, le administró la Unción y se quedó rezando el Rosario a su lado. Le venía a la memoria el sueño que la pequeña le había contado, los consejos del arcángel San Miguel y la intervención de María Santísima en el momento crucial…

De repente los ojos sufridos de la niña se iluminaron, se dirigieron confiados hacia lo alto y exclamó:

-¡Madre de Misericordia, sálvame!

Le parecía que estaba viendo a la Reina de los ángeles delante suya y levantó los brazos, como tratando de abrazarla. Pero enseguida volvieron a caer… No obstante, antes de que el último soplo de vida abandonara su rostro angelical y su alma volara al Cielo, el P. Enzo la escuchó susurrar:

-¡Qué clemente eres! ¡Qué buena! ¡Qué dulce! ¡Y cuán amable es tu Hijo, Jesús!